De la religión al televisor

Rafael Pérez

TelevisorComencé a pensar en la religión como entretenimiento en un viaje que hice a una loma del sur del país el año pasado. Visité la iglesia y quedé asombrado al ver una multitud de gente marchar hacia el templo como si fuera una invasión. Niños, jóvenes y adultos con su Biblia bajo el brazo. Sorprendido, estuve hablando con la gente sobre la vida en ese lejano campo y terminé concluyendo —admito que de forma apresurada— en que no había mucho qué hacer en el domingo: la gallera, el bar o la iglesia. Para las dos primeras se necesita dinero.

Plasmé mis impresiones de aquel entonces en un cuento: Del campo a la ciudad. El jueves pasado, después de escribir el artículo La barriga postmoderna, donde dije que «la influencia de la religión entró en un proceso de erosión que le ha hecho perder su relevancia como instrumento de contención social», pensé en el que ha sido su sustituto más fiel: el televisor. Ahí recordé el mencionado cuento.

La religión como instrumento de contención social ha sido la herramienta más utilizada por los gobernantes dominicanos y pienso que es una práctica común en Latinoamérica tranquilizar los pueblos por medio de ella. No estoy diciendo que el cristianismo sea solo una herramienta, sino que la religión organizada ha prestado sus servicios al país conteniendo las pasiones y dándole a la gente algo en que creer cuando perdía las esperanzas y algo en que confiar cuando la crisis arreciaba. Los pueblos más devotos tienden a ser los más pobres, pues cuando el hambre aprieta las tripas y las cosechas se pierden, creer en algo es la única opción posible, y si ese algo es un algo simple, mucho mejor, pues el hambre y las filosofías complejas no se llevan de la mano.

Antes había problemas nacionales, pero el pueblo tenía fe, no en el gobierno, sino en el catolicismo; ahora tenemos los mismos problemas que antes y nos falta la fe, pero está el televisor, y todos somos felices. El estado ya no necesita un concordado, sino la bendición de los medios, ya hasta se puede hacer carrera política sin necesidad de ir a misa o gobernar si construir templos.

Una de las características más elaboradas de la de la religión organizada, y que se menciona poco, es que no requiere de mucho esfuerzo intelectual. Siglos de pulir y refinar convirtieron las creencias espirituales profundas en simples procesos rutinarios de creer, repetir y asistir. El detalle que más admiro del catolicismo romano es su iconografía, pues usando arte lograron explicar asuntos tan complejos como la trinidad por medio imágenes simples que todos podían consumir hasta sin saber leer.

Tanto la religión como el televisor mantienen la gente quieta varias horas a la semana y le ofrecen un entretenimiento, para que sus penas sean más llevaderas, y una actividad, para que no piensen. Cuando se va la luz, y viene el apagón, la gente se ve obligada a pensar, recuerda sus problemas, sus precariedades y sus necesidades. El pobre se hace más pobre cuando se le apaga el televisor, pues la pobreza es en gran medida una actividad mental, y el entrenamiento enriquece.

Un detalle de mi país que pocos entienden es la razón por la cual los barrios pobres no pagan la energía eléctrica y su consumo se les factura a quienes sí pueden pagarla. Lo que no se dice es que con eso compramos paz, pagamos para entretener a los más pobres para asegurar la estabilidad social de todos nosotros. Cuando el rico intente quejarse de pagar la luz para que el pobre vea televisión, que recuerde esto: si el país se revoltea, todos seremos pobres, y si el pobre ve la novela, todos seremos ricos.

La crisis energética es tanto un problema económico como lo es social. Por un lado, si no hay electricidad la maquinaria productiva se detiene, pero por otro, si se apaga el televisor, el pueblo se tira a las calles en huelga; y también se detiene. Aquí está la solución energética para la República Dominicana: luz 24 horas para que se vea la novela en los barrios más pobres, así los ricos se mantendrán produciendo sin ser importunados y vendrá el progreso para todos.

Un televisor apagado en la sala de una casa es un asunto tan grave como lo era antes una vela apagada a los pies del santo. Si los santos dejaban de ser honrados llovería desgracias, las cosechas se le echarían a perder al agricultor o se le enfermaría un hijo. El televisor destronó a la religión organizada en cuanto a poder y utilidad social, y es superior a ella, por lo menos en dos sentidos: se puede ver televisión individualmente y no hay que esperar al final de la vida para ver el desenlace de la trama. Las novelas duran no más de tres meses, las películas dos horas y la mini-series 45 minutos.

Si a esta altura alguien todavía duda, le lanzo el siguiente reto. Que se dirija al barrio más pobre que conozca y entre a la sala de la casa más destartalada. No encontrará un santo, no verá el tradicional cuadro con el Sagrado Corazón de Jesús, o San Gregorio, quizás ni siquiera encuentre comida, pero encontrará un televisor plasma de 48 pulgadas y toda la familia embelezada alrededor de él. El entretenimiento es la religión de este tiempo y su santo más poderoso el televisor.

Ene 11, 2007



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