Dificultades para adorar

Rafael Pérez

Estoy completamente seguro de que hoy la gente está más que nunca abierta a la espiritualidad, pero no creo que tengamos más adoradores que antes. A muchas personas que conozco les agrada la música cristiana, me dicen que al escucharla se sienten relajados, o que sienten paz, y eso es bueno, pero que alguien se relaje usando la música que se escribe e interpreta para Dios no es por ello un adorador. En ocasiones, las personas más espirituales son las que más fácilmente yerran al blanco cuando de adorar verdaderamente se trata.

Al hablar de adoración, la mejor pregunta no es si vamos a adorar, pues siempre adoramos, o si seremos espirituales, pues seres espirituales ya somos, sino, a quién vamos a adorar con nuestro espíritu. La adoración es parte del ser humano, ya que fuimos creados para adorar, es imposible que no lo hagamos, y ya que tenemos espíritu, es imposible que no lo usemos. No es correcto decir «ahora» vamos a adorar, pues la adoración no es un momento, siempre estamos adorando. Podemos comenzar a cantar a Dios y le estaremos adorando en ese momento por medio del canto, pero la adoración es más que un momento y no siempre que se canta, aunque de canciones con letras cristianas se trate, se está verdaderamente adorando. Tampoco necesitamos aprender a adorar, o «fabricar» a adoradores, pues ya lo somos, lo que si podemos aprender es a dirigir a Dios nuestra adoración, a poner a Dios en el centro, a ser «verdaderos» adoradores.

Los hombres somos algo torpes en cuando a la adoración se refiere, por eso nos extraviamos fácilmente. Fuimos creados para adorar a Dios, pero nos confundimos y terminamos adorando la naturaleza (la flora y la fauna), las leyes físicas (la ciencia) o lo que es más común: quitamos a Dios del centro y nos adoramos a nosotros mismos. Por eso, para adorar verdaderamente necesitamos centrarnos en Dios.

Tenemos que estar muy atentos para no perder el centro de nuestra adoración —Dios—colocándonos nosotros. Adorar en verdad requiere saber en todo momento que no cantamos para nosotros mismos, para nuestro deleite o para sentirnos bien (descansados, relajados o emocionados), sino que lo hacemos para agradar a Dios, para su gloria y para su honra. Tomando esto en cuenta, pienso que gran parte de la música contemporánea que se escribe para adorar a Dios nos juega en contra, pues sus melodías y sus interpretaciones son tan elaboradas que terminamos centrándonos en el cantante o intentando entender qué quiere decir la letra y nos olvidamos de Dios.

Pero tampoco creo que sea este un problema exclusivo de nosotros, adoradores contemporáneos, pienso que cuando un israelita visitaba el tabernáculo, el templo de Salomón o el Herodes, enfrentaba el mismo dilema: centrarse en Dios o quedarse admirando dinteles, candelabros, metales preciosos o la elaborada artesanía.

Cuando alguien al cantar lo hace para sentirse bien ya no está adorando a Dios, sino sirviéndose a sí mismo. Siempre que adoramos al padre —recordando su grandeza, su dignidad, su majestad, sus atributos— terminamos alegrándonos, pero este no debe ser nuestro principal propósito u objetivo, sino el resultado o consecuencia. (Aunque no nos sintiéramos bien, deberíamos adorarle.) Esto me recuerda las fiestas de cumpleaños que me celebraban cuando yo era un niño. Mis padres se reunían con sus amigos para festejarme, me tomaban fotografías, se escuchaban canciones infantiles, me partían un bizcocho y brindaban refrescos. Pero al caer el sol, me enviaban a la cama, guardaban los globos y los refrescos y sacaban la cerveza, y el LP de Braulio, para festejarse ellos. Decían: los niños a dormir, ahora va la celebración de los adultos.

Adorar a en espíritu es muy fácil y está al alcance de todos, pero a dorar a Dios en espíritu y en verdad, requiere un esfuerzo conciente para dominar nuestros deseos naturales de ser el centro, dejar de deleitarnos a nosotros mismos para centrarnos en Él. Tenemos que recordarnos a nosotros mismos que Dios es creador y todo lo que existe por sus manos fue hecho; que Dios es el padre, y como hijos nos debemos a Él, pero sobre todo, y si lo anterior no fuera suficiente, recordemos que Dios, es Dios. Si a Dios estamos adorando, en verdad debemos de hacerlo.

Jun 16, 2007
Archivado en: Adoración, Reflexiones



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