En la imágen: Probando la visión | Gordon Saunders.El término visión ha calado muy bien, tanto en el ambiente eclesiástico como en el de los negocios, a tal punto, que ha degenerado en vicio, y de tanto «envisionar» a otros, muchos han terminado ciegos. Sobre la visión se preparan series de sermones y se celebran congresos en hoteles para envisionar —por tan solo 100 dólares el trago—, a sus participantes. La gente sale de allí creyendo que está más cerca de convertir su sueño en realidad porque suavemente le deslizaron el término varias veces por los oídos. Y es que la verdad hay que decirla, la palabrita gusta, esa bella unión de consonantes y vocales tiene un aire te éxito, de vanguardia, que la vuelve irresistible a los labios de los vendedores de sueños; ellos se creen que con solo mencionarla muchas veces estarán más cerca de alcanzarla. (Es como si el hecho de ver con claridad las letras grandes y pequeñas del examen que se toma para obtener la licencia de conducir garantizara por sí solo el buen desempeño del conductor en la carretera.) Continuar leyendo →
En la imágen: Comparación de dos fotos de Steve Jobs.Luego de la última presentación pública (WWDC 2008) de Steve Jobs, CEO de Apple y Pixar, muchos de sus seguidores se sintieron preocupados por su estado de salud. Jobs fue operado de cáncer de páncreas en el 2004 y al parecer pudo superar la enfermedad, pero lucía preocupantemente delgado en el evento y de allí la preocupación. Me llama la atención la paradoja, y es que este gran visionario se encuentra ahora mismo en el momento más productivo de su carrera profesional: muchos proyectos exitosos (iPod, iPhone, iTunes), más cuota de mercado y muchos beneficios para sus accionistas; al parecer, está pudiendo ver la concreción de su visión para la empresa, algo en lo que trabaja desde que era un adolescente. Pero su batalla más grande no es contra su competencia (Microsoft, Sony), sino contra su propio cuerpo. Su mente le responde muy bien, pero la herramienta por medio de la cual puede poner en obras sus pensamientos no le ayuda. Continuar leyendo →
He terminado este año hablando en varios lugares (tanto desde el púlpito como en conversaciones informales) sobre la importancia de desarrollar un carácter fuerte (autodisciplina, integridad, valores), y confieso que este es un tema nuevo para mí. Durante años he predicado sobre la importancia de hacer cosas para Dios (ministerio, misión) y tener una visión; en resumen, he hablado mucho de «hacer» y ahora tengo más urgencia por hablar de «ser». Me he dado cuenta de que hablar de visión obviando el carácter es sumamente peligroso, tanto como una bomba de tiempo, una construcción mal sustentada o una olla de presión.
El carácter era la inicial que el artesano ponía sobre sus obras y representaba la calidad de las mismas. Un dato curioso es que como la calidad se llegaba a percibir a lo largo del tiempo, prestigiar su carácter le tomaba al artesano toda una vida. Con cada nueva obra —siempre y cuando la calidad de ésta fuera consistente— lo iba construyendo.
La semana pasada me encontré en la librería con la edición del 10˚ aniversario de Las 21 leyes irrefutables del liderazgo, quizás el libro más conocido de John C. Maxwell, un clásico contemporáneo. Aunque había leído el libro hace ya mucho tiempo, lo compré por varias razones, primero para ponerlo a rotar de mano en mano entre algunos líderes potenciales que tengo a mi alrededor, pero principalmente por una introducción lo suficientemente sincera que hace el autor para presentar el nuevo material revisado y ampliado. En sus palabras:
Yo sigo creciendo como persona. Leo constantemente. Analizo mis errores. Converso con grandes líderes para aprender de ellos. Como conferencista y orador, con frecuencia enseño los principios que presento en mis libros y constantemente estoy actualizando mi material. Utilizo nuevas historias. Refino mis ideas. Y con frecuencia tengo una mejor perspectiva al pararme frente a una audiencia. Sin embargo, cuando vuelvo a leer los libros que he escrito previamente, me he dado cuenta de lo que he cambiado desde que los escribí. Eso me frustra, porque los libros no pueden crecer y cambiar junto conmigo.
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Ayer estuve reunido por unas horas con una amiga con quien he tenido el privilegio de participar en un pequeño proyecto. Ella trabajó durante muchos años para una empresa internacional muy competitiva y llegó a ocupar allí posiciones de mucha responsabilidad. Ahora está dedicando una mayor parte de su tiempo a su familia, a su iglesia y a su propio negocio. A diferencia de una empresa, que se dirige por indicadores y está orientada a generar ganancias para sus inversionistas ―allí miden y hacen las correcciones de lugar para lograr sus objetivos―, gran parte de nuestras iglesias no están orientadas al resultado, sino al proceso (por eso no miden); para nuestra gente, producir no es una preocupación, sino principalmente ver, y como mucho, hacer. (Por eso es común que las iglesias se carguen de más y más programas, en su mayoría redundantes, sin detenerse a pensar qué resultado están produciendo por medio de ellos.) Le planteé a ella esta inquietud y me dijo que lo ha notado, estuvo de acuerdo conmigo en que una cosa es hacer y otra, muy diferente, producir.
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El consejo más común que se le da a la gente para que logre algo en la vida es el siguiente: preocúpate por adquirir una buena educación. Como se entiende que en la vida el principal punto de apalancamiento es el conocimiento, aquellos que lo obtengan ―se supone― tendrán un buen futuro. Lamentablemente, no siempre es así, en la práctica se ha demostrado que aquellos que poseen mucho conocimiento (ya sea porque se sacrificaron para adquirirlo o porque tienen una mente privilegiada) a menudo no son los más aventajados. Esto sucede porque se obvian otros dos puntos de apalancamiento (aparte del conocimiento) de igual o quizás hasta mayor poder e importancia: la experiencia y las relaciones.
Leyendo el último tramo de la vida de Josué encontré el legado de su liderazgo y me llamó poderosamente la atención. A diferencia de muchos líderes que crean un impacto significativo mientras están presentes y después, cuando se van, todo se estanca o retrocede ―siendo algunos tan cortos de miras que hasta encuentran su satisfacción en este despropósito, creyéndose imprescindibles―, la influencia de Josué sobre su pueblo llegó mucho más allá de su muerte, trascendiéndolo por medio del trabajo de sus colaboradores, quienes continuaron la obra. Este fue su epitafio:
Durante toda la vida de Josué, el pueblo de Israel había servido al Señor. Así sucedió también durante el tiempo en que estuvieron al frente de Israel los jefes que habían compartido el liderazgo con Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho a favor de su pueblo. (Josue 24:31)