La meditación

Pregunta:
¿Debemos los cristianos practicar la meditación?

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. (Isaías 26:3)

La respuesta corta es un claro que sí, pero con una larga advertencia de cuidado. Existe una gran diferencia entre la meditación cristiana y cualquier otro tipo de meditación, un aspecto distinto es el siguiente: en la nuestra, el objetivo no es dejar la mente en blanco o conseguir entrar en determinado estado de ánimo por medio de la repetición de un estribillo; lo que nosotros hacemos es meditar en la ley de Dios de día y de noche1, iluminando con ella nuestro camino2 para desplazar la oscuridad del error y alcanzar así una certidumbre de paz, certidumbre que tiene su origen en las firmes promesas de Dios y no en la autosugestión, el autoengaño o positivismo. LLevamos cautivo todo pensamiento propio a la obediencia de Cristo3. Al meditar se altera nuestro estado de ánimo, pudiendo en ocasiones pasar del desespero al amparo, pero no es el efecto de dejar la mente en blanco o de las vanas repeticiones, sino, de un acto racional: haber encontrado dirección, afirmación o gozo al entender la ley de Dios.

Sobre cualquier otra, la gran diferencia entre la meditación cristiana y cualquier otra está en que la fuente de la paz que nosotros buscamos alcanzar no está en nosotros mismos, sino fuera, en Dios. Los cristianos no buscamos el silencio para oír nuestra propia voz (voz interior), sino para que la voz de Dios, que a veces es un suave susurro como el del «silbo apacible y delicado», se escuche con toda su claridad. Cuando salimos del bullicio y nos refugiamos en la soledad no queremos ir allí para encontrarnos con nosotros mismos en la vanidad de nuestra mente4, sino con Dios. Es el caso de Elías5, que atemorizado ante la persecución de Jezabel primero caminó por el desierto y luego se refugió en una cueva, pero sus propios pensamientos no pudieron alentarlo, sino que Dios mismo se le reveló para animarlo con sus promesas. En esto también hay todo un abismo de diferencia entre algunas escuelas de psicología y el cristianismo: los cristianos no creemos que la respuesta a nuestros problemas esté en nuestro interior, sino en Dios, y por eso buscamos a Dios en vez de intentar encontrarnos con nosotros mismos al dar un paseo en el campo. Cuando alguien va donde un consejero cristiano en busca de ayuda el consejero no indaga el alma buscando respuestas, sino preguntas: no ayuda al aconsejado a encontrar su propio camino particular, su propia verdad personal o su ideal de lo que es la vida, sino todo lo contrario: indaga qué tan lejos de Cristo se encuentra y le ayuda a encontrar —en Cristo— el camino, la verdad y la vida6 mientras le persuade de que cualquier otra cosa es vanidad.

(El cristianismo es una religión de revelación no de descubrimientos o de inventos: Dios eligió revelarse al hombre, no fue el hombre quién descubrió a un Dios oculto; este aspecto debe estar siempre presente en nuestra meditación: lo que de Dios sabemos o podemos saber es lo que Dios mismos ya nos reveló, ningún esfuerzo mental o intelectual puede lograr nada más allá de la revelación.)

  1. Salmos 1 []
  2. Salmos 119:105 RVR «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino». []
  3. 2 Corintios 10:5 RVR «Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo». []
  4. Efesios 4:17-18 RVR «Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón». []
  5. 1 Reyes 19 []
  6. Juan 14:6 RVR «Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». []

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