Muchas congregaciones dejan de crecer o crecen muy lentamente a pesar de tener muchos miembros (plantas) ya sembrados y muchas personas por alcanzar (tierra). Leyendo la parábola del sembrador y recordando los semilleros que hacía en mi niñez he encontrado lo siguiente: ellas se preocuparon solo por agregar más plantas al campo (sumar) y se olvidaron de procurar tener frutos que eventualmente maduraran produciendo muchas semillas de las cuales nacerían muchas nuevas plantas (multiplicar).
Un tema recurrente en la literatura sobre siembra de iglesias es el tope de los 200. Se ha demostrado que la gran mayoría de las iglesias no supera este límite, que el número 200 es como la barrera natural, el techo donde todas las congregaciones dejan de crecer y comienzan a suceder los problemas: divisiones, [...]
El domingo pasado estuve compartiendo con los hermanos de la Iglesia Metodista Nacional, en Santo Domingo. Les hablé de algunas maneras en que la iglesia puede mejorar la calidad de vida de la gente. El punto es que Cristo no solo trajo salvación para el alma, sino que se preocupó por el ser humano de [...]
En Santiago de los Caballeros, después de compartir la enseñaza sobre el amor, estuve conversando con un amigo —me hospedé en su casa— sobre mil y un temas distintos como hasta las 3 de la mañana. Entre todo lo tratado, le mencioné las pocas expectativas que tengo de generar algún fruto significativo usando solo el [...]
Hoy, temprano en la mañana, me levanté para ir a llevar un amigo al aeropuerto. Es un señor ya entrado en años al que me atrevo a llamar «sabio» y no vacilaría ante la oportunidad de sentarme a sus pies. Es una de esas personas que ya hicieron en la vida todo lo que normalmente [...]
Normalmente recibo dos o tres correos al mes de hermanos solicitándome diferentes cosas desde distintos lugares del mundo: Biblias, alimentos, casetes, libros o que les apadrine un niño. Que pidan cosas no es problema, lo que sí molesta es la forma en lo que lo hacen: Envíenme 500 Biblias para una actividad evangelística, esta es [...]
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.