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La semana pasada me enteré de un caso sumamente lamentable pero que me hizo meditar sobre el poder del contexto y en cómo una serie de factores aparentemente aislados y casuales se pueden unir para dar a lugar a situaciones muy lamentables. Durante la pasada Tormenta Noel (uno de los fenómenos naturales que más daño han causado en la República Dominicana en los últimos años), el local de una iglesia que sirve a una de las comunidades más afectadas le cerró la puerta en la cara a los refugiados. (Por lo menos eso se entiende si se conoce el caso sólo de forma superficial o si se escucha un sólo toque de la campana.) Para explicar el hecho desde una perspectiva más completa y sistémica, primero lo narraré desde los ojos de Juan, un vecino de la comunidad, y luego desde la perspectiva de Nicolás, mayordomo de la iglesia y encargado de la llave. Al final compartiré mi opinión tomando en cuenta ambas percepciones del problema, las circunstancias atenuantes y el contexto.
Estuve conversando con un pastor, él un líder exitoso que ha desarrollado un ministerio muy fructífero. Fuimos a cenar, y mientras esperábamos la comida, le pregunté que cuántas veces le habían preguntado que cuál era la clave para cosechar un fruto de tal magnitud. Él se rió a carcajadas. Luego me respondió ―al parecer intuyó que yo también quería saber― que la clave era la siguiente:
Cuida de los que nadie quiere y Dios te dará los que todos quieren.
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Estudiando la trayectoria de líderes de diferentes áreas (pastores, empresarios, maestros, emprendedores sociales) y observando de cerca aquellos que han sido más exitosos, he encontrado la siguientes dos constantes: (1) todos tienen una firme convicción de su llamado (a sembrar una iglesia, desarrollar una empresa o levantar una organización) y (2) puede explicar con palabra sencillas la forma en que su trabajo beneficia a la sociedad. Por otro lado, aquellos que frecuentemente dudan de si deberían estar haciendo lo que hacen o no entienden la forma en que su trabajo produce algún impacto social, se han quedado rezagados.
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Uno de los errores en que comúnmente caen aquellos que quieren ayudar al necesitado ―al tener recursos o buenas intenciones― es pensar que las personas que están sufriendo dolor, hambre o cualquier tipo de necesidad son esencialmente buenas, o por lo menos mejores que los que no están en dicha condición. (Aquel paradigma sensiblero de que los pobres son buenos y honrados y los ricos son malos y ladrones; o que el pobre es pobre porque existe el rico el cual lleva a los que tienen a dar por culpa, para sentirse menos mal.) Esto degenera en una celebración del pobre, en un paternalismo y un reforzamiento de su condición (haciéndolos más pobres).
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Un gran error de muchos programas de asistencia social es pensar que la pobreza es solo la ausencia de recursos, cuando esta es solo la punta del iceberg, muchos pobres reciben recursos constantemente y no dejan de serlo ―son un barril sin fondo―. Suponen que con darles más (dinero, comida, vestimenta) las personas serán menos pobres, cuando lo correcto es lo contrario: si un pobre recibe más recursos sin mejorar sus condiciones limitantes no será más rico, sino más pobre. Si su capacidad de gasto hoy está en 10, si recibe 10 más solo la aumentará a 20. El pobre no es pobre porque le falta, sino, porque no sabe retener lo que recibe o ponerlo a producir para eventualmente tener más.
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Ya que son más las cosas en las que yo podría estar trabajando que las que por asunto de disponibilidad puedo involucrarme, he encontrado una forma ingeniosa de desestimar un proyecto o integrarme cuando me invitan a participar: pedir una contrapartida. Esto no me lo inventé yo, sino que lo aprendí de las organizaciones internacionales de ayuda. Si ellos van a realizar una donación de 10 millones para construir una carretera, por ejemplo, exigen que el país beneficiado aporte 3 millones (su contrapartida) antes de desembolsar su parte. Así se aseguran de no botar su dinero: solo los que de verdad valoran el proyecto aportan su parte, aunque sea menor; la gente regularmente toma todo lo que es gratis, aunque no lo use.
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Caminé casi 5 kilómetros buscando un lugar tranquilo en donde sentarme a escribir las ideas para este artículo. Estoy de vacaciones —esta semana cumplí 4 años en la empresa— y salí de mi casa para refrescar la vista. Al final, terminé en un Burger King, escribiendo frente a un Whopper, una ración de papas fritas y Coca-Coca. No imagino un lugar más apropiado que este para meditar sobre el tema que me ocupa en este momento: el mejor indicador para medir la pobreza.