Parábola del gran banquete

El gran banquete / Evangelismo

Rafael Pérez

Entonces Jesús le dijo: Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos. Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: venid, que ya todo está preparado. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: he comprado una hacienda, y necesito ir a verla; te ruego que me excuses. Otro dijo: he comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que me excuses. Y otro dijo: acabo de casarme, y por tanto no puedo ir. Vuelto el siervo, hizo saber estas cosas a su señor. Entonces enojado el padre de familia, dijo a su siervo: Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos. Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho como mandaste, y aún hay lugar. Dijo el señor al siervo: ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena. (Lucas 14:16-24)

Introducción

El contexto en el que se narró esta parábola fue un banquete judío del primer siglo que estaba siendo ofrecido por un fariseo y Jesús había sido invitado, posiblemente en su condición de maestro. Por el tiempo en que hizo uso de la palabra y la interacción con otros invitados es posible que Cristo estuviera ocupando un lugar de distinción, quizás uno de los extremos de la mesa. Jesús, desde un banquete real en el que ocupaba un lugar de importancia, comparte una parábola sobre un banquete imaginario en el que entrarán invitados sin mérito alguno y en la que todos los presentes (los convidados, los siervos del anfitrión y el anfitrión) se sentirán representados. En la parábola, la invitación a entrar en el reino de Dios —y por extensión la integración en alguna iglesia local— se representa con el banquete, el anfitrión del mismo es Cristo y los siervos que llevaban el mensaje somos los creyentes en el complimiento de la gran comisión1.

El banquete judío

Quien no podía organizar un banquete en su casa o no disponía de los méritos como para que alguien aspirara a sentarse junto a él en una mesa nunca sería tomando en cuenta.

Ofrecer banquetes era la principal vía de socialización del primer siglo. Así como ahora vamos con los amigos al cine, al teatro o algún restaurante, en la antigüedad se departía de casa en casa. Quién ofrecía un banquete regularmente lo hacía con tres objetivos: ostentar una casa amplia y capacidad para alimentar un grupo de personas, hacer transacciones comerciales con los presentes y avanzar socialmente por medio de nuevas relaciones con gente importante. La pomposidad de un banquete dependía principalmente del número de invitados, de la dignidad de los mismos (príncipes, maestros, autoridades políticas y religiosas, gente adinerada) y de su duración, extendiéndose algunos hasta por siete días2 en una demostración de la fortuna y «generosidad» de su anfitrión. El proceso del mismo comenzaba con la selección de invitados que estaba regularmente limitada a aquellos que nos habían invitado antes (correspondencia) y a aquellos que con quienes deseamos comenzar a relacionarnos (aspiración). Siendo así, quien no podía organizar un banquete en su casa o no disponía de los méritos como para que alguien aspirara a sentarse junto a él en una mesa nunca sería tomando en cuenta. Luego se enviaba un siervo a llevar las invitaciones, los invitados confirmaban días antes y el mismo día del banquete se les enviaba un recordatorio de último momento a quienes previamente confirmaron: «venid, que ya todo está preparado».

Tres invitaciones

El cuerpo de la parábola se divide en tres invitaciones, cada una a una audiencia más distante: la primera es a los amigos y relacionados del anfitrión (su mismo círculo), la segunda a los desconocidos cercanos y desamparados (plazas y calles) y la tercera a los desconocidos más allá de la ciudad (caminos y vallados). Tres invitaciones, cada una a ir más lejos y hacer un esfuerzo más intencional. La tensión avanza en cada momento hasta alcanzar su desenlace cuando se llena cada espacio del banquete y el anfitrión afirma que ninguno de los primeros invitados gustará de su cena. La parábola sigue una estructura general de conflicto, nudo y desenlace que es común desde Esopo en toda narración. El conflicto es un banquete listo sin invitados para participar de él y cada invitación un nuevo nudo que apunta al desenlace final.

Invitación #1:
Nuestro círculo cercano

Lo más natural es que intentemos traer a Cristo a aquellos que nos quedan cerca: sociocultural y socioeconómicamente, gente con la que ya conectamos sin un esfuerzo adicional y aunque no la respondan recibirán la invitación.

