He terminado este año hablando en varios lugares (tanto desde el púlpito como en conversaciones informales) sobre la importancia de desarrollar un carácter fuerte (autodisciplina, integridad, valores), y confieso que este es un tema nuevo para mí. Durante años he predicado sobre la importancia de hacer cosas para Dios (ministerio, misión) y tener una visión; en resumen, he hablado mucho de «hacer» y ahora tengo más urgencia por hablar de «ser». Me he dado cuenta de que hablar de visión obviando el carácter es sumamente peligroso, tanto como una bomba de tiempo, una construcción mal sustentada o una olla de presión.
El carácter era la inicial que el artesano ponía sobre sus obras y representaba la calidad de las mismas. Un dato curioso es que como la calidad se llegaba a percibir a lo largo del tiempo, prestigiar su carácter le tomaba al artesano toda una vida. Con cada nueva obra —siempre y cuando la calidad de ésta fuera consistente— lo iba construyendo.
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El consejo más común que se le da a la gente para que logre algo en la vida es el siguiente: preocúpate por adquirir una buena educación. Como se entiende que en la vida el principal punto de apalancamiento es el conocimiento, aquellos que lo obtengan ―se supone― tendrán un buen futuro. Lamentablemente, no siempre es así, en la práctica se ha demostrado que aquellos que poseen mucho conocimiento (ya sea porque se sacrificaron para adquirirlo o porque tienen una mente privilegiada) a menudo no son los más aventajados. Esto sucede porque se obvian otros dos puntos de apalancamiento (aparte del conocimiento) de igual o quizás hasta mayor poder e importancia: la experiencia y las relaciones.
Leyendo el último tramo de la vida de Josué encontré el legado de su liderazgo y me llamó poderosamente la atención. A diferencia de muchos líderes que crean un impacto significativo mientras están presentes y después, cuando se van, todo se estanca o retrocede ―siendo algunos tan cortos de miras que hasta encuentran su satisfacción en este despropósito, creyéndose imprescindibles―, la influencia de Josué sobre su pueblo llegó mucho más allá de su muerte, trascendiéndolo por medio del trabajo de sus colaboradores, quienes continuaron la obra. Este fue su epitafio:
Durante toda la vida de Josué, el pueblo de Israel había servido al Señor. Así sucedió también durante el tiempo en que estuvieron al frente de Israel los jefes que habían compartido el liderazgo con Josué y que sabían todo lo que el Señor había hecho a favor de su pueblo. (Josue 24:31)