Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues. A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva. (Lucas 6:29—30)
El objetivo de dar la otra mejilla, ofrecer la capa y cargar un poco más se puede entender mejor en el contexto del perdón: un acto del amor sacrificado que da una segunda oportunidad a quien maltrata, despoja o carga. Cuando alguien peca contra nosotros inmediatamente el instinto de protección nos impulsa a alejarnos para terminar con la agresión, sin embargo, cuando Jesús nos enseñó a perdonar su enseñanza siguió el mismo principio: no te alejes ni esperes que tu hermano recapacite y venga: ve tú dónde él y trata de restablecer la comunión. Siendo así, el sentido más profundo de dar la otra mejilla no es recibir bofetadas ilimitadamente en una actitud masoquista, sino más bien la disposición a darle al agresor una segunda oportunidad, a creer de nuevo, a volver a confiar. La esperanza de quien pone la otra mejilla es que esta vez, en vez de una bofetada, puede recibir un beso. [F: Extracto de la enseñanza 'La iniciativa de perdonar'.]
Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. (Mateo 18:15)
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Cuando enseño sobre el perdón lo que más dificultad les da a las personas entender no es perdonar en sí, sino tomar la iniciativa de hacerlo a pesar de ser el agraviado. Sin embargo, este es un principio desarrollado consistentemente a lo largo de toda la escritura: desde el libro de Génesis (con la caída del hombre) y hasta los evangelios (con la redención): cada vez que el hombre falló, fue Dios quién tomó la iniciativa para restaurar la comunión. Del mismo modo, espera que nosotros tomemos la iniciativa cuando alguien nos falla. Leyendo el libro de Génesis he encontrado tres razones por las cuales es el agraviado y no el agresor quien debe tomar la iniciativa de perdonar y —sobre todo— restaurar: El agraviado comúnmente desconoce su falta (mayormente si es reincidente en ella), tomar la iniciativa es la mayor manifestación de amor y el pecado tiene un efecto corruptor de rápido avance (comparado con el avance de la levadura, de la lepra y del fuego).
El pecado crea un déficit en la economía de Dios. Dondequiera que hay pecado, se toma o se demanda algo del pecador. Podríamos ir a través de toda la Biblia ilustrando este principio. Dondequiera que hay pecado, el pecador pierde algo que está fuera de su alcance recuperar.
— Charles Stanley, en su libro La paz del perdón.
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Leyendo sobre las implicaciones del rechazo y la falta de perdón en las relaciones familiares el siguiente dato que me llamó la atención: muchos jovencitos se refugian en el sexo y el placer buscando llenar un vacío, buscando el amor que —según perciben— no están recibiendo en sus casas, regularmente luego de algún trauma no resuelto en la relación con sus padres. Para ellos, tener sexo implica tres cosas: una rebelión contra sus padres (hacer lo prohibido), intimidad y compañía. Esos jovencitos terminan convirtiéndose en adultos con vidas sexuales insatisfactorias, pues nunca se han sentido realmente amados y el sexo, en vez de una consumación del amor, termina convirtiéndose en un falso remplazo. (En vez de ver el suspiro como parte del bizcocho, hacen del suspiro su bizcocho).