La semana pasada me encontré en la librería con la edición del 10˚ aniversario de Las 21 leyes irrefutables del liderazgo, quizás el libro más conocido de John C. Maxwell, un clásico contemporáneo. Aunque había leído el libro hace ya mucho tiempo, lo compré por varias razones, primero para ponerlo a rotar de mano en mano entre algunos líderes potenciales que tengo a mi alrededor, pero principalmente por una introducción lo suficientemente sincera que hace el autor para presentar el nuevo material revisado y ampliado. En sus palabras:
Yo sigo creciendo como persona. Leo constantemente. Analizo mis errores. Converso con grandes líderes para aprender de ellos. Como conferencista y orador, con frecuencia enseño los principios que presento en mis libros y constantemente estoy actualizando mi material. Utilizo nuevas historias. Refino mis ideas. Y con frecuencia tengo una mejor perspectiva al pararme frente a una audiencia. Sin embargo, cuando vuelvo a leer los libros que he escrito previamente, me he dado cuenta de lo que he cambiado desde que los escribí. Eso me frustra, porque los libros no pueden crecer y cambiar junto conmigo.
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El consejo más común que se le da a la gente para que logre algo en la vida es el siguiente: preocúpate por adquirir una buena educación. Como se entiende que en la vida el principal punto de apalancamiento es el conocimiento, aquellos que lo obtengan ―se supone― tendrán un buen futuro. Lamentablemente, no siempre es así, en la práctica se ha demostrado que aquellos que poseen mucho conocimiento (ya sea porque se sacrificaron para adquirirlo o porque tienen una mente privilegiada) a menudo no son los más aventajados. Esto sucede porque se obvian otros dos puntos de apalancamiento (aparte del conocimiento) de igual o quizás hasta mayor poder e importancia: la experiencia y las relaciones.
Leyendo el último tramo de la vida de Josué encontré el legado de su liderazgo y me llamó poderosamente la atención. A diferencia de muchos líderes que crean un impacto significativo mientras están presentes y después, cuando se van, todo se estanca o retrocede ―siendo algunos tan cortos de miras que hasta encuentran su satisfacción en este despropósito, creyéndose imprescindibles―, la influencia de Josué sobre su pueblo llegó mucho más allá de su muerte, trascendiéndolo por medio del trabajo de sus colaboradores, quienes continuaron la obra. Este fue su epitafio:
Durante toda la vida de Josué, el pueblo de Israel había servido al Señor. Así sucedió también durante el tiempo en que estuvieron al frente de Israel los jefes que habían compartido el liderazgo con Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho a favor de su pueblo. (Josue 24:31)
Estuve enseñando ayer en el Círculo Vida Abundante, una nueva iglesia que está sembrando en Santo Domingo un sabio amigo, el Dr. José Rafael Dunker. Compartí con ellos el principio de la contundencia que aprendí de la batalla entre David y Goliat. Mientras lo preparaban para el enfrentamiento, a David le pusieron la armadura del rey Saúl, quien era tan grande que los demás apenas le llegaban al hombro. La armadura era muy pesada para David, que era ágil pero pequeño como las piedras del río. Con todo ese peso encima no podía ni caminar.
Luego Saúl vistió a David con su uniforme de campaña. Le entregó también un casco de bronce y le puso una coraza. David se ciñó la espada sobre la armadura e intentó caminar, pero no pudo porque no estaba acostumbrado. —No puedo andar con todo esto —le dijo a Saúl—; no estoy entrenado para ello. De modo que se quitó todo aquello. (1 Samuel 17:38,39)
Cualquier persona puede entregar correctamente un elogio, pero sólo los experimentados pueden entregar correctamente una reprimenda. En esto se diferencian los verdaderos líderes del resto: ellos pueden entregar una retroalimentación negativa (reprensión) sin deteriorar la relación con la persona, por el contrario, algunos llegan a hacerlo tan bien que hasta la acercan más. Pero antes de pasar a explicar el proceso de la reprensión, es necesario aclarar lo siguiente: sólo es adecuado reprender a una persona que sabiendo hacer las cosas correctamente las hace mal, en los demás casos, cuando se hacen las cosas incorrectas por falta de información, entrenamiento o experiencia, lo que corresponde no es reprender, sino reorientar.
La reprensión aprovecha al entendido, Más que cien azotes al necio.
Proverbios 17:10
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Hace un tiempo me senté a pensar en la posibilidad de emprender un proyecto de discipulado por medio de grupos pequeños desde PezMundial y en cuáles serían las posibles limitaciones o barreras del mismo. La idea era tomar las experiencias aprendidas para tejer nuevamente La Red ―una comunidad de creyentes que inicié en el 2005 mientras trabajaba como líder de jóvenes― y relanzarla. Al final el proyecto no se lanzó, pero encontré unos apuntes que hice entonces con tres limitaciones que encontré. Creo que pensar en ellas sería útil para cualquier iglesia que trabaje con grupos pequeños o células.
El evento que más fuertemente marco la memoria colectiva de la generación de mis padres fue, sin duda alguna, la llegada del hombre a la luna. Muchos lo vieron en tiempo real por un nuevo invento llamado televisión y otros se enteraron al día siguiente por medio del periódico, pero aquel fue el acontecimiento de su tiempo. Cuando el astronauta Neil Armstrong piso la superficie lunar el 20 de julio de 1969 diciendo «Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad» les dio a ellos, aquí en la tierra, la motivación para soñar, abriéndolos un nuevo mundo de esperanzas y posibilidades, ello dijeron, «Lo logramos, fue posible».
En la imágen: Llegada del hombre a la luna. (1969)Las repercusiones de aquel acontecimiento fueron el optimismo, el avance científico y la tecnología, gracias eso, ellos tuvieron la fe de creer que si se esforzaban lo suficiente, hasta aquellas cosas que parecían más imposibles de alcanzar ―como la luna―, serían alcanzadas. En cambio, el gran acontecimiento mundial que marcó mi generación fue totalmente diferente, no nos dejó llenos de optimismo, sino en la más profunda desesperanza y sin ganas de soñar. Continuar leyendo →