Regresar a la Portada.

Se apaga el fuego

28 April 2006 : 5:05 pm Rafael Pérez 660 views
Esta es una de las partes de este cuento. Pueden ver el índice completo del mismo.

Con esta parte termino la serie sobre Brian, el joven misionero. Aunque la medí para cuatro, terminó en siete. Estuve barajando la posibilidad de darle un final más positivo, pero el carácter de Brian no me lo permitió. Así son los personajes, ellos cobran vida y terminan dominándonos.

VelasBrian seguía sin poner un pie en el suelo, tumbado sobre su cama. Para él, esta misión no era solo un experimento. Desde aquella ocasión, en el seminario, cuando su profesor de misionología vio claramente en sus ojos «ese fuego ardiente por las misiones» y le confirmó su llamado con la expresión «tienes un corazón a las naciones», no hubo otro pensamiento que ocupara su mente. Pensaba en ello de día y de noche.

Se preparó para ser misionero con un ímpetu que deslumbró a todos en su familia. Aprendió español y leyó cuando libro cayó en sus manos sobre esa nación en que estaría sirviendo. Conocía más sobre historia del país que cualquiera de los locales. Cuando Brian habló con él para pedirle permiso, su padre se entristeció, no tuvo otra opción. Brian había cumplido con creces sus expectativas, tanto en los estudios como en los deportes; primero en todo. Además, nunca había visto a su hijo tan ilusionado con un proyecto.
—Hijo, si es este tu deseo y decisión, cuenta con mi apoyo —con esa expresión, y un abrazó, Brian recibió su aprobación.

En esos dos años que Brian trabajó como director de alabanzas en Florida, paralelamente, pudo usar un poco sus conocimientos profesionales. Trabajó, junto a su padre, en la empresa familiar. Cuando apareció esta oportunidad de irse como misionero al Caribe, todo lo demás se volvió irrelevante: su familia, su carrera y hasta sus amigos, algunos de los cuales intentaron persuadirlo inútilmente. La dedición estaba tomada.

Según él, en ninguna otra cosa encontraría sentido para su vida. Pensó que tampoco llegaría muy lejos en la ingeniería, pues ya en su cabeza no había espacio ni para los números ni para los cálculos. Cuando cerraba los ojos podía ver claramente los rostros de niños sin esperanza y casi sentía el hambre, el frió y la enfermedad en su propio cuerpo. Tremenda sorpresa se llevó al saber que no hacía frió en el lugar, sino calor, sofocante calor; no había hambre, pues comían desmedidamente; y la enfermedad no su mayor problema. Si no fuera por la falta de energía eléctrica, ellos relativamente, vivirían aquí tan a gusto como él en Florida.

Corrían los últimos días de noviembre y estaba por entrar el invierno. El clima empezaba a refrescar y la atmósfera navideña se dejaba sentir. La Coca-Cola no le hacía tanta falta a Brian como su familia, sería su segunda navidad fuera de casa. Esta era la causa de su nostalgia, junto a su ducha de agua tibia y su baby; ese televisor de cuarenta pulgadas. Pero más que la nostalgia, era el dolor y la sensación de fracaso lo que lo había mantenido atado a su cama toda esa mañana, sin dejarlo levantarse. No sería fácil explicarles a su familia —a su madre, especialmente— y a sus amigos el porqué de su regreso, si regresaba, pero sería mejor eso que mentir.

A los pocos meses de estar en este pueblo empezó a perder el ímpetu con que llegó, como una vela encendida, se fue gastando lentamente esa fuerza que lo trajo al Caribe. La falta de energía eléctrica ya no era un detalle más, sino un calvario insufrible; la incomodidad de tener que cargar el agua dejó de ser anécdota a incluir en sus cartas para pasar a convertirse en su día a día, en su realidad. Notó como a medida que empezaba a sentirse parte del pueblo y las cosas perdían su novedad turística, su existencia se volvía rutinaria, monótona e insoportable. Eso lo había hecho dudar. Quizás, a fin de cuenta, no tenía «un corazón a las naciones». Tampoco en sus ojos se veía el mismo fuego de antes. La expresión de su rostro no era de franco optimismo, como en los primeros días, era de fatiga, cansancio y desesperación.

