Tres temores en el evangelismo

Rafael Pérez

Este artículo es parte del material que estaré compartiendo la noche de hoy en PezMundial como preparación a una serie de enseñanzas que comenzaré el próximo domingo.

Leí en cierta parte la estadística de que la mayoría de los cristianos mueren sin haber compartido su testimonio personal con ni siquiera una sola persona. No estoy seguro de qué tan preciso sea el dato, quizás el número es más, quizás es menos, lo cierto es que refleja una realidad, y es que los discípulos de Cristo en este tiempo hemos dejado de ser agentes activos de su causa para asumir un rol reflexivo: nuestra principal preocupación no está en el alcance, sino en el crecimiento; un gran malentendido en cuanto a la madurez espiritual. No quiero quedarme solamente en la descripción del problema, por lo que con cada una de los tres temores al momento de compartir nuestro testimonio que compartiré, ofrezco también un intento de solución.

Hasta hace poco tiempo también yo me escondía para no asumir un papel más agresivo en la proclamación del evangelio, utilizaba la excusa del ejemplo, que a grandes rasgos es la siguiente: yo no ando exprimiéndole a las personas mi fe en los ojos como un limón, como el del megáfono, que se para en la cabeza del puente a predicar, o la señora violenta que distribuye tratados en el autobús mirando mal a los pasajeros. Yo vivo delante de ellos dando ejemplo con mi vida y espero que ellos, cuando Dios los toque, me pregunten. La realidad es que mi vida ni es tan buena como para dar ejemplo ni fueron muchas las personas que vinieron a mí en busca de Cristo últimamente. Y por otro lado, si la razón es el megáfono o el tratado, hay formas más prudentes y respetuosas de compartir nuestro testimonio con los no creyentes. Por ejemplo: invitándolos a la iglesia o compartiendo con ellos, en el momento apropiado, la forma en que llegamos a Cristo, que es nuestro testimonio personal.

He encontrado tres razones principales por las cuales la estadística que mencioné se hace real en nuestras iglesias, les llamo los tres temores: temor al rechazo, temor al fracaso y temor al compromiso.

Razón #1

  • Temor al rechazo. Uno de los bienes más preciados de una persona es su reputación. El proyecto de vida del hombre natural es construirla: llegar a ser admirado, llegar a ser respectado, llegar a ser estimado, llegar a ser incluido. Como valoramos tanto lo que hemos logrado llegar a ser, no queremos ponerlo en riesgo. Por eso, evitamos exponernos al rechazo de la gente compartiendo nuestro testimonio.
  • Solución: Estima tu reputación por pérdida. Lo que le permitió a Pablo compartir su testimonio personal con tantas personas, en tantos entornos y contextos distintos, es que después de conocer a Cristo tuvo en poco todo lo que antes había construido. Su linaje, su trayectoria y su prestigio, ante el incomparable valor del conocimiento de Cristo, los consideraba estiércol. (De niño mi madre me dio una pela (golpiza) por decir palabras groseras y desde entonces las evito, pero permítanme una, aunque sea por el quinto aniversario de este blog. Una traducción posible el griego skubalon en Filipenses 3:8 es precisamente «mierda», que algunos prefieren traducir como basura. Para pablo, después de conocer a Cristo, su reputación y todo aquello que los incrédulos pudieran pensar sobre él, llegó a ser nada. Eso era para pablo su reputación: ¡mierda! Quizás por eso predicaba con tanto denuedo.)

Razón #2

  • Temor a fracasar. Luego del temor a ser rechazados, el siguiente temor más común que encuentro en mis hermanos cuanto tienen que compartir su testimonio con los incrédulos es el temor a fracasar en el intento. Ya que nos han vendido el evangelismo como un pleito o una guerra en la cual el objetivo es ganar a toda costa, aunque sea manipulando o utilizando la fuerza, si el enemigo de turno no se convierte —haciendo la oración del pecador— entonces nos sentimos fracasados y frustrados.
  • Solución: piénsate como un testigo y actúa como tal. En un juzgado está el abogado, cuya función es acusar o defender a la persona en cuestión. Pero para lograr su objetivo, el abogado se auxilia de testigos que presenta en el estrado con un sólo objetivo: que expresar aquello que vieron, oyeron o vivieron. Un testigo no tiene que elaborar complicados argumentos o estrategias para ganar el caso, pues esa es precisamente la función del abogado, su única aportación es decir públicamente su testimonio. Así como algunos casos que no se resuelven en un día, y para otros se requiere más de un testigo, no debemos sentirnos fracasados cuando nuestros amigos tengan en poco nuestro testimonio o no sean convencidos de pecado, pues esa no es nuestra responsabilidad, sino la del Espíritu Santo. Nuestra labor no es ganar el caso, sino sólo aportar nuestro testimonio. La única manera en que un testigo fracasa es quedándose callado.

Razón #3

  • Temor al compromiso. Ya venciste el temor al rechazo al estimar por pérdida —usen aquí el término que les recomendé arriba— lo que para ti era ganancia, luego venciste el temor al fracaso comprendiendo que tu labor no es ganar el caso, sino sólo proclamar públicamente lo que viste, oíste o viviste; ahora, el último paso es madurar, dejar de pensar en ti y aceptar el compromiso de atender a otros. Esta es una de las razones más poderosas para no invitar un amigo a la iglesia: si el amigo es alcanzado por Dios y añadido a su familia, habremos parido un hijo espiritual: requerirá nuestras atenciones, nos hará muchas preguntas y nos tendrá a nosotros como su principal ejemplo.
  • Solución: Quiero concatenar este punto, a modo de conclusión, con la introducción de arriba, el malentendido sobre la madurez que mencioné. Madurar no es haber vivido mucho ni haber alcanzado mucho conocimiento, sino llegar a tener responsabilidad por otros. Un hombre maduro es aquel que cuando camina lo hacen con cuidado, pues sus hijos siguen sus pasos, aquel que al comer se quita el pan de la boca para alimentar a los suyos, aquel que cambia su ruta y su agenda acostumbrada para dejar y recoger a sus pequeños en el colegio.

    Un Cristiano maduro es aquel que está en condiciones de reproducirse, que comparte su testimonio con sus amigos, sus vecinos, sus compañeros de trabajo y sus familiares pues no tiene temor alguno a que ellos sigan su ejemplo, busquen en él alimentos o los recoja en sus casas para llevarlos a la iglesia. Me entristece pensar que puede ser verdad, pero quizás una de las razones por las que los cristianos no invitan más sus amigos a la iglesia es porque no quieren transportarlos.

Dic 4, 2008
Archivado en: Evangelismo



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