No tomes; por asunto de salud

Rafael Pérez
Esta es la tercera parte de un una serie de artículos sobre las bebidas espirituosas o estimulantes. Pueden leer las anteriores: Tomo alcohol y no me embriago y Una resaca mental.

TomarInicié esta serie argumentando en el primer artículo que no todos los bebedores se emborrachan y en el segundo artículo creo haber demostrado que si la pecaminosidad de las bebidas fuera asunto de grados, sería tan malo tomar tequila como comerse una piña. Este tercer argumento (el de la salud) es mi favorito y el que implementé con más éxito en discusiones anteriores.

Es bastante lógico: tu cuerpo es el templo del Espíritu Santo, y el alcohol es perjudicial para la salud. Suena bien y hasta me hace sentido. De todos modos, creo que si se le hace una lectura detenida a este argumento termina siendo tan débil como los anteriores (la borrachera y los grados).

Los creyentes no somos muy dados a cuidar el cuerpo por medio de la alimentación; nos destacamos en darle buen uso a la boca. Nuestro orgullo es que no bailamos ni bebemos —algunos, claro está—, pero comemos más que los romanos en sus mejores tiempos. Es tan conocido esto del buen comer en los creyentes, que sería posible determinar quien está a punto de apartarse del camino por medio de la siguiente prueba: aquel a quien frecuentemente le falta el apetito y deja de comer por periodos prologados de tiempo sin estar en ayudo está a punto de caer.

Hace unos años descubrí algo interesante leyendo los evangelios. Jesús predicaba sentado, comiendo, preferiblemente. Discipulaba su gente alrededor de la mesa y cuando invitaba a alguien a seguirle el primer paso era llevarlo a comer con los demás. Quizás por esto lo acusaron de comilón y bebedor. Desde entonces he hecho mi mejor esfuerzo por imitar al maestro, por ser un buen discípulo y seguirle también en este aspecto.

No tomar por cuidar el cuerpo es un arma de doble filo, pues tradicionalmente los cristianos hemos visto esto como vanidad. Recuerdo una discusión donde participé, sobre los gimnasios. Algunos hermanos argumentaban que no era correcto que los jóvenes frecuentaran esos lugares, citando una y otra vez al apóstol Pablo: «pues aunque el ejercicio físico trae algún provecho, la piedad es útil para todo, ya que incluye una promesa no sólo para la vida presente sino también para la venidera». Una hermana se puso en pie y gritó: «estos jóvenes de ahora, no leen la Biblia ni oran diez minutos, pero pasan tres horas al día levantando pesas. Que ayunen, verán como se ponen en forma».

En nuestras congregaciones abundan el sobrepeso, los abdómenes abultados (barriguita) —yo el primero vil pecador— y una falta de cultura enorme en cuanto a la buena alimentación se refiere. Pero para demostrar que tomar cerveza es pecado, por asuntos de salud, somos expertos nutricionistas y nos embarga la preocupación por el cuidado corporal. Si al caso vamos, y queremos resolver el problema usando versículos, el mismo Pablo le exhortó a su discípulo Timoteo: «No sigas bebiendo sólo agua; toma también un poco de vino a causa de tu mal de estómago y tus frecuentes enfermedades».

Suena muy concienzudo todo aquello de la salud y el cuidado del cuerpo, templo del Espíritu Santo. Pero si es pecado tomar, y la justificación de este pecado es solo un asunto de cuidar el templo, la comida chatarra (hot dogs, frituras, nachos, hamburguesas) también lo es. Es tan pecador el creyente que entra a un bar, a dañar su cuerpo con alcohol, como aquel que va a Burger King, a dañarlo con colesterol y grasas saturadas.

Hay que ser justos, pues el argumento a favor de la salud no es solo una preocupación estética. Ciertamente el alcohol es considerado droga porque afecta el sistema nervioso. Es una sustancia química toxica que puede llegar a deteriorar algunos órganos como el páncreas, el corazón o el hígado. Pero por otro lado, estudios han demostrado que tomar una o dos copas de vino al día es un hábito muy saludable y que los consumidores moderados tienen un menor riesgo de padecer enfermedades cardíacas.

Viendo el gran cuadro del consumo de alcohol y la salud, se llega a las mismas conclusiones que con el primero de los argumentos (el de las borracheras). La expresión sería: tomar en grandes cantidades sería pecado, porque daña el cuerpo —templo del Espíritu Santo—, pero tomar moderadamente sería saludable porque hace bien al corazón —donde habita Cristo—.

De todos modos está por demostrar qué sería poco y qué sería mucho. ¿Cuántas copas serían necesarias para llegar a pecar? Y con esto se llega a conclusiones similares a las del segundo argumentos (el de los grados). Para determinar que algo es pecado —hablando legalmente— es necesario demostrar una violación objetiva a una ley claramente establecida. El pecado, legalmente hablado, no puede ser asuntos de caprichos o puntos de vistas particulares, sino de ir en contra de algo previamente conocido y de aplicación general.

Los tres argumentos (borracheras, grados y salud) hacen un círculo y terminan siendo básicamente asuntos particulares, subjetivos y de aplicación local. ¿Cómo determinar que alguien está borracho? ¿Porque habla cosas sin sentido? ¿Porque coordina mal sus pasos al caminar? ¿Porque no puede pararse en una sola pierna sin perder el equilibro? Si son subjetivos y particulares se vuelven caprichos y no leyes, y si no hay ley tampoco hay pecado.

Ya que estos tres argumentos (borracheras, grados y salud) terminan siendo subjetivos, está demás seguir estudiando otros mecánicamente; necesitamos algo más elevado para regir nuestra conducta. Este será el punto del último artículo, dejo la conclusión de la serie para otro día.
Ago 30, 2006
Archivado en: Cristianismo, Personales



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