¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.
(Salmos 42:11)
Estas dos palabras han estado llamando mi atención fuertemente en los últimos años, con diferentes nombres (sinónimos) y manifestaciones, pero en el fondo, siempre las mismas palabras: razón y emoción. Conocí al Señor y pasé mis primeros años en una iglesia con un trasfondo Bautista/Presbiteriano (Templos Evangélicos) que no era muy dada a manifestar sus emociones. En República Dominicana les llaman «iglesias frías». Luego me congregué durante años en otra con un trasfondo Pentecostal (Asambleas de Dios de Lucerna), mucho más abierta a expresar emoción, pero desde un fuerte fundamento bíblico. El fundamento de la iglesia de Lucerna y el liderazgo del Pastor Parra (un maestro persuasivo, analítico y dado al sermón expositivo) fue un muro de contención para las emociones desbordadas aunque —sospecho— le dio a la iglesia una identidad muy diferenciada en cuanto al entorno pentecostal en general. (Afirmo esto porque al participar en cultos unidos y actividades con otras iglesias pentecostales podía percibir la gran diferencia.) Continuar leyendo →
Después de que entendí que mi Dios hizo la música y las matemáticas entonces lamenté no haber dedicado más de mi tiempo a estudiar el Álgebra de Baldor o el Método Pozzoli, pues podría darle gloria por la perfección que hay detrás de cada hipótesis y por la hermosura detrás de la armonía. (La descomposición factorial y el contrapunto siguen siendo para mí un tema tan oscuro como lo es la trinidad para muchos matemáticos; y no es que para mí la trinidad sea más clara, la admito como un axioma y desde allí construyo mi pensamiento, pues carezco de los medios para demostrarla.) Digo que lo lamento porque mientras el profesor de matemáticas explicaba en la pizarra yo no podía imaginar que Dios estuviera detrás de ello, no percibía la perfección que había allí ni disfrutaba —sí, es posible disfrutar resolver un problema matemático—, por el contrario, me era tan aburrido que en vez de resolver los ejercicios me dedicaba calcar monedas en el cuaderno. Con la música fue igual: intenté, pero no me esforcé lo suficiente como para llegar a disfrutar la interpretación de una gran obra y cuando le devolví al Profesor Manuel el clarinete que me prestó sentí un gran alivio. Continuar leyendo →
Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. (Hechos 17:10—11)
En lo relativo a doctrina, lo «fundamental» no necesariamente se refiere a algo sencillo o simple.
He observado una gran diferencia en cuanto a su crecimiento espiritual —entender la despectiva de Dios en determinada situación y actuar de acuerdo a ella— entre aquellos nuevos creyentes que antes de conocer a Cristo habían cultivado el hábito de la lectura y los que no, especialmente, en cuanto al entendimiento de las doctrinas fundamentales, algo que requiere más que una lectura ligera o informativa habilidades analíticas. (En lo relativo a doctrina, lo «fundamental» no necesariamente se refiere a algo sencillo o simple, sino más bien a la base estructural del edificio, algo que puede ser extremadamente pesado, rústico y complejo.) La generalidad de los lectores cristianos pueden comprender y hasta disfrutar con facilidad un devocional o un artículo corto, pero no con ensayos doctrinales o siguiendo a un autor a través de una compleja argumentación, como en los libros de Hebreos y Romanos1. Normalmente estas cosas no son muy tomadas en cuenta y en algunos casos hasta dejadas de lado, pero creo que si se invirtiera más tiempo —desde la iglesia— en la formación de lectores, ganaríamos mucho más en la formación de discípulos de Cristo. Continuar leyendo →
Mientras enseñaba en el campamento de nuestra iglesia sobre la imperante necesidad de que Dios vuelva a ocupar su lugar como punto de referencia en nuestras vidas, en nuestras iglesias y en la sociedad, vinieron a mi mente con una claridad preocupante una serie de artículos que yo mismo escribí en este blog en otros tiempos y ahora no comparto. (Descubrir el propio desacuerdo, cuando se es sincero, es un placer.) No voy a citar los artículos uno por uno para no disgregar, pero el énfasis de todos ellos estaba en buscar los resultados y cambiar los programas (planes y proyectos) las veces que sea necesario hasta conseguirlos. Lo que descubrí mientras enseñaba fue que si Dios está ocupando en nuestras vidas el lugar que le corresponde, deberíamos hacer lo que Él quiere que hagamos aunque tal cosa no esté produciendo —desde nuestra perspectiva temporal y limitada— el resultado que entendemos debería de producir. Ya que nuestra perspectiva es muy corta y nublada1 para contener muchos de los planes y proyectos de Dios, seremos incapaces de medir su impacto y resultado a la largo de la historia. Continuar leyendo →
He terminado este año hablando en varios lugares (tanto desde el púlpito como en conversaciones informales) sobre la importancia de desarrollar un carácter fuerte (autodisciplina, integridad, valores), y confieso que este es un tema nuevo para mí. Durante años he predicado sobre la importancia de hacer cosas para Dios (ministerio, misión) y tener una visión; en resumen, he hablado mucho de «hacer» y ahora tengo más urgencia por hablar de «ser». Me he dado cuenta de que hablar de visión obviando el carácter es sumamente peligroso, tanto como una bomba de tiempo, una construcción mal sustentada o una olla de presión.
El carácter era la inicial que el artesano ponía sobre sus obras y representaba la calidad de las mismas. Un dato curioso es que como la calidad se llegaba a percibir a lo largo del tiempo, prestigiar su carácter le tomaba al artesano toda una vida. Con cada nueva obra —siempre y cuando la calidad de ésta fuera consistente— lo iba construyendo.
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El consejo más común que se le da a la gente para que logre algo en la vida es el siguiente: preocúpate por adquirir una buena educación. Como se entiende que en la vida el principal punto de apalancamiento es el conocimiento, aquellos que lo obtengan ―se supone― tendrán un buen futuro. Lamentablemente, no siempre es así, en la práctica se ha demostrado que aquellos que poseen mucho conocimiento (ya sea porque se sacrificaron para adquirirlo o porque tienen una mente privilegiada) a menudo no son los más aventajados. Esto sucede porque se obvian otros dos puntos de apalancamiento (aparte del conocimiento) de igual o quizás hasta mayor poder e importancia: la experiencia y las relaciones.
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El sábado pasado estuve participando en un almuerzo/conferencia y me encontré en el lugar con un grupo de amigos que he conocido predicando en sus congregaciones. Nos sentamos en la mesa y mientras conversaba con el último de ellos que conocí, le pregunté sobre un proyecto sumamente interesante en el que está trabajando y ya antes me había comentado. Después le compartí tres elementos de cuatro componen el método que estoy tratando de desarrollar en base a la experiencia de los proyectos en los cuales he estado involucrado. Paso a compartirlos (los cuatro) con los lectores de este espacio.