La dinámica de la vida
Hay más virtud en terminar algo que en iniciarlo, en cerrar un proyecto que en emprenderlo, en cancelar un empleado que en contratarlo, en decir «hasta luego» que «saludos, buenos días». Es más, considero que una de las competencias más admirables que puede desarrollar una persona es la entereza para terminar las cosas que inicia, la habilidad de despedirse o desprenderse.
Uno de los muchos empleadores que he tenido —la lista es un poco larga—, lo conocí en el 2002. Después de trabajar con él por unos años, un buen día la empresa, como suele suceder tan frecuentemente en estos días, se vio en un mal momento. Anunció la muy temida reducción de personal, que todos los gerentes tenían que desprenderse del 40% de sus recursos. Él Llegó a su oficina temprano, y con parsimonia, le fue explicando uno por uno, a los que se iban, las razones por las cuales estaban siendo cancelados. Mi escritorio estaba al lado del suyo, podía ver la diferencia en los rostros de quienes entraban una vez que salían. Cuando hubo hablado con el último, tomó unos papeles de su escritorio, entregó su carnet y se despidió. También él estaba siendo cancelado.
Quizás por ser uno de los pocos que se quedó puedo contar la historia tan fácilmente, pero ese día me despedí de muchos de mis compañeros de labores, y les aseguro que no fue para nada un momento placentero. Aun así, quede asombrado al ver en ejecución esa capacidad que vengo mencionando: terminar las cosas, darles fin, decir adiós. Hay que tener mucho valor y carácter para decirle a un padre de familia que está despedido, pero si tú lo contrataste y le diste la bienvenida, también tendrás que despedirlo, ayudarle a recoger sus cosas y acompañarlo hasta la puerta.
Me he encontrado en el camino muchas personas varadas. Hace años que no se mueven, aunque desearían hacerlo, tan solo porque no tienen la fuerza necesaria para pronunciar esa palabra: adiós. Y es que es bien difícil para todos nosotros despedirlos. Hay un instinto, el cual tenemos instalado en lo más profundo de nuestro ser y mal usamos. Este mal uso nos obliga a retener, a rodear con nuestros brazos todas las cosas que tenemos actualmente, apretarlas contra nuestro pecho o hacer una jaula con nuestras manos para que no se vayan.
Muchos se quedan eternamente en el mismo sitio excusándose en la fe. Dicen que tienen la esperanza de que las cosas están a punto de mejorar, y no por eso no se mueven. Que confían, esperan pacientemente o no quieren acelerar las cosas, pero ya su espera suena a cansancio y su esperanza se pone rancia. A fin de cuentas, es en su espera donde está el problema, la falta de fe, y su paciencia no es más que una excusa para no moverse.
Dios utiliza las circunstancias (la perdida de un empleo, la muerte de un familiar querido, una mudanza) para romper nuestras dependencias, pues de otro modo nunca lo haríamos. En todos los lados del desprendimiento hay dolor, pero es necesario que duela. Esto se aplica para el comienzo de la vida, con el nacimiento, y también para el final, con la muerte. La mujer embarazada tendrá que alumbrar (despedirse de su embarazo) para tener un niño, después le soltará la mano a su niño, para que se convierta en hombre, y después, de la misma manera, llegará el día en que ese hombre soltará la mano de su madre, para depositarla en la tumba. Es esta la dinámica de la vida: una cadena de desprendimientos.
Cuando hablo con quienes acaban de perder algo que considera valioso, trato de imaginármelos en el futuro cercano. Les digo en mi mente, pues no siempre están listo para escuchar este tipo de cosas: «Cada lágrima que derrames hoy por aquello que perdiste no será más que el primer chorro de agua que reciba la tierra donde se plantó la semilla que cosecharás mañana». Por eso dice el salmista, hablando del Dios todo poderoso que: «Cuando pasa por el valle de las lágrimas lo convierte en región de manantiales; también las lluvias tempranas cubren de bendiciones el valle». A las pocas semanas, muchos de mis compañeros cancelados ya estaban reintegrados en el mercado laboral, !y con mejores empleos que el que acababan de perder!
Siempre han habido madres que no quieren que sus hijos crezcan, para que no se vayan; e hijos que desean extenderles la vida para siempre a sus ancianos padres, aunque sea artificialmente, para no tener que despedirse. Por eso, muchos padres no alcanzarán una vida plena hasta que no dejen ir a sus hijos, y muchos hijos no podrán disfrutar la vida presente hasta que no dejen que sus padres pasen a la otra vida.
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Muy buen escrito, muy aplicable para mí en estos momentos . . . luego te cuento en privado.
A&R
No tengo palabras para describir lo profundo que me llegó este artículo. Felicitaciones, y sigue adelante, Rafael.
Bendiciones.
Gina
Saludos Gina. Me alegra saber que estas palabras te fueron de bendición. Recuerda que tenemos una reunión pendiente.
Saludos Alex, no había visto tu comentario, pues se quedó colgado. Siento alegría al saber que te fue útil. Seguimos conversando.
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Durante años he predicado sobre la importancia de hacer cosas para Dios (ministerio, misión) y tener una visión; en resumen, he hablado mucho de «hacer» y ahora tengo más urgencia por hablar de «ser». Me he dado cuenta de que hablar de visión obviando el carácter es sumamente peligroso, tanto como una bomba de tiempo, una construcción mal sustentada o una olla de presión.
Es muy cierto que no todo el mundo tiene la capacidad de moverse de una realidad socioeconómica a la otra, pues hacerlo requiere primero tener las oportunidades necesarias y luego pagar un alto precio en carácter y sacrificio, y cierto también es, que aquellos que lo pagan con frecuencia son perseguidos por quienes se quedan rezagados.
Aquellos que poseen mucho conocimiento (ya sea porque se sacrificaron para adquirirlo o porque tienen una mente privilegiada) a menudo no son los más aventajados. Esto sucede porque se obvian otros dos puntos de apalancamiento (aparte del conocimiento) de igual o quizás hasta mayor poder e importancia: la experiencia y las relaciones.
Este método lo he puesto en práctica (con mayor y menor rigor y relativo éxito) para determinar la viabilidad de proyectos tan variados como la escritura de artículos, distribución de materiales, preparación de enseñanzas y conferencias e iniciativas de discipulado dentro de mi iglesia local. Al ser sumamente genérico estoy seguro de que sería extrapolable a otras áreas.
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