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Mucho se escucha hablar en las iglesias y demás organizaciones sociales sobre colaboración y trabajo en equipo, pero del dicho al hecho hay mucho trecho, realmente es difícil dejarse ayudar. En lo personal, me confieso un llanero solitario. Me he acostumbrado a trabajar en forma muy independiente y aunque siempre he tenido gente alrededor dispuesta a ayudarme, los demás casi tienen arrebatarme las cosas de las manos para que me desprenda. He descubierto que esta actitud no es más que vanidad presentada en forma de autosuficiencia y perfeccionismo: cuesta mucho entender que somos la persona menos indicada para casi todas las cosas y que los otros pueden hacerlo mejor que nosotros.
Estoy preparando unas enseñanzas para una congregación que se reúne en una zona poco residencial de Santo Domingo. Ellos no tienen una comunidad cercana a la cual servir, los edificios que tienen al lado son oficinas gubernamentales —queda justo al frente del Palacio Nacional— y locales comerciales. Adicional a esto, sus miembros viven extremadamente lejos los unos de los otros, razón por la cual solo pueden estar juntos los domingos en la mañana, precisamente el día en que la zona está más vacía, ya que no se trabaja. Mi intención es motivarlos a cumplir la labor social de la iglesia, pero quiero enfocarlo de modo tal que puedan hacerlo sin tener necesariamente que estar juntos en el mismo lugar a la misma hora.
Compartiré con ellos dos enseñanzas, una el próximo domingo, hablándoles de algunas herramientas para mejorar la calidad de vida de la gente, hoy y mañana; y otra el próximo, ya un poco más práctica, no enfocando solo el qué, sino también el cómo. Trataré de transcribir parte de lo compartido.
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Ayer, temprano en la madrugada (5:45 AM) me levanté para salir a caminar media hora antes de ir a la oficina. Caminar es un hábito que estoy intentando desarrollar, con relativo éxito, y al que le he encontrado enormes beneficios. El recorrido fue casi normal: salí del residencial, me dirigí al parque y me integré a otros caminantes hasta agotar la ruta acostumbrada. Cuando terminé mis cinco vueltas, me dirigí nuevamente hacia mi casa y, ¡sorpresa! Me encontré con uno de mis hermanitos, megáfono en mano, gritando frente a las ventanas de las casas un mensaje pseudo-evangelístico imposible de entender.
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He estado pensando que uno de los peligros que asecha a cada generación de creyentes, a la mía en especial, es terminar empecinándose con una sola parte del mensaje olvidando totalmente la otra, perdiendo así su oportunidad histórica de alcanzar una concepción integral. Este es uno de los escollos más peligrosos que hay que franquear a la hora de generar el cambio, pues toda realidad se manifiesta regularmente en dos canales y quienes intentamos cambiarla tendemos a concentrarnos peligrosamente en un solo —el más desmejorado—, en detrimento del otro.
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En este mes he estado enseñando en diferentes congregaciones cada fin de semana. Las últimas: una enseñanza en la Iglesia Metodista Nacional sobre La dinámica de la vida el domingo 11, otra en la misma iglesia sobre el conflicto Entre generaciones el 18, una reflexión sobre la adoración en un concierto de la Iglesia Misión Bíblica el pasado sábado y terminé ayer la jornada hablándole de las dificultades que se presentan para entender la Biblia a grupo de amigos en Cuesta Centro del Libro. La retomo el domingo próximo con otro grupo y continúo el próximo lunes.
En los últimos tiempos he intentando estandarizar una serie de buenas prácticas que me ayudan a cumplir eficientemente mi ministerio: la enseñanza. Pienso que estas pueden ser útiles para otros creyentes que cumplan esta labor y paso a compartirlas. Pueden encontrar otras en el artículo anterior: Predicando al auditor.
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El viernes pasado compartí unas cuantas preguntas al aire que titulé La utilidad de la Teología. El fin de semana varios amigos se me acercaron preguntándome, algunos alarmados, sobre mis «cuestionamientos». La verdad es que me quedé sorprendido, pues cuestionar como tal no era el motivo del artículo, sino motivar el dialogo sobre preocupaciones que me parecen muy actuales y relevantes. Al parecer el tema es una de nuestras Vacas Sagradas, y quien la toque, aunque sea solo para ordeñarla, es señalado. Eliana Gilmartin, amiga argentina, me hizo llegar un artículo de Norberto Saracco, rector de la FIET (Facultad Internacional de Educación Teológica), que viene muy bien en este sentido.