La primera limitante para la expansión del evangelio que tiene que superar una iglesia local es intentar alcanzar sin éxito el mismo grupo de personas de siempre (amigos, familiares y relacionados). Lo más natural es que intentemos traer a Cristo a aquellos que nos quedan cerca: sociocultural y socioeconómicamente, gente con la que ya conectamos sin un esfuerzo adicional y aunque no la respondan recibirán la invitación. Esto no es malo, la primera expansión entre los discípulos de Cristo sucedió entre amigos y familiares del mismo perfil y pueblo (Juan, Andrés, Pedro, Felipe y Natanael) que corrieron la voz proclamando entre su círculo cercano que habían encontrado al Cristo. Lo mismo hizo la mujer samaritana que dejando su cántaro en el suelo volvió a su pueblo3 —Samaria— y le decía a la gente «venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?». Así mismo, el endemoniado gadareno luego de ser libertado deseaba acompañar a Cristo en la proclamación del evangelio y no se le permitió, sino, que fue enviado primeramente a su círculo cercano: «vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti4».

La fiesta no se suspende con el rechazo del primer grupo, que más allá de la primera lista de invitados hay una segunda y hasta una tercera.

El principio es que nuestra primera audiencia para la proclamación del mensaje del evangelio es nuestro círculo más cercano, sin embargo, para el avance del reino tendremos que eventualmente ir más allá de nuestro entorno y superar la primera frontera. Esta parábola nos enseña también que la fiesta no se suspende con el rechazo del primer grupo, que más allá de la primera lista de invitados hay una segunda y hasta una tercera: muchas otras oportunidades para invitar y celebrar. También nos muestra la urgencia que hay en el corazón del Señor —motivada por su misericordia—, de que más y más personas participen del banquete. Muchos se desanimarán al ver cómo sus esfuerzos de invitación son rechazados vez tras vez por su círculo cercano y pensarán que la fiesta se suspenderá, pero justo cuando agoten su lista de amigos y piensen que tienen a nadie más para invitar a venir a Cristo recibirán la nueva ordenanza del Señor: ve ahora y trae a quienes no conoces, y es entonces que la iglesia tendrá su siguiente gran expansión.

Consideración #1:
Las tres excusas

Antes de pasar a la siguiente invitación quiero detenerme por un momento para considerar algunos aspectos de las tres excusas que ofrecieron —en el último momento— al anfitrión aquellos que fueron inicialmente convidados. Sobre las tres tengo que destacar los siguientes puntos:

  • Tardanza. Lo primero que me llama la atención es que no rechazaran la invitación más temprano, sino que esperaran hasta el último momento. Quizás estuvieron postergando la decisión de asistir, quizás querían decir que no sin desagradar al anfitrión y esperaban encontrar en el transcurso alguna excusa razonable, quizás consideraron que la invitación no era importante y en vez de ponerlo como un asunto prioritario en sus agendas lo dejaron al olvido o quizás por ser el banquete amplio pensaron que el anfitrión no notaría su ausencia; todas las anteriores son posibilidades, pero lo que es totalmente seguro es que las tres excusas fueron tomadas por el anfitrión como un rechazo. El Señor está muy atento a cada invitación que generosamente extiende, no se entra al reino por casualidad, sino por un llamado expreso el anfitrión, ya sea que lo haga directamente o por vía de alguno de sus siervos. Que sea muy generoso e invite a entrar a mucha gente no significa que su invitación pueda ser tomada como algo impersonal, fortuito o de poco valor. Detrás de cada invitación está la intención personal del anfitrión y cada rechazo será tomado como un fuerte agravio contra él.
  • Repetición. Sorprendentemente, las mismas tres excusas de antes siguen siendo las mismas tres excusas de siempre, aparentemente razonables, pero en el fondo superficiales: posesiones materiales (he comprado una hacienda), afanes y ocupaciones (cinco yuntas de bueyes) y relaciones (acabo de casarme). Casi para todas las invitaciones que son extendidas hoy para participar en el banquete de Cristo y los hombres rechazan se recibe una de esas tres excusas: gente que está tan atada en administrar sus posesiones (limpiar la casa, cerrar un negocio, lavar el carro, hacer alguna mejora, pasear al perro) que no tiene espacio para atender la invitación de Dios, gente cuyos afanes laborales no le dejan espacio para atender la invitación de Dios y gente que se excusa en sus compromisos familiares para no atender la invitación de Dios. Históricamente el hombre ha visto el esparcimiento —quizás en una villa fuera del ajetreo de la ciudad o el fin de semana en un hotel— como un espacio de tiempo no negociable, pues según dice, trabaja mucho y necesita disfrutar en algún momento de su labor, el exceso de trabajo como la excusa perfecta para decir que, no pues «si no trabaja no come», y las relaciones (padres, hijos, parejas) como el pretexto más recurrido, pues los padres, los hijos y la pareja —según la cultura, no según Dios5— tienen el primer lugar en prioridad.
  • Punto Medio. Cuando les decimos que están rechazando la invitación de Dios responden con el ya gastado «Dios me entiende» pero lo que enseña esta parábola es todo lo contrario: la excusa que le presentas al siervo que te invita, será tomada por el anfitrión que lo envió como un rechazo, él está muy atento a cada invitación que extiende; es imposible rechazar la invitación de Dios —por muy buena excusa que encontremos— y al mismo tiempo pretender mantener con él una relación cercana: «ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena». La gente busca un punto medio en su relación con Dios, pretenden ausentarse del banquete de hoy (la iglesia) y seguir contando con la invitación al banquete próximo (el reino de los cielos) pero con un anfitrión celoso, como es él, no se puede aspirar al punto medio: «El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama6».

Consideración #2:
La extensión de la invitación

Me detengo en la narración un poco más, ahora para considerar lo siguiente: el primer grupo aludía directamente hacia el pueblo Judío, pues «a los suyos vino y los suyos no le recibieron7», pero también alude indirectamente a aquellos que han recibido la invitación directa del Señor y varios recordatorios y en vez de responder han presentado excusas. Es común encontrar en la multitud de gente que visita una iglesia personas que han escuchado tantas veces el llamado sin responderlo (arrepentimiento, conversión8 ni bautismo9) que ya han perdido toda la expectativa: conozco la invitación, sé dónde está el lugar, he visto entrar ya ha mucha gente, pero sigo en la puerta esperando que llegue mi momento, cuando llegue, ya sabré como proceder. Son delincuentes perseguidos por Dios que como Adonías10 lograron llegar a los atrios del tabernáculo, abrieron la pequeña puerta y pasaron al patio, pero ahora, en el mismo descuido que los llevó antes a violar la ley de Dios, en vez de asirse pronto con las dos manos de los cuernos del altar del sacrificio cruzan los brazos y se distraen mirando los rituales y la vestimenta del sacerdote. El verdugo silenciosamente avanza hacia ellos y al momento pierden la vida en los atrios del templo, a unos cuantos metros de su salvación. Esa es la historia de aquellos que se sientan a escuchar relajadamente el sermón domingo tras domingo con los brazos cruzados, estuvieron en la primera lista, se consideran amigos cercanos del anfitrión y sus siervos, interactuaron con ellos varias veces dando a entender que eventualmente entrarían, pero morirán como delincuentes en el juicio de Dios mientras otros que entraron junto a ellos por la misma puerta y en su misma situación se levantarán justificados.

Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. (Hebreos 4:16)

(Durante tres años estuvo el maestro llamando a los suyos y detuvo temporalmente el avance entre otros pueblos11, pues en el plan de Dios las ovejas perdidas de la casa de Israel tenían prioridad; durante muchos años nos hemos detenido nosotros para alcanzar aquellos que se pierden dentro de nuestra congregación, pero fuera de nuestra iglesia; el momento ha llegado y es la hora de extender la invitación más allá de nuestra congregación y de nuestro círculo cercano.)

Invitación #2:
Desconocidos cercanos y desamparados

Esta es la parte de la parábola que comienza a parecer inverosímil. Sin duda la experiencia narrada hasta ahora —el desaire— había sido vivida por alguno de los presentes, quizás vino a la mente del anfitrión algún invitado que ofreció alguna excusa similar, lo que difícilmente haya sucedido es que la fiesta desierta no se suspendiera sino que se llenara de pordioseros. Para el anfitrión y los invitados que escuchaban a Jesús disertar en aquel banquete real sobre este banquete imaginario (perfumados, bien vestidos, distinguidos, bien acompañados) la humillación de tener que organizar una fiesta en su casa con desconocidos andrajosos encontrados en la calle sería superior al desaire privado. Sus vecinos verían entrar en sus casas a un ejército de pobres, mancos, cojos y ciegos y concluirían en que ese era su nivel, que con esa gente era que habían podido codearse, que el nivel socioeconómico y sociocultural de sus convidado demuestra el nivel de su anfitrión (correspondencia) o quizás un poco menos, pues uno de los objetivos era igualarse a ellos (aspiración).

Invitar / Lavar los pies

No es lo mismo lavar los delicados pies del rabino, que como mucho tendrá un poco del polvo que permitió entrar su sandalia, que la pestilencia que tendrá en un solo pie el cojo que está pidiendo en la esquina.

Hasta a los mismos siervos del anfitrión se les debe haber helado la sangre al tener el siguiente pensamiento: una larga fila de pedigüeños cuyos cuerpos no habían visto agua en semanas esperando a que sus pies sean lavados por ellos mismos antes de poder pasar a la mesa a devorar cada plato. ¡Qué idea tan terrible! No es lo mismo lavar los delicados pies del rabino, que como mucho tendrá un poco del polvo que permitió entrar su sandalia, que la pestilencia que tendrá en un solo pie el cojo que está pidiendo en la esquina. Si en esta parábola el sirviente del anfitrión está representando a los creyentes en la gran comisión entonces inferimos que nuestra tarea no será solamente llevar invitaciones y lograr que los pobres vengan, sino también lavar sus pies cuando estén a la puerta. Quizás esto explica la razón por la que —a diferencia de la parábola— en la iglesia falla la primera invitación (nuestros amigos cercanos) y también falla la segunda (pobres, mancos, cojos y ciegos); la primera falla por las excusas superficiales de los invitados y la segunda falla por los escrúpulos de los siervos, que no invitaron al pobre para no tener que ensuciarse las manos.

Qué lindo es tener en nuestra iglesia familias completas de las que vienen en las fotos de muestra de un portarretrato, que lindo es tener jóvenes robustos y ejemplares con los que la sociedad sueña, que hermosa es la gente que afuera es aplaudida y en la iglesia saludada. A esa gente es fácil limpiarles los pies, cuando tocan la puerta hasta el menos dispuesto de entre los siervos se los limpia: le quita el lebrillo y el trapo de la mano al otro sirviente y se agacha él. Difícil es agacharse cuando tocó el pobre, difícil es agacharse cuando tocó el manco, difícil es agacharse cuando tocó el cojo y difícil es agacharse cuando tocó el ciego. Qué fácil es agacharse ante aquellos que nos quedan cerca o un poco más arriba y qué difícil es hacerlo cuando nos quedan más abajo.

Doble tensión

En esta doble tensión vive toda iglesia que supera la frontera: por un lado lo conservadores la acusarán de liberal y por el otro los liberales la acusarán de conservadora; y normalmente, esto es una buena señal.

Qué fácil es ser iglesia en el jardín vallado de nuestras relaciones de siempre y qué difícil es ser la iglesia en medio del mundo12: entre pecadores declarados y farsantes. La mayor dificultad para serlo es el temor a qué dirán los vecinos: ¿qué dirán las otras congregaciones cuando sepan quienes son nuestros invitados? ¿Cómo presumiremos si lo que tenemos en la mesa es «lo vil del mundo y lo menospreciado13»? Y es aquí que más me impacta esta parábola: precisamente eso estaba haciendo Jesús en este mismo momento, es una preciosa paradoja, pero al estar sentado a la mesa de un fariseo (que en su vanidad se consideraba el más digno) Cristo estaba comiendo con el cojo y al sentarse con el publicano que consideraba al fariseo un farsante estaba comiendo con el manco: cortó la maya del jardín y en un hecho extremadamente subversivo se expuso al qué dirán. Los publicanos y pecadores dirían que era un farsante al sentarse con aquellos a los que llamó sepulcros blanqueados14 (hermosos por fuera, podridos por dentro) —o era como ellos o aspiraba a serlo— y los fariseos se escandalizarían al verlo en la mesa de publicamos y pecadores —o era como ellos o aspiraba a serlo—, a ambos grupos, le aplica la misma respuesta: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores15». En esta doble tensión vive toda iglesia que supera la frontera: por un lado los conservadores la acusaran de liberal y por el otro los liberales la acusarán de conservadora; y normalmente, esto es una buena señal.

Cuatro (4) características de los desconocidos cercanos y desamparados:

Para cerrar esta segunda invitación y desatar el tercer nudo narrativo de la parábola comparto los siguientes aspectos sobre invitar a los desconocidos cercanos y desamparados y luego algunos apuntes sobre la actitud del siervo.

  1. Transparentes. En todas las plazas y calles existen personas transparentes, gente que a menos que hagamos un esfuerzo intencional nunca veremos. La gente no es transparente para todo el mundo, sino que depende de los lentes que tenga cada quién: vemos aquellos que más se parecen a nosotros e ignoramos a aquellos que son más distintos. Para cumplir con la ordenanza del Señor en esta segunda invitación hace falta caminar por las calles y por las plazas con la intención de encontrar, estoy seguro de que los cojos y los mancos abundan, ellos son puestos por Dios en nuestro camino todos los días, pero hace falta que abramos nuestros ojos y dominemos nuestros prejuicios. En cada recorrido de Jesús aparece un necesitado (enfermo, endemoniado, atribulado) y probablemente nosotros caminamos las mismas calles y no vemos a nadie, la diferencia está en que Él los buscaba intencionalmente y nosotros intencionalmente les evitamos.
  2. Desconocidos. Para cumplir la gran comisión no hace falta tener una relación cercana con todo el mundo. Si caminando por la playa ves una persona que se ahoga, no le preguntas su nombre, ni siquiera intentas sabes si habla tu mismo idioma, si sabes nadar saltas al agua y le rescatas aunque sea para dejarlo solo en la orilla a que recupere el aire. Puede suceder que desarrollen una bonita amistad o puede ser que no, pero habrás salvado una vida. Lo mismo sucede en un accidente de tránsito: encuentra el auto destruido y las llamas comienzan a subir: antes de protocolos de socialización rompes el cristal, abres la puerta y auxilias al conductor ensangrentado. Con las dos ilustraciones anteriores (el ahogado y el accidentado) apunto al mismo objetivo: en casos excepcionales de vida o muerte se saltan los protocolos y se ofrece la ayuda, la salvación es uno de esos casos: para rescatar el perdido a veces hay que saltarse el protocolo. Tú no me conoces, yo no te conozco, pero necesitas a Cristo y por eso te invito al banquete.
  3. Dignificados. En la fiesta de Cristo el anfitrión es quien dignifica al invitado y no al contrario. La razón por la que nuestro Señor ha organizado este amplio banquete no es devolverle el favor a nadie ni escalar socialmente, Él no necesita compañía, es el único ser en el universo auto-suficiente y está auto-acompañado en su existencia plural. Algunos siervos imprudentes al invitar al banquete desmeritan a su Señor dando una imagen de desesperación y no de misericordia. Su actitud es totalmente incorrecta, la razón para invitar que tiene el anfitrión no es la carencia, sino la gracia. Quien entra a su casa no vino a ayudar, haciendo pantalla para cubrir los espacio vacíos, vino a ser ayudado, a recibir por gracia la dignidad del anfitrión. Cuando ruega por medio de sus siervos para que más gente entre solamente demuestra su generosidad.
  4. Disponibles. Hay personas que en su vida nunca han sido invitadas a nada, pues no tienen nada de valor como para que algún anfitrión quisiera sentarse con ellas en una mesa ni los recursos para organizar ellos un banquete y luego ser correspondidos. Esa gente no tiene haciendas para ir a ver, bueyes para estrenar ni matrimonios que atender. Así como muchos tienen que hacer esfuerzos extraordinarios para buscar espacio en su agenda para otros su problema es qué hacer con tanto tiempo disponible. Regularmente gastamos nuestro tiempo rogando en nuestro círculo cercano para aquellos que creen estar participando ya en un gran banquete vengan al verdadero banquete de Dios, pero multitudes de cojos, mancos y ciegos están allá afuera muy disponibles y recibirán la invitación con expectativa: el cojo llegará saltando, el manco buscará la manera de agarrarla y el ciego conseguirá quien le guié hasta allá, pero por nada del mundo el que hace mucho tiempo que no come se perderá este gran banquete. Así mismo, hay gente que por la gracia de Dios acaba de perder tierras, trabajos y relaciones y ahora mismo está disponible: Dios los está haciendo pobres para pronto hacerlos ricos.

La actitud del siervo:
Un ejemplo para la iglesia

Son muchas las lecciones que podemos extraer de la actitud del siervo ante los requerimientos cada vez más exigentes de su señor y el rechazo frecuente de los invitamos. Debemos hacerlo con especial interés, pues en la narración este ocupa el lugar de nosotros y bien haríamos en seguir su ejemplo.

  • Rechazo. En primer lugar, consideremos la actitud que tomó el siervo ante el rechazo de los invitados. No se quejó ante ellos, no se sintió ofendido ni asumió su desaire como algo personal: se limitó a entregar la invitación y volver ante su Señor con la respuesta. Nosotros, que somos representados por este hombre, aprendamos la lección: la fiesta no es nuestra sino del anfitrión, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance por hacer llegar la invitación y que el invitado responda, y si fuera rechazada volvamos ante el que nos envió y pongámoslo al tanto. Enfoquemos nuestra energía en invitar y vaciemos nuestro corazón en oración cuando sintamos que alguien nos rechace. Quizás seamos consolados con la misma consolación que recibió el buen Samuel cuando el pueblo necio rechazo al Rey soberano y clamó por un hombre que tomara el control de su destino:

    Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. (1 Samuel 8:6-7)

    El rechazo en la proclamación de la buena nueva es algo esperable, pues ya antes nos instruyó el Señor para que no nos detengamos en un mismo lugar más del tiempo prudente, sino que estemos en constante movimiento. En esto tenemos que ser sabios: proclamar el evangelio con compasión y al mismo tiempo con eficiencia. No aspiremos a Mobi Dick, no seamos pescadores obstinados con un solo pez, cuando la red venga vacía, hagamos nuestro el consejo que recibió Pedro y tiremos la red al otro lado:

    Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces. (Juan 21:5-6)

  • Iniciativa. La iniciativa del siervo se hace evidente en la retroalimentación que llevó ante su Señor: «Se ha hecho como mandaste, y aún hay lugar». Un siervo negligente hubiese cumplido la encomienda de invitar y dejado las cosas como estaban, pero este calculó el espacio disponible y encontró que aún había lugar, evidentemente su servicio no era el servicio mecánico que ofrecen algunos, había hecho suya la urgencia de su Señor y al igual que él buscaba también oportunidad para que más personas participaran del banquete. Imitemos nosotros esa actitud, hagamos cálculos, planes y proyectos para que uno más sea sentado a la mesa, entendamos que cada espacio vacío en la reunión de una iglesia tuvo un costo en sangre y como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios evitemos el desperdicio. ¡Qué valioso es el siervo que hace cálculos! ¡Qué útil es el servicio de aquel que no solamente invita, sino que también cuenta las sillas para invitar de nuevo!
  • Disposición. ¿Cuántas veces estamos dispuestos a salir con la encomienda del Señor? ¿Saldremos la segunda y la tercera vez con la misma disposición y expectativa que salimos al principio? Algunas murallas no caen con la primera vuelta, la de Jericó requirió siete y en cada una se tocó la bocina con la misma fuerza. El muro resistía, pero las bocinas fueron tocadas continuamente y en el día siete, después de muchas vueltas sin aparente efecto, tuvo que ceder. Esta es la tarea de la iglesia: salir día tras día a tocar la bocina de salvación con la expectativa de que puede ocurrir el milagro de salvación y cuando no ocurra, salir al otro día con la misma expectativa. Elías oraba por lluvia desde el monte Carmelo y su siervo era enviado vez tras vez a revisar el estado de las nubes. Lo hacía siempre con la misma disposición. ¡Qué gran combinación es la de un hombre de fe que sabe esperar de Dios un milagro junto a un siervo diligente que en vez de ser presa del pesimismo y la pereza vuelve a revisar las nubes siete veces para ver si Dios ha respondido la oración de su Señor! ¡Cuánto avanza la iglesia cuando un grupo de sus miembros ora mientras el otro toca la puerta!

    Y dijo a su criado: sube ahora, y mira hacia el mar. Y él subió, y miró, y dijo: no hay nada. Y él le volvió a decir: vuelve siete veces. A la séptima vez dijo: yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube del mar. Y él dijo: ve, y di a Acab: unce tu carro y desciende, para que la lluvia no te ataje. Y aconteció, estando en esto, que los cielos se oscurecieron con nubes y viento, y hubo una gran lluvia. Y subiendo Acab, vino a Jezreel. (1 Reyes 18:43-45)

Invitación #3:
Desconocidos distantes

En esta tercera y última invitación es dónde el siervo recibe la mayor encomienda: no solamente es enviado más allá de su círculo más cercano para que busque a los descocidos y desamparado, sino, que es conminado a ir más allá de su misma ciudad para traer a los que estén más lejos (caminos y vallados), y al hacerlo, forzarlos a entrar. La realidad de la iglesia es que sirve en un contexto local, pero con una vocación mundial, siendo así, es nuestro deber ser parte de una congregación específica sin dejar de decir, junto a Wesley, que «el mundo es mi parroquia». La ordenanza expresa de nuestro Señor fue a ir por todo el mundo, que no nos quedáramos en Jerusalén (nuestra ciudad), sino que pasemos a Judea (nuestros vecinos), de Judea a Samaria (nuestros contrarios) y de allí hasta lo último de la tierra. Ser una iglesia local con vocación mundial, como lo fue la iglesia de Antioquía, debe de ser nuestra visión.

Fuérzalos a entrar

Descuidar el cumplimiento de la gran comisión es pecar, así como somos cuidadosos en cumplir la voluntad de Dios en asuntos morales y prácticos debemos de serlo también en la evangelización. Es preocupante el alto número de creyentes que en su vida no ha compartido la buena nueva de Cristo con nadie más, desobedeciendo así a Cristo, pero no percibe esta terrible falta como un pecado. Otros son tan discretos en este asunto que se vuelven totalmente inefectivos, viven su fe en una esfera muy privada y son como la sal que ha perdido su sabor. Ponemos en práctica la contundente ordenanza de «fuérzalos a entrar» de tres formas principales:

  • Persuasión. Lograr hacer una presentación relevante, convincente y clara del evangelio debe ser la aspiración de todo cristiano. Para lograrlo, tenemos que ser diligentes en el estudio de nuestros fundamentos, los cuales son firmes y se sostienen racionalmente. Ciertamente la palabra de la cruz es locura para los que se pierden, pero lo es no porque sea irracional o absurda, sino por la ignorancia y ceguera en la que ellos están. Como Pablo ante Agripa tenemos que aprovechar cada oportunidad que se nos presente para argumentar a favor de Cristo y cuando podamos hacerlo tenernos por dichoso aunque nuestro interlocutor tenga en poco nuestro discurso. Qué significa creer y ser cristiano debe ser algo que podamos responder.

    ¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees. Entonces Agripa dijo a Pablo: por poco me persuades a ser cristiano. Y Pablo dijo: ¡Quisiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas cadenas! (Hechos 26:27-29)

  • Sacrificio. La historia del correo postal está llena anécdotas sobre carteros que hicieron grandes sacrificios para entregar la correspondencia: algunos comenzaban su trayecto en autobús, del autobús pasaban al burro, luego cruzaban el río con el agua hasta la cintuta y caminaban a pie durante horas cargando el pesado bulto. Quizás no sabían cuál era el mensaje que contenía la carta, pero bien pudiera ser el fallecimiento de una madre, el casamiento de un hijo o la notificación de una herencia; sin saber a ciencia cierta si lo que llevaba era de vida o muerte o trivial el cartero se exponía para cumplir con su misión. ¡Nosotros sí sabemos la importancia del mensaje! Para nosotros el contenido de la carta no es un misterio, sino una revelación tan contundente que debería ponernos en movimiento. Este mensaje que ya ha transformado nuestras vidas ahora es predicado por nosotros mismos, no como algo distante e impersonal, sino como un testimonio de primera mano de esos que logran mantener a quien lo escucha con los ojos abiertos y el cuerpo inclinado hacia delante; que bueno sería si como los apóstoles clamáramos también nosotros: «porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído16».

    ¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina! (Isaías 52:7)

    Un buen parámetro para saber si estamos cumpliendo bien la ordenanza de forzarlos a entrar es constatar cuál ha sido el costo de nuestra misión, qué hemos tenido que sacrificar nosotros para que otro entre. El legado de aquellos que la cumplieron primero es el de una forma de evangelismo sacrificial que los llevaba cada vez más lejos a experimentar peligros más grandes y un mayor desprendimiento por convicción en la causa. Pienso ahora en aquellos hermanos que dejando la comodidad de su entorno cercano salieron para exponerse en culturas que desconocían y en las que nuestro mensaje era recibido con hostilidad. Pienso en aquellos pioneros de la Misión Evangélica de Las Antillas que pasaron de sus países de origen a Cuba, de Cuba a Haití y de Haití a la República Dominicana, exponiéndose aquí no solamente a las enfermedades tropicales comunes en aquel tiempo sino también a la persecución de la iglesia tradicional y a los prejuicios de la gente a la que pretendía ayudar a entrar. Eso es misión: sacrificarse especialmente para que alguien más entre, una misión sin sacrificio no es misión, sino un paseo.

  • Responsabilidad. ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad en el plan de salvación? ¿Está a nuestro alcance lograr que los invitados vengan? ¿Qué tipo de fuerza es la apropiada para estos fines? Nuestro Señor dejó en claro que el convencimiento «de pecado, justicia y juicio» no es algo que podamos lograr con nuestras fuerzas humanas, sino una tarea exclusiva del Espíritu Santo. Del mismo modo, el libro de los Hechos expresa que «el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos17». Siendo así, nuestra responsabilidad está limitada a aquello que está a nuestro alcance: la predicación. Cuando se combina la predicación (nuestra tarea) con el convencimiento de pecado (la tarea del Espíritu Santo) y el verdadero arrepentimiento (la tarea del pecador) entonces es día de salvación. Como pueden ver, se requieren tres partes que no siempre coinciden, lo que tenemos que trabajar es para cumplir la nuestra (predicando), confiar en misericordia de Dios para convencer y en la medida de lo posible persuadir al pecador para que no endurezca su corazón.

    Entre tanto que se dice: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. (Hebreos 3:15)

    Ningún hombre puede ser acusado por no salvar a otro hombre, pero sí por haberle dejado continuar por su camino rumbo al abismo sin advertencia de la misma manera en que vio Elí proceder a sus hijos sin estorbarles18. Quizás oró por ellos, quizás les ofreció un tímido consejo, ¡pero no lo estorbó!. No tenemos la capacidad de controlar cada vehículo que transita por esta ajetreada carretera, pero tenemos que poner las señales precisas en cada parte del camino, avisar que la carretera por la que va se rompe en cinco kilómetros y necesita con urgencia tomar el próximo desvió: avisemos cuando falten cuatro, cuando falten tres, dos y en el último momento pongamos el letrero ya no sobre la vía sino en medio de la calle y agitemos nuestros brazos para salvar sus vidas. El peón que trabaja en el barco pescador no puede ser culpado de que el mar se niegue a dar su fruto, pero sí de negligencia, pues cuando las condiciones no están más a favor de su tarea debería esforzarse el doble para que su expedición no termine en fracaso. Pero si nuestro capitán es el Señor, podemos echar la red con el mar embravecido, confiando en que trabajamos para aquel «que aún el viento y el mar le obedecen19», sepamos que «cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia»20.

Es mejor ser importunado por unos minutos por un hermano muy enérgico y alcanzar la salvación que ser dejado a un lado por un hermano muy discreto y perderse para toda la vida.

En el evangelio siempre será mejor ser un poco molestos que un poco indiferentes, pues es mejor ser importunado por unos minutos por un hermano muy enérgico y alcanzar la salvación que ser dejado a un lado por un hermano muy discreto y perderse para toda la vida. En un banquete sólo hay algo peor que el rechazo de los invitados: un siervo negligente que no hace llegar a tiempo la invitación.

  1. Mateo 28:18-20 []
  2. Jueces 14:17 / Ester 1:5 []
  3. Juan 4:4-30 []
  4. Marcos 5:19 []
  5. Mateo 10:28-30 RVR «Entonces Pedro comenzó a decirle: he aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. Respondió Jesús y dijo: de cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna». []
  6. Lucas 11:23 []
  7. Juan 11:11-12 RVR «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios». []
  8. Hechos 3:19 RVR: «Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio». []
  9. Hechos 2:38 RVR: «Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. []
  10. 1 Reyes 1:50-53 []
  11. Mateo 10:5-6 RVR «A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel». []
  12. Mateo 28:18-20 RVR: «Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.» []
  13. 1 Corintios 1:28 RVR []
  14. Mateo 23:27 RVR: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia». []
  15. Marcos 2:17 []
  16. Hechos 4:20 []
  17. Hechos 2:47 []
  18. 1 Samuel 3:13 RVR: «Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado». []
  19. Marcos 4:41 []
  20. Romanos 5:20 []
Jun 25, 2012
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