Este ensayo lo escribí hace unos meses y nunca lo llegué a publicar, principalmente porque pensé en el momento que al ser un tema espinoso podría generar algunos malentendidos. Otra razón de peso fue que tenía pendiente unas cuantas consultas a otros autores (Karl Marx, Max Weber) que han pensando y rayado papel sobre estos temas mucho más y por mucho más tiempo que yo. Al final se quedó en borrador y tampoco he tenido el tiempo de contrastarlo. Lo presento ahora tal como lo pensé y prometo en un futuro hacer una revisión. Léanlo por partes (pues quedó un poco largo) y envíenme su retroalimentación.
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Un tema que últimamente se aborda mucho en las sobremesas cristianas y relativamente poco desde los púlpitos y las letras, es el de las clases sociales y su influencia en el ambiente eclesiástico. Se dice que tal iglesia es de clase baja, tal de clase media y la otra de clase alta. Fulano sembró una nueva obra intentando alcanzar a la clase media alta y sutano intenta alcanzar a los nuevos profesionales que se desplazan por el casco urbano de la ciudad —se comenta—. El comodín con el que se ha venido evitando este tema en la conversación pública de la iglesia es la máxima «la iglesia no es un club social». Me gustaría que diéramos el saltito mental y en vez salir de nuevo por el camino más corto, dedicáramos un poco más de tiempo a analizar el asunto.
Estuve conversando con un pastor, él un líder exitoso que ha desarrollado un ministerio muy fructífero. Fuimos a cenar, y mientras esperábamos la comida, le pregunté que cuántas veces le habían preguntado que cuál era la clave para cosechar un fruto de tal magnitud. Él se rió a carcajadas. Luego me respondió ―al parecer intuyó que yo también quería saber― que la clave era la siguiente:
Cuida de los que nadie quiere y Dios te dará los que todos quieren.
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Un gran error de muchos programas de asistencia social es pensar que la pobreza es solo la ausencia de recursos, cuando esta es solo la punta del iceberg, muchos pobres reciben recursos constantemente y no dejan de serlo ―son un barril sin fondo―. Suponen que con darles más (dinero, comida, vestimenta) las personas serán menos pobres, cuando lo correcto es lo contrario: si un pobre recibe más recursos sin mejorar sus condiciones limitantes no será más rico, sino más pobre. Si su capacidad de gasto hoy está en 10, si recibe 10 más solo la aumentará a 20. El pobre no es pobre porque le falta, sino, porque no sabe retener lo que recibe o ponerlo a producir para eventualmente tener más.
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Caminé casi 5 kilómetros buscando un lugar tranquilo en donde sentarme a escribir las ideas para este artículo. Estoy de vacaciones —esta semana cumplí 4 años en la empresa— y salí de mi casa para refrescar la vista. Al final, terminé en un Burger King, escribiendo frente a un Whopper, una ración de papas fritas y Coca-Coca. No imagino un lugar más apropiado que este para meditar sobre el tema que me ocupa en este momento: el mejor indicador para medir la pobreza.