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Todo artista cristiano se encuentra ante un gran dilema al moverse entre dos corrientes: una estética, la cual se siente comprometida con lo artístico, y otra práctica, que afirma que una obra debe servir para algo más que deslumbrar los sentidos —como si los sentidos fuera malos— y tener alguna aplicación práctica. Este es un pleito muy viejo que va y viene con diferentes nombres, pero en el fondo siempre produce lo mismo: artistas cristianos que tienen que poner versículos en su obras, o llenarlas de significados evidentes, para que no ser perseguidos.
Comencé a pensar en la religión como entretenimiento en un viaje que hice a una loma del sur del país el año pasado. Visité la iglesia y quedé asombrado al ver una multitud de gente marchar hacia el templo como si fuera una invasión. Niños, jóvenes y adultos con su Biblia bajo el brazo. Sorprendido, estuve hablando con la gente sobre la vida en ese lejano campo y terminé concluyendo —admito que de forma apresurada— en que no había mucho qué hacer en el domingo: la gallera, el bar o la iglesia. Para las dos primeras se necesita dinero.
Plasmé mis impresiones de aquel entonces en un cuento: Del campo a la ciudad. El jueves pasado, después de escribir el artículo La barriga postmoderna, donde dije que «la influencia de la religión entró en un proceso de erosión que le ha hecho perder su relevancia como instrumento de contención social», pensé en el que ha sido su sustituto más fiel: el televisor. Ahí recordé el mencionado cuento. Continuar leyendo →
La semana pasada estuve conversando con la amiga de un amigo, la cual vive en España y se vino a pasar unos días en Santo Domingo. Le preguntaba por la postmodernidad en España y su opinión sobre su influencia en países latinoamericanos, como el nuestro. Lógicamente, me dijo que lo ve difícil, que Latinoamérica está muy lejos de llegar a ser postmoderna.
Compartí con ella la opinión que le escuché a Brian McLaren el año pasado, aquello de llamarnos Post-Coloniales y no Post-Modernos. Luego, la siguiente posición, a la cual he llegado. Continuar leyendo →
Estuve leyendo el prologo del libro Avaricia, de Phyllis Tickle. Este forma parte de la serie Los siete pecados capitales, editada por Editorial Paidos. La autora presenta la avaricia como «la matriarca del clan de los pecados capitales», pero lo que más me interesó fue el prologo, donde presenta la religión con la imagen de un cable o cuerda de significado.
El cable tendría tres filamentos, una envoltura interior (imaginación común o compartida) y un revestimiento exterior o piel (la historia). Los tres filamentos trenzados serían los siguientes:
Hace ya unos años que en el ambiente cristiano se viene hablando de postmodernismo, ahora recibimos los primeros vientos de esta cosmovisión y todo el mundo pega el grito al cielo. El tema de estos últimos días ha sido El código de Da Vinci, la película basada en la novela de Dan Brown protagonizada por Tom Hanks, uno de mis actores favoritos. En cuanto a esto quiero expresar algunas ideas:
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Ayer, gracias a un amigo, me colé como invitado en encuentro con Brian McLaren. Brian es un escritor bastante conocido por sus libros sobre lo que se ha llamado la iglesia emergente y postmodernismo. Me dio mucho gusto ver que es una persona sencilla y bastante accesible. Fue invitado al país por los hermanos de La Red del Camino.
Estuvo hablando de un concepto bastante interesante, el Post-Colonialismo. Siempre que hablo sobre postmodernismo con amigos, llegamos a la conclusión de es injusto llamar postmodernos a países como el nuestro (República Dominicana), pues el modernismo nos pasó por encima. El concepto que expone este escritor es mucho más incluyente, pues nos llama Post-Coloniales.
La idea central de lo que habló es que la decadencia del evangelio a nivel mundial tiene mucho que ver con la forma en que fuimos evangelizados. Les dejo con un chiste que nos contó, el cual explica muy bien el asunto:
Cuando los colonizadores llegaron a nuestros países, ellos tenían la Biblia y nosotros la tierra. Todos cerramos los ojos para orar. Cuando los abrimos, ellos tenían la tierra y nosotros la Biblia. ¡Así nos evangelizaron!
Aunque no soy católico ni ecumenista le di un fuerte seguimiento al fallecimiento Juan Pablo II y estoy siguiendo de cerca la recta final del ministerio de Billy Graham. Creo que estos dos líderes religiosos desde diferentes posiciones moldearon la cristiandad del siglo 20 y en este momento estamos en un tiempo de transición.
Quiero resaltar por lo menos dos puntos fuertes de la herencia que para mal o para bien el siglo pasado le dejó al cristianismo: