Adoración

Cómo se corrompe la adoración

Rafael Pérez

Vinieron, pues, a Jerusalén; y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y no consentía que nadie atravesase el templo llevando utensilio alguno. Marcos 11:15-16

Durante siglos el Señor soportó esta práctica perversa; aún en su encarnación visitó el templo varias veces antes de voltear las mesas. Es esperable que más allá del mercantilismo, la superficialidad y el acartonamiento algún verdadero adorador llegara a presentarse, pero con toda seguridad, gran parte de esos sacrificios improvisados, aunque técnicamente, correctamente presentados, no llegaron a su presencia.

Mientras lees el relato de la purificación del templo es muy tentador concluir apresuradamente en que se trataba de un conjunto de comerciantes impíos, corruptos, que habían «secuestrado» la adoración al Señor, pero si te detienes un poco más verás un cuadro mucho más complejo: era tan ofensiva la actitud de los mercaderes como la del pueblo mismo, no era un acontecimiento aislado o eventual, sino la norma, la cúspide de un largo proceso de deterioro en la adoración, algo a lo que no se llega de un día al otro ni intencionalmente, sino con el tiempo, y por medio de actitudes que con toda seguridad parecieron inicialmente dignas y muy razonables. Si estas actitudes se vieran en su inicio, o de forma separada, no parecerían tan repugnantes como cuando se ven todas juntas y en su desarrollo.

    Por citar algunas:

  1. Practicidad. Con el paso del tiempo, lo que era una sociedad de agricultores seminómadas cercanos a la tierra fue evolucionando a ser más urbano (principalmente en Jerusalén), quizás muchos de ellos no tenían ganado, o corrales, por lo que criar un animal o seleccionarlo en sus propiedades no estaba a su alcance. Comprarlo en el mercado era una opción posible, pero comprarlo en el templo mismo a un «productor» de animales para el sacrificio era mucho más práctico: ya estaba en el lugar, era muy seguro que tuvieran los animales disponibles. Todo era mucho más profesional, sostenible y seguro. Es posible que el primer puesto para la venta de sacrificios en el templo fuera promovido por los mismos sacerdotes, y que inicialmente se tuviera como algo positivo, como una ayuda para el pueblo, ayudando a que siempre tengan sacrificios disponibles, no como una transacción comercial.
  2. Comodidad. Caminar hacia el templo con un animal a rastro (especialmente si era grande) era un reto mayor, si presentar el sacrificio tomaría ya un buen tiempo, transportarse podría triplicarlo. Era más fácil llevar dinero y adquirir el sacrificio en el lugar mismo. Técnicamente no se estaba violando ninguna ley, para los fines el sacrificio era el sacrificio. Si podría especular que facilitar la presentación de los sacrificios podría aumentar el número de los mismos: la devoción aumentaría, Dios estaría mucho más satisfecho.
  3. Conveniencia (viajeros). No solamente las personas del pueblo presentaban sacrificios: gentes de todas partes venían a adorar en el templo, y al llegar, tendrían que hacer una larga ruta hasta poder hacerlo: trasladarse, cambiar sus monedas por moneda local, intentar conseguir su sacrificio en el mercado y luego traerlo hasta el templo. Tener un cambista con su mesa allí mismo acortaba los pasos, por lo que impactaría directamente en la cantidad de extranjeros que vendrían al templo a presentar su ofrenda o sacrificio. Al igual que la practicidad de tener la seguridad de que lo encontraría y la comodidad de no tener que mover el sacrificio, la conveniencia de encontrar allí una casa de cambio puede parecer algo positivo. (Así se les llama a las tiendas pequeñas que sirven para ahorrar tiempo a los viajantes apresurados: tiendas de conveniencia. ¡Que la iglesia local no sea una de ellas! ¡Que nunca tengamos en la casa del Señor la actitud apresurada de los viajantes!
  4. Precisión. Presentar el sacrificio correcto, de forma tal que resultara acepto, era un gran reto para el pueblo llano —nadie querría vivir la experiencia de ser rechazado en el altar—, pero si ya había sido seleccionado por alguien con experiencia, alguien que cada mes seleccionaba cientos de ellos sin que fueran rechazados, lo que antes nos causaba incertidumbre sería anulado por la precisión: tendríamos total confianza de que nuestro sacrificio sería aceptado. Pero si para el pueblo era poco complicado seleccionar sus propios animales, es esperable que también para los sacerdotes lo fuera: tendrían que estar revisando ellos mismos con mucho cuidado, uno por uno los sacrificios de todo el pueblo —y rechazando una gran cantidad— antes de presentarlos. Un sacrificio adquirido allí mismo, preparado por quien prepara cientos o miles del mismo tipo (becerras, cabras, carneros, tórtolas, palominos) para venderlos con un esperable sobreprecio por su servicio era mucho más preciso que intentar alcanzar la norma: leyendo, discerniendo, corriendo el riesgo. Visto así, el comprar un sacrificio pre-seleccionado era un acto de adoración, aparentemente, era mucho más reverente.

    Un sacrificio adquirido allí mismo, preparado por quien prepara cientos o miles del mismo tipo (becerras, cabras, carneros, tórtolas, palominos) para venderlos con un esperable sobreprecio por su servicio era mucho más preciso que intentar alcanzar la norma: leyendo, discerniendo, corriendo el riesgo.

Compáralo ahora con tu propio sacrificio

¡Qué fácil es comenzar con una buena intención y terminar con algo aborrecible!

Ahora permite que pasen los años, que todos estos elementos dispersos se junten y prevalezca lo mercantil en la intención y te encontrarás con lo que llenó de celo el corazón del Señor: «mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones»1. Lo que en inicio parece práctico, cómodo, conveniente y preciso ahora se ve grotesco y deleznable. ¡Qué fácil es comenzar con una buena intención y terminar con algo aborrecible! Aplica esto mismo a la forma en que pretendes adorar al Señor el próximo domingo, o a la forma en que lo has estado adorando durante este año, o en la década anterior. ¿Prepararás de antemano tu sacrificio de alabanza2 o esperas encontrarlo en el templo? ¿Harás tú la debida diligencia de seleccionar el sacrificio correcto o descansarás en la experiencia de un líder de alabanza que lo hará por ti? Qué tal la comodidad y la conveniencia, ¿vendrás a adorar al templo o te quedarás en tu casa? Y después de venir, ¿te conformarás con que tu sacrificio siga el «curso esperable» —rápido y sin contratiempos— o pondrás también tu corazón? ¿Dirás que de todos modos Dios recibirá tu sacrificio? Durante siglos el Señor soportó esta práctica perversa; aún en su encarnación visitó el templo varias veces antes de voltear las mesas. Es esperable que más allá del mercantilismo, la superficialidad y el acartonamiento algún verdadero adorador llegara a presentarse, pero con toda seguridad, gran parte de esos sacrificios improvisados, aunque técnicamente correctamente presentados, no llegaron a su presencia. Así se corrompe la adoración: se comienza por dar argumentos muy prácticos, razonables y cargados de buenas intenciones y se termina en un mercado. ¡Que nuestra adoración a Dios nunca deje de ser un sacrificio!

  1. Mateo 21:13 []
  2. Hebreos 13:15 «Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.» []
Mar 1, 2019
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