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El consejo más común que se le da a la gente para que logre algo en la vida es el siguiente: preocúpate por adquirir una buena educación. Como se entiende que en la vida el principal punto de apalancamiento es el conocimiento, aquellos que lo obtengan ―se supone― tendrán un buen futuro. Lamentablemente, no siempre es así, en la práctica se ha demostrado que aquellos que poseen mucho conocimiento (ya sea porque se sacrificaron para adquirirlo o porque tienen una mente privilegiada) a menudo no son los más aventajados. Esto sucede porque se obvian otros dos puntos de apalancamiento (aparte del conocimiento) de igual o quizás hasta mayor poder e importancia: la experiencia y las relaciones.
Leyendo el último tramo de la vida de Josué encontré el legado de su liderazgo y me llamó poderosamente la atención. A diferencia de muchos líderes que crean un impacto significativo mientras están presentes y después, cuando se van, todo se estanca o retrocede ―siendo algunos tan cortos de miras que hasta encuentran su satisfacción en este despropósito, creyéndose imprescindibles―, la influencia de Josué sobre su pueblo llegó mucho más allá de su muerte, trascendiéndolo por medio del trabajo de sus colaboradores, quienes continuaron la obra. Este fue su epitafio:
Durante toda la vida de Josué, el pueblo de Israel había servido al Señor. Así sucedió también durante el tiempo en que estuvieron al frente de Israel los jefes que habían compartido el liderazgo con Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho a favor de su pueblo. (Josue 24:31)
Cualquier persona puede entregar correctamente un elogio, pero sólo los experimentados pueden entregar correctamente una reprimenda. En esto se diferencian los verdaderos líderes del resto: ellos pueden entregar una retroalimentación negativa (reprensión) sin deteriorar la relación con la persona, por el contrario, algunos llegan a hacerlo tan bien que hasta la acercan más. Pero antes de pasar a explicar el proceso de la reprensión, es necesario aclarar lo siguiente: sólo es adecuado reprender a una persona que sabiendo hacer las cosas correctamente las hace mal, en los demás casos, cuando se hacen las cosas incorrectas por falta de información, entrenamiento o experiencia, lo que corresponde no es reprender, sino reorientar.
La reprensión aprovecha al entendido, Más que cien azotes al necio.
Proverbios 17:10
En días pasados Melvin Rivera reseñó una encuesta que establece que el 70% de los jóvenes cristianos en USA abandona la iglesia antes de los 23 años. Me puse a hacer una lista con las razones que me motivarían a mí a hacerlo. A continuación comparto las que encontré, si alguien tiene otras me las pasa para agregarlas. Aclaro que hace mucho que salté de la pecera y me fui a vivir entre peces, pero considero importante y hasta imprescindible tener una comunidad de creyentes, aunque sea un cardumen. Para mí la iglesia es la gente, no los templos.
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Frecuentemente escucho entre jóvenes cristianos aquella expresión que reza «yo nací en el evangelio», y cuando la escucho, pienso que quien la pronuncia es un candidato perfecto para morir fuera de él. Hace unos días una pareja de amigos me invitó a compartir ―la enseñanza sobre Sansón― con el grupo de jóvenes de su congregación y cuando terminó la reunión fuimos a comer algo para seguir hablando. Descubrimos que los tres habíamos «nacido en el evangelio» e intentamos identificar la razón por la cual nosotros nos quedamos cuando muchos de nuestros amigos desertaron.
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Mientras regresaba de almorzar junto a mis compañeros de trabajo, uno de ellos me preguntó la razón por la cual en la iglesia de su mamá tres jovencitas adolescentes quedaron embarazadas en los últimos tiempos a pesar de ser cristianas. Él supone que casos como estos no deberían suceder entre creyentes y se alarma al comprobar que la frecuencia es más alta que fuera de la iglesia. Su suposición no es descabellada. En una pareja de jóvenes cristianos hay más probabilidades de que ocurra un embarazo que en otra que no lo es, por dos razones simples: buena intención e inexperiencia.
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Cada cierto tiempo, después de cada parada, el autobús que me llevaría al cielo nuevamente emprendía la marcha. Yo nunca tuve el valor de saltar, o por lo menos, de saltar formalmente como lo hicieron Los otros hijos pródigos; aunque para ese tiempo ni me sentía cristiano ni vivía como tal. Aun así, asistir domingo tras domingo y participar en algunos de los programas de la iglesia (escuela bíblica, culto dominical y culto de jóvenes; ni muerto me verían en un culto de damas, caballeros o reunión de oración) me daba una sensación de seguridad. Ni me gustaba ni disfrutaba participar de esas actividades, pero no es fácil dejar de hacer aquellas cosas con las cuales echamos los dientes.