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Hace unas semanas fui invitado por un amigo a participar en una reunión de jóvenes de distintas congregaciones en la que se hablaría de un posible proyecto a desarrollar. (Nada que ver con otro proyecto en el que actualmente trabajo.) Dije que sí, muy animado, pues percibí que quien me invitó estaba muy bien intencionado —su pasión se dejaba sentir a través del teléfono— y el proyecto me pareció viable e interesante. La reunión comenzó muy animada, se armó una atmósfera interesante de participación y colaboración en la primera parte, mientras se habló del proyecto como una posibilidad, pero en la segunda, cuando contemplamos sus posibilidades «concretas» de implementación, todo se tornó un poco complicado. En la primera parte se respiraba emoción y expectativa; en la segunda, muchas dudas y miedo.
Estuve enseñando sobre discipulado todos los miércoles de diciembre en la Iglesia Vida Abundante, anteayer concluimos la serie revisando los principios explicados y buscando formas prácticas de aprehenderlos (no sólo de aprenderlos intelectualmente, sino de asirlos, apropiándonos de ellos). Fue un tiempo muy grato, pero al final de la jornada, mientras conducía hasta mi casa, iba pensando en que no había sido suficiente, que faltaba algo, pues aunque les reiteré en varias ocasiones que el discipulado más que un evento para transferir información es un proceso que requiere tres partes (conocimiento, experiencia y relación), en la jornada hubo más de le lo primero, un poco de lo segundo y casi nada de lo tercero. Sobre todo, siento que hablé de construir, pero no de derribar lo que anteriormente había edificado en el lugar, de cargar la cruz, pero no de morir en ella. (Hablar de discipulado sin mencionar la cruz es como dar clases de natación en medio del desierto.)
Una de las canciones más preciosas que ha dado la música cristiana es sin duda En las aguas de la muerte. Su letra no solo es hermosa, sino también tremendamente cierta, característica que tristemente cada vez se encuentra más ausente en nuestro himnario. Pueden leer sus letras en el enlace, es una canción muy apropiada para el tema de este artículo.
Estoy compartiendo una serie de enseñanzas sobre discipulado todos los miércoles de diciembre en la Iglesia Vida Abundante. El hecho de que sea esta una congregación relativamente nueva hace sumamente especial la ocasión, pues lo que una iglesia aprende en sus primeros tiempos determina grandemente lo que será el día de mañana. A continuación comparto parte de la enseñanza que les llevaré hoy.
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El cristianismo te puede liberar o encerrar, expandir o detener, impulsar o estancar. La forma en asumas ésta fe determinará lo que ella será para ti: una escalera (que te elevará, haciéndote mirar hacia arriba con optimismo) o un bastón (que te encorvará, dirigiendo tu mirada hacia el suelo). Un argumento que constantemente esgrimen los detractores del cristianismo es que nuestra fe no es más que un refugio para los hombres débiles, que en ella se esconden sólo aquellos que no tienen la valentía de enfrentar la vida tal y como es, con sus sinsabores, injusticias y reveses. Su percepción —la cual es sólo parcialmente cierta— se construyó con el ejemplo de aquellos que tomaron la fe como un bastón.
Ayer domingo estuve enseñando 7 principios prácticos sobre el discipulado en la Iglesia Misión Bíblica. Pasé un buen tiempo investigando (leyendo, meditando, reuniendo ideas) sobre el discipulado y afinando los puntos a compartir, hacía mucho que no disfrutaba tanto mientras me preparaba para predicar. Por esto, al momento de darle forma al esqueleto, tuve que trabajar contra el tiempo. Creo que quedó un poco extenso, pero no quise cortarle nada y así lo presenté.
Descargar la presentación (7 Principios prácticos sobre el discipulado) en formato PDF.
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El consejo más común que se le da a la gente para que logre algo en la vida es el siguiente: preocúpate por adquirir una buena educación. Como se entiende que en la vida el principal punto de apalancamiento es el conocimiento, aquellos que lo obtengan ―se supone― tendrán un buen futuro. Lamentablemente, no siempre es así, en la práctica se ha demostrado que aquellos que poseen mucho conocimiento (ya sea porque se sacrificaron para adquirirlo o porque tienen una mente privilegiada) a menudo no son los más aventajados. Esto sucede porque se obvian otros dos puntos de apalancamiento (aparte del conocimiento) de igual o quizás hasta mayor poder e importancia: la experiencia y las relaciones.
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Me parece que el eslabón perdido de nuestros programas actuales de discipulado es el siguiente: preparamos los nuevos creyentes sólo para recibir y consumir, no para dar o producir. Cuando llegan a la iglesia ellos reciben todo el cuidado y la atención de su pastor y se sienten muy bien ―atendidos, cuidados, especiales―, pero a menos éste les advierta desde el principio que eventualmente recibirán menos y que serán ellos quienes atenderán y cuidarán de otros, se sentirán defraudados o hasta engañados; en vez de desear que la iglesia crezca para poner en práctica sus dones y habilidades, junto con lo aprendido, desearán que la membresía se estanque para que los sigan cuidando a ellos, o competirán con sus nuevos hermanos en vez de ayudarlos.
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Siempre he preferido enseñar fuera de los templos que en ellos cuando la audiencia está compuesta de creyentes. Con ellos, prefiero hacerlo en lugares públicos, en las casas o cualquier otro espacio no común. Si la audiencia es general, no importa tanto; a veces hasta favorece. Esto, porque he visto que es mucho más fácil transmitir un principio en un lugar no habitual para quienes lo reciben. Empecé a notarlo mientras enseñaba en un campamento de un grupo de jóvenes al que conozco bien. Había compartido con ellos varias veces en el edificio donde se reúne su iglesia, pero su actitud allá en el campo era radicalmente diferente a la que mostraban en la ciudad: se mostraban más activos, abiertos a recibir nuevas ideas, curiosos y participativos.