Tres lecciones de liderazgo
En los últimos años he sido bendecido por Dios con la oportunidad de trabajar de cerca ―colaborando en sus proyectos― con muchos líderes, principalmente pastores y sembradores de iglesias, todos ellos muy distintos: visionarios, administradores, estrategas y motivadores. Esta ha sido una experiencia muy enriquecedora para mí, de la que he tomado aquellas lecciones que no se aprenden en ningún seminario. Comparto algunas a continuación, espero que les sean de utilidad:
Lección #1:
Todos los líderes tienen «su librito», y aunque en la práctica sean muy distintos, lo más importante no está en el método, sino en el resultado.
Algunos son más institucionales (les gustan las estructuras, los documentos, las directivas) y otros más dinámicos (les gusta la improvisación, la expresión, la libertad); unos son muy eventuales y otros más orgánicos. Quizás esto tenga que ver con profundos modelos mentales y experiencias pasadas, pero en el equilibrio entre lo institucional y lo orgánico está la salud. (Eventualmente, todos se dan cuenta que necesitan ambas partes: unos por lo caótico o superfluo que se vuelve el asunto y otros por lo burocrático o petrificado que queda todo.) Este caso no sólo se ve en la actualidad, la forma en que Pedro y Pablo concebían la iglesia en el siglo primero no era opuesta, sino complementaria: uno era muy institucional y otro muy orgánico.
Lección #2:
Colocarse al lado de un líder, ya sea como colaborador o aprendiz, es una doble tentación: por un lado, hay que tener mucho cuidado para respetar su método ―evitando implementar o vender el nuestro―, y por otro, ser sabio para no dañar la relación entre el líder y sus seguidores.
Cuando ya no puedas trabajar al lado de un líder y respetar su forma de hacer las cosas quizás sea la señal de que es tiempo de salir a demostrar la tuya. Todo líder genera dos reacciones, una positiva (aprobación, consenso) y otra negativa (rechazo, incertidumbre). Aunque los miembros siempre están dispuestos a celebrar los aciertos de su líder, aquellas cosas que no comparten se la reservan para ellos o se las llevan a un segundo neutral, el cuál es, regularmente, su colaborador o aprendiz de turno. Una historia de las escrituras que marcó mi vida fue aquella donde Absalón se ponía en la entrada de la ciudad para recibir a los ciudadanos que iban a visitar al rey y aprovechaba para predisponerlos. Para evitar hacer lo mismo, trato de escuchar las personas, pero en vez de darles respuestas, los invito a ir a buscarlas directamente en la fuente: su líder.
Lección #3:
El liderazgo no puede ser remplazado por una asamblea, cuando no hay alguien que ponga visión o catalice la acción, las personas tienden a dar vueltas en círculos.
Existen muchos líderes potenciales que le tienen miedo a tomar decisiones por otros o a fallar y transparentan sus temores por medio del consenso. Dicen ser incluyentes, e intentan que todas las decisiones las produzca una asamblea, pero en el fondo lo que tienen es miedo y están buscando una coartada para cuando las cosas salgan mal. Las asambleas son muy buenas para generar ideas o posibles cursos de acción, pero también se requieren líderes como Jacobo en el concilio de Jerusalén que se levanten, den el primer paso (pasando a la acción) y marquen el camino.
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Muchas gracias Rafael por sacar un extracto de tu experiencia personal y compartirla con los demás. Como son tan variados los puntos, me parece que serán útiles a muchos.
Dios te bendiga y te aliente y permita poner en práctica esto que has aprendido!
Gracias por tus comentarios Carolina. Bendiciones también para ti.
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Durante años he predicado sobre la importancia de hacer cosas para Dios (ministerio, misión) y tener una visión; en resumen, he hablado mucho de «hacer» y ahora tengo más urgencia por hablar de «ser». Me he dado cuenta de que hablar de visión obviando el carácter es sumamente peligroso, tanto como una bomba de tiempo, una construcción mal sustentada o una olla de presión.
Es muy cierto que no todo el mundo tiene la capacidad de moverse de una realidad socioeconómica a la otra, pues hacerlo requiere primero tener las oportunidades necesarias y luego pagar un alto precio en carácter y sacrificio, y cierto también es, que aquellos que lo pagan con frecuencia son perseguidos por quienes se quedan rezagados.
Aquellos que poseen mucho conocimiento (ya sea porque se sacrificaron para adquirirlo o porque tienen una mente privilegiada) a menudo no son los más aventajados. Esto sucede porque se obvian otros dos puntos de apalancamiento (aparte del conocimiento) de igual o quizás hasta mayor poder e importancia: la experiencia y las relaciones.
Este método lo he puesto en práctica (con mayor y menor rigor y relativo éxito) para determinar la viabilidad de proyectos tan variados como la escritura de artículos, distribución de materiales, preparación de enseñanzas y conferencias e iniciativas de discipulado dentro de mi iglesia local. Al ser sumamente genérico estoy seguro de que sería extrapolable a otras áreas.
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