Malaquías: uso y abuso

Rafael Pérez

La enseñanza de ayer, en PeMundial, estuvo basada en el capítulo #1 del libro de Malaquías. Ya que los jueves la enseñanza es temática (usamos la escritura para hablar sobre algún tema desde la perspectiva de Dios) y me auxilio de recursos audiovisuales para la presentación, aprovecho el domingo para enseñar una porción más extensa de algún libro de la Biblia, usando solamente el texto. (Tampoco tengo tiempo para preparar dos presentaciones a la semana.) He notado que los amigos que se acercan muestran inicialmente mayor interés sobre los temas que sobre los textos, pero a medida que van madurando, se van interesando más en el estudio de la Biblia como tal.

Una anécdota interesante es, que aunque en los últimos años he predicado cientos de sermones de casi todas las partes de la escritura, no recuerdo la última vez que lo haya hecho de Malaquías. Lo sé, porque en mi Biblia de estudio —la que utilizo para prepararme cuando voy a enseñar— marco con colores los versículos que estudio con el objetivo de predicar y las páginas de este libro estaban a blanco y negro. La razón no ha sido el descuido o la falta de interés, pues mucho he leído el libro y disfrutado su mensaje, sino el prejuicio.

Tengo muy vívida en mi mente la imagen de una serie de predicadores que olvidando las preciosas enseñanzas que tiene Malaquías para la iglesia y la forma arquitectónica en que conecta el antiguo y el nuevo pacto, como si fuera un puente, prefieren tomar con pinzas solamente algunos versículos precisos —los que hablan de traer a Dios los diezmos y ofrendas—, so pena de bendición o maldición, como si fueran vendedores de indulgencias. Ya sea para amenazar al pueblo de Dios o para engatusarlo en promesas de feria, este profeta, cuyo libro se encuentra en el centro de la Biblia, siempre ha venido bien.

Y lo más lamentable es que es verdad: Dios bendice al dador alegre y recompensa a los que le honran, pero la actitud que provoca en la iglesia la forma en que tales predicadores presentan el mensaje de Malaquías dudo mucho que mueva al «Señor todo poderoso» a abrir las ventanas de los cielos. Dios no es el genio de la lámpara ni un fondo de inversiones con garantía soberana, Él es el rey, y lo que espera de sus súbditos no es una moneda para comenzar a moverse como si fuera un juguete mecánico, sino honra y respeto, tributo y reverencia. Lo que abre las ventanas de los cielos no es necesariamente nuestro bolsillo, sino, principalmente, nuestra actitud. El domingo próximo pasamos al capítulo dos.

Sep 8, 2008
Archivado en: PezMundial (Comunidad)



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