Los proyectos que había empezado en la misión: escuela bíblica para niños, dos equipos de béisbol para jóvenes y adolescentes y un concierto evangelístico, nunca fueron respaldados por el pastor. Los niños y la adoración eran su fuerte, pero casi en ninguna noche la energía eléctrica les ayudaba, por eso, nunca pudo hacer uso de la laptop y el datashow que había traído desde Florida. Además, mantener estos proyectos funcionando era una labor titánica. Por un lado, hacer milagros para conseguir uniformes, y por el otro, hacer malabares para convencer al pastor de que jugar al béisbol con los jóvenes era un trabajo misionero y sumamente útil en el evangelismo.

No todo era negativo, había tenido sus frutos. La iglesia se llenaba a rebosar domingo tras domingo. El pueblo era atraído por curiosidad, venían a escuchar cantar al gringo y de vez en cuando eran alcanzados por la gracia. Pero al pastor Severino esto tampoco le gustó. Muchos miembros se quejaban de que al llegar al templo no encontraban asiento. Para él era inconcebible que algunos miembros fundadores tuvieran que quedarse de pie.

Brian estuvo despierto desde la madrugada, tumbado en su cama mirando fijamente el techo de la habitación toda la mañana, como si en él encontraría la respuesta al dilema: soportar o regresar. Su reloj marcaba casi las doce. Se sentó en la cama, había tomado una dedición. Miró hacia la pared, los hermanos que tan amablemente le acondicionaron el lugar a su nuevo misionero habían pegado unos clavos sobre una madera, en forma de ropero improvisado. Estaban vacíos, su ropa no estaba allí. Tampoco estaban sus libros sobre la mesa ni se veía suelto ninguno de sus objetos personales.

No tenía mucho que recoger, pues nunca deshizo totalmente sus maletas. Esta casa nunca fue su hogar, siempre estuvo preparado para el viaje de regreso.

Este es el fin. Si quieren saber más sobre las misiones modernas —reales— denle un ojo a este artículo del año pasado: ¡Nos vamos de misión!
DeliciousFacebookRSS FeedTwitter
Tags:

6 Comentarios »

  • Gabriela dijo:

    Ayer buscando por la internet di con este blog. Te felicito Rafael, de verdad me ha gustado lo que he leído. Y te aliento, como muchos otros lo han hecho, a que sigas escribiendo. Dios te bendiga abundantemente y adelante!!

  • nemo dijo:

    todavia con lo mismo, que mamera encontrar lugares asi

  • Rafael dijo:

    Saludos Gabriela, bienvenida. Las demás partes andan rodando por ahí, puedes leerlas.

  • Alexander Rodriguez dijo:

    Hmmmmmm . . . creo que debiste poner un detalle sobre la reacción de los locales sobre su marcha, especialmente del pastor . . . eso es siempre un aspecto que pocas veces se toca, especialmente los que vivimos de este lado, los que usualmente “hacemos” el viaje.

    ¿Quizás un apéndice? :)

    Alexander Rodríguez

  • Dilmarina dijo:

    no crei q lo enviaras de regreso ,tambien debiste enfocar que parte de su desanimo era por los impedimentos o negativas del pastor severino.
    bendiciones!

  • Rafael dijo:

    Alex (#4): Quizás en una segunda parte. Hay unos dos artículos más que “sobraron”, entre ellos, uno de Josefina, la madre de Brian, quien siempre quiso ser misionera. La historia de Severino, Justino y los locales, es otra, paralela. Puedes leer Para combinar canciones.
    Dilmarina (#5): Yo tampoco quería… ya me había encariñado con él. La razón está en su carácter, si lees la serie de nuevo quizás te des cuenta. Además, se agotó… Si la historia sigue y sigue dando vuelta sobre lo mismo se convierte en una telenovela mexicana. Pero no todo está perdido, por ahí está guardado el diario de Brian —las notas personales de sus once meses de misión—. Déjame tomar aire y desmontármelo un poco de la cabeza, a ver que sale, quizás sea su amigo Justino quien lo cuente (es una sorpresa, no se lo digas a nadie).

Deja tu comentario!

Agrega tu comentario después de leer los anteriores, únete a la conversación.