Déjame hablar, Cayetano
En 1518, las 95 tesis que el fraile Martín Lutero había sembrando el año anterior en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg empezaron a dar su fruto. Como si fueran tronco y rama, el papel se unió con la puerta de madera y comenzó a crecer de mano en mano y a volar en forma de papel, gracias a la imprenta.
Es admirable la habilidad Lutero para generarse oportunidades. El catolicismo de su tiempo era tan tranquilo y conformista como agua en reposo, su estrategia era agitar el sistema, creando controversias para crear oportunidades de discusión. Podía agitar desde un pulpito, desde las calles o utilizando tecnología de punta, como la imprenta. No tenía problemas en exponer públicamente sus ideas, aunque las mismas fueran radicales. En su afán, envió una carta al mismo papa, León X, quien le otorgó la oportunidad de oro. Fue requerido para comparecer en Roma, tendría que dar explicaciones por sus “múltiples herejías”.
Su protector, el elector Federico III de Sajonia, apodado el prudente, consiguió que el encuentro tuviera lugar en territorio alemán, pues temía por su vida. Lo que se venía venir era un debate fuerte y profundo, al encuentro fue enviado el Cardenal Cayetano en representación del papa, uno de los teólogos más respetados de su época y experto en argumentos para defender las indulgencias, que fueron el detonante para la causa de Lutero.
Cayetano no fue a Sajonia con intención de intercambiar ideas con un simple Fraile, estaba tan seguro de sus dogmas que no pensó necesaria la más mínima exposición de puntos. Me imagino a Lutero emocionado por la oportunidad de exponer ante una audiencia importante esas cosas en las cuales creía, pensó que un intelectual como el que estaba ante él disfrutaría del debate, quizás soñó con una larga y tendida discusión entre teólogos. Lamentablemente, sería corta, unilateral y poco profunda.
Cayetano solo quería algo, que Lutero se retracte, pero Lutero quería otra cosa, que Cayetano lo escuche. Cayetano no podía concebir la idea de que alguien tuviera preguntas con relación a sus tradiciones, su problema no era si las ideas de Lutero eran o no eran ciertas, sino con la causa raíz. Un sacerdote no debería tener ideas propias, mucho menos dudas, para eso estaban los credos, los concilios y los dogmas. Ya otros pensaron por ti, tú solamente escuchas.
Lutero sabía por donde ir en búsqueda de controversia y no estaba dispuesto a salir de ahí sin ser escuchado, argumentó la primacía de la Biblia sobre todos los decretos. Cayetano, exaltado, se sacó la espina respondiéndole que el papa estaba por encima de todos los concilios y las escrituras. Lutero, enérgicamente aseguró que sobre la escritura no. Ahí se rompió la conversación y cada uno se fue por donde mismo vino. El debate fue menos fructífero que una planta ornamental.
La semilla, que hace solo un año fue sembrada en la puerta de una capilla de un lejano castillo, estaba creciendo desproporcionadamente. El dialogo se cortó y lo que antes fue solo semilla ahora era estaca. Fue a parar en buena tierra, desde donde echaría raíces para nunca más ser desprendida.
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Rafael, Martin no le fue fiel a la iglesia primitiva apostolica como muchos claman. Mas bien creo sus propias doctrinas no encontradas en las Sagradas Escrituras. Chequea este articulo de un ex-protestante…
As I continued to study Church history, I learned that “Scripture alone,” “Faith alone,” an “invisible” church, and symbolic baptism and Eucharist were all late innovations – teachings of men who came along centuries after Christ established His Church. Not a single Church Father taught Sola Scriptura or Sola Fide. The two great pillars of the Protestant Reformation were “traditions of men” (Mark 7:8).
I had to make a choice. I could listen to the men who sat at the feet of the Apostles themselves – men who sacrificed their very lives for the faith that had been passed down to them – or continue to follow those who had separated themselves from the ancient Church, men who taught radically new doctrines that had never been held in the entire history of Christianity.
Jesus promised to be with His Church until the end of time (cf. Matt. 28:20) and to send the Holy Spirit to guide her into all truth (cf. John 16:13). I was forced to admit that either Christ had broken His promises and had allowed His Church to fall into error and remain in darkness for fifteen hundred years, or that Protestantism was not historical Christianity.
The testimony of the Fathers was irrefutable. The early Church was not Protestant. I had been taught that the Reformers restored “pure Christianity” to a corrupt Church, but I now knew that Protestantism was the corruption. The Reformers refashioned Christianity according to their own beliefs and lost the Faith of the Fathers, departing further and further from the Apostolic Faith with each successive generation of Protestant believers.
At long last, I discovered the Church that was founded not by Luther or Calvin or any other man but by the Lord Jesus Himself. That one, Mystical Body where there was truly “one Spirit … one hope … one Lord, one faith, one baptism” (Eph. 4:4-5); where the many are made one Body, for “all partake of the one Bread” (1 Cor. 10:17).
Pax Chrsiti
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