Diez leprosos sanados

Leprosos anónimos

31 diciembre 2013 / Rafael Pérez

Culto de Acción de Gracias Ayer domingo tuvimos el último culto del año en nuestra iglesia, un culto de acción de gracias en el que casi toda la congregación tomó un turno para proclamar públicamente las diferentes maneras en que las misericordias de Dios se manifestaron en este 2013. Para la ocasión, expuse esta porción de las Escrituras (Lucas 17:12-19): La curación de diez leprosos. Escribí este artículo con las notas de esa exposición.

Respondiendo Jesús, dijo: ¿no son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.Lucas 17:17-19 RVR

Uno de diez

Todas las bocas se abrieron para pedir, sólo una boca se abrió para agradecer.

Los leprosos eran diez. Los diez creyeron que Cristo tenía poder para sanar sus cuerpos. Los diez salieron a su encuentro. Los diez abrieron su boca para apelar a la misericordia del maestro. Aquí están ellos: diez hombres necesitados, diez creyentes, diez hombres caminando hacia Cristo, diez hombres dependientes. Cristo los envía, aún enfermos, a presentarse ante los sacerdotes. Los diez obedecen a Cristo y van ahora de camino al templo. ¡Y los diez fueron sanados en el camino! Sin embargo, solamente uno regresó. Solamente uno abrió su boca para glorificar a Dios. Solamente uno se postró rostro en tierra humildemente a los pies de Cristo. Solamente uno dio las gracias. Todas las bocas se abrieron para pedir, sólo una boca se abrió para agradecer. Usemos el quizás. Quizás la emoción se apoderó de los nueve y fueron corriendo ante sus familiares para darles la noticia. Quizás apelaron a que el Señor, que sabe todas las cosas, vería que su corazón estaba lleno de gratitud, aunque la gratitud no pasara del corazón hasta sus labios. (Este es un quizás muy lamentable: pues utiliza los atributos de Dios para robarle su gloria.) Quizás pensaron que el encuentro milagroso no fue para el maestro un encuentro importante, sino un asunto de menor envergadura con el que se encontró en el camino y pronto no recordaría, un milagro más entre los muchos que realizó el Señor. Quizás entendieron que ya habían hecho lo más importante: obedecieron prontamente al maestro —cómo él clara y explícitamente les dijo— y fueron ante los sacerdotes.

El encuentro no fue muy cercano, tampoco muy largo, pero el maestro sabía de forma precisa la medida de virtud que de Él había salido.

Quizás ya el maestro estaba lejos, quizás muy ocupado, quizás realmente no sabían hacia dónde se dirigía. Quizás ya era de noche. Las Escrituras no describen con detalle lo que había en el corazón de los nueve, no se nos deja saber si los motivó la misma razón o cada uno tenía la suya; lo que sí documentan claramente es la actitud general (ingratitud), y que quien los sanó, los estaba esperando. El encuentro no fue muy cercano, tampoco muy largo, pero el maestro sabía de forma precisa la medida de virtud que de Él había salido (virtud para cada uno) y la proporción de gratitud que recibió en consecuencia: uno de diez.

Anónimos / Conocidos

Un gran dilema: dar gloria a Dios al testificar que fueron sanados de la lepra, reconociendo así públicamente su anterior condición, o volver a disfrutar de la aprobación de los hombres robándose la gloria de Dios.

Permítanme desarrollar otro quizás, uno, que según entiendo, podría ser también probable. Hace un momento, ellos eran diez leprosos anónimos que vivían en las afueras de la ciudad en medio de la multitud de leprosos como ellos. Eran perfectos desconocidos para quienes estuvieran junto al maestro cuando ellos «valientemente» clamaron por un milagro. Si la multitud los hubiese alejados con gritos no pronunciarían sus nombres, les llamarían simplemente leprosos. Ellos volverían a las afueras a vivir en su misma condición. ¡Pero fueron sanados, y aquí está el dilema! Si regresaban sanos ante el maestro y la multitud, ya no serían los leprosos del montón que habitan en las afueras de la ciudad, sino, los diez leprosos que fueron sanados por el maestro y que ahora viven en la calle tal de la ciudad de Galilea o Samaria: los leprosos conocidos. Tendrían que lidiar, ya sanos, con los prejuicios del pueblo, con el rechazo, en cierta medida, seguirían siendo leprosos despreciados por gran parte de la gente, aunque tuvieran su piel en perfecta condición. Podrían volver a vivir entre los hombres, pero tendrían necesariamente y para la gloria de Dios, que comenzar a vivir de una forma totalmente diferente: siendo un testimonio andante de su poder y su bondad. Volvamos a ellos. Todavía eran anónimos, tenían la posibilidad de entrar nuevamente a la ciudad con cuerpos sanos y en el total anonimato, de dejar atrás su pasado de llagas e inmundicia, de experimentar por primera vez el contacto con el pueblo sin ningún tipo de prejuicios. Quizás hasta entrar como extranjeros a otra ciudad, lejos de cualquier persona que pudiera reconocerles. La gente no correría de ellos, no les tendría temor. Nadie susurraría sin mover mucho los labios su anterior enfermedad (lepra) cuando ellos se acercaran. Un gran dilema: dar gloria a Dios al testificar que fueron sanados de la lepra, reconociendo así públicamente su anterior condición, o volver a disfrutar de la aprobación de los hombres, robándose la gloria de Dios.

Dad a Jehová la gloria debida a su nombre; adorad a Jehová en la hermosura de la santidad.Salmos 22:9 RVR

Pecadores confesos

Este dilema no solamente lo experimentaron los diez leprosos, es el mismo que experimentamos todos los hombres que en vez de recibir la gracia común de Dios en el anonimato y volver a nuestra vida normal entre todos los hombres, al ser objeto de sus misericordias volvimos ante la multitud a reconocer nuestra anterior condición. Proclamamos públicamente que éramos pecadores y estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, reconocemos que aún somos pecadores, pero que hemos pasado de muerte a vida; no somos pecadores anónimos, sino pecadores confesos y perdonados. Nosotros merecíamos seguir viviendo lejos del pueblo y lejos de Dios, pero por su gracia especial ahora hemos sido acercados. Quienes tienen el valor no solamente de pedir desde el anonimato un milagro, sino de confesar públicamente su anterior condición para la gloria de Dios, escuchan los mismo que escuchó el leproso agradecido: «levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.Efesios 2:4-7 RVR

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