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Normalmente recibo dos o tres correos al mes de hermanos solicitándome diferentes cosas desde distintos lugares del mundo: Biblias, alimentos, casetes, libros o que les apadrine un niño. Que pidan cosas no es problema, lo que sí molesta es la forma en lo que lo hacen: Envíenme 500 Biblias para una actividad evangelística, esta es mi dirección…. Quiero el último CD de Jesús Adrián Romero… Envíenme toda la información relativa a tal tema… No hay un saludo o una justificación, sino tan solo una dirección de correo y la creencia de que con solo pedir se recibirá.
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Ayer, temprano en la madrugada (5:45 AM) me levanté para salir a caminar media hora antes de ir a la oficina. Caminar es un hábito que estoy intentando desarrollar, con relativo éxito, y al que le he encontrado enormes beneficios. El recorrido fue casi normal: salí del residencial, me dirigí al parque y me integré a otros caminantes hasta agotar la ruta acostumbrada. Cuando terminé mis cinco vueltas, me dirigí nuevamente hacia mi casa y, ¡sorpresa! Me encontré con uno de mis hermanitos, megáfono en mano, gritando frente a las ventanas de las casas un mensaje pseudo-evangelístico imposible de entender.
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He estado pensando que uno de los peligros que asecha a cada generación de creyentes, a la mía en especial, es terminar empecinándose con una sola parte del mensaje olvidando totalmente la otra, perdiendo así su oportunidad histórica de alcanzar una concepción integral. Este es uno de los escollos más peligrosos que hay que franquear a la hora de generar el cambio, pues toda realidad se manifiesta regularmente en dos canales y quienes intentamos cambiarla tendemos a concentrarnos peligrosamente en un solo —el más desmejorado—, en detrimento del otro.
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Las expresiones más frecuentes que se pueden escuchar desde los púlpitos cristianos son las siguientes: den dinero para la obra de Dios e inviten a sus amigos a la iglesia. Casualmente, esas mismas son las áreas donde gran parte de los creyentes menos pueden aportar, pues las relaciones interpersonales no son su fuerte y el manejo del dinero mucho menos. He pensando que si en vez de solicitarlo mecánicamente domingo tras domingo e inyectar presión sobre las congregaciones, invirtiéramos la misma energía enseñándoles a nuestros hermanos cómo manejar el dinero y cómo hacer amigos, las cosas serían un poco distintas.
Hace mucho tiempo, cuando la información era escasa y solo unos pocos tenían acceso a ella, regalar una Biblia, un libro, un folleto o un tratado era algo muy significativo, y se agradecía. Ahora, cuando el problema es la entropía en que vivimos y se produce a diario más información de la que humanamente es imposible consumir, usar Internet para trasmitir más —con temática cristiana— es una pérdida de tiempo.
Muchos de los esfuerzos cristianos en Internet solo consisten en colgar en la web el sermón del domingo. Es como si las personas estuvieran ávidas de leer y contáramos con que poniendo a su disposición todavía más texto vendrían a buscarlo. Pero la verdad es esta: si no están yendo al templo a escucharlo en vivo ni encendiendo la radio o el televisor para escucharlo desde sus casas, mucho menos vendrán aquí, a buscarlo digitalmente. Cuando el contenido no es del interés de quién lo busca, en vano hacemos el esfuerzo de cambiar de medio.
Recuerdo que cuando era niño veía el Club 700 en un televisor RCA a blanco y negro. Lo trasmitían todas las mañanas en uno de los 5 canales que recibíamos en la casa. Era un programa relativamente corto, pero tomando en cuenta la poca programación existente era casi seguro que el televidente lo encontraría mientras cambiaba de canal. (Tampoco teníamos control remoto, para llegar al 13 había que pasar por todos los anteriores.)
Cuando apareció el servicio de cable, estuve frente al televisor toda una semana maravillado ante los canales de televisión en otros idiomas. Fue un gran paso encontrar algunos que transmitían exclusivamente caricaturas o deportes, pues anteriormente esos eran solo segmentos de la programación regular de las 5 estaciones que recibíamos. Tