El centro de la adoración

Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. (Juan 4:20-21)

En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios, cuando conocemos realmente a Dios, en su majestad, su grandeza y misericordia para con nosotros, es que podemos adorarle correctamente. La mujer preguntó sobre lugares, que si en un monte o en el otro (medios), pero Cristo respondió con los fines: «vosotros adoráis lo que no sabéis». Casi toda la discusión acerca de la correcta adoración gira en torno a los medios: se discute sobre lugares, sobre instrumentos, sobre lo tradicional o lo contemporáneo, pero se obvia la centralidad de Dios en todo el asunto y así, por muy buenos argumentos que surjan, la conversación nunca llevará a ninguna parte. Cuando se tiene una imagen incorrecta de Dios, sin importar los medios, nunca se podrá adorar correctamente.

Un extraño en la fiesta

Una imagen práctica con la que se puede ilustrar el asunto es una fiesta. Si se celebrará una fiesta en honor a un amigo muy cercano a mí, quizás pueda llevarle un presente, una tarjeta o hasta podría ser yo quien organice la fiesta, pero me aseguraría que cualquiera de las tres cosas giren entorno a él: que el presente sea de su agrado, que la tarjeta diga algo significativo y personal y que la fiesta misma se organice en un lugar y de unas maneras que entiendo, pues soy su amigo y le conozco, él disfrutará. Otra cosa sería si se le pidiera que lleve un presente, una tarjeta o que organice la fiesta a alguien para quien mi amigo es un perfecto extraño. Quizás lleve un regalo inapropiado o hasta ofensivo, una tarjeta genérica que diga algunas cosas buenas o rimbombantes en forma de cliché —como mucho pondría su firma, nunca una nota personal—, quizás elija un lugar al que mi amigo no se atreva a entrar.

Por mucho que se esfuercen, quienes adoran en ignorancia solamente saben llenar espacios de tarjetas con expresiones repetitivas.

Hará todo lo anterior con la mejor de las intenciones, se sacrificará para lograrlo y nunca logrará que el festejado se siente agradado, ¡pues no lo conoce! Lo mismo sucede con la adoración, solamente aquellos que conocen a Dios íntimamente pueden agradarle correctamente, y por mucho que se esfuercen, quienes adoran en ignorancia solamente saben llenar espacios de tarjetas con expresiones repetitivas. La adoración a Dios es una fiesta, y quienes participan en ella tienen que ser amigos íntimos del festejado. Los desconocidos pueden asistir a nuestros cultos —nuestra fiesta de adoración— pero solamente quienes hemos nacido de nuevo podemos adorar al Padre en espíritu y en verdad.

Vanas repeticiones

La expresión más común de la adoración inapropiada en el canto congregacional no es la herejía sino las vanas repeticiones.

Dicho lo anterior, puedo afirmar lo siguiente. La expresión más común de la adoración inapropiada en el canto congregacional no es la herejía (afirmar cosas contrarias a Dios) sino las vanas repeticiones1 de asuntos que aunque bonitos, no están centrados en agradar a Dios, sino en provocar la emoción o admiración de los hombres. «Te adoro», «te alabo», «te exalto» y una retahíla de expresiones más que se repiten vez tras vez en una letanía insoportable. Cuando alguien ha conocido a Dios íntimamente, en su grandeza y misericordia «para con él», no puede cantar otra cosa que no sean las grandes doctrinas de las escrituras: la divinidad de Cristo, la salvación por gracia y nuestra gloriosa esperanza. Cuando un hombre canta de esas cosas demuestra que no solamente ha oído hablar sobre Dios, sino que le ha conocido de primera mano, íntimamente, personalmente. Su canto es una nota personal en la tarjeta, una que él y el festejado entienden.

  1. Mateo 6:7 RVR «Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos». []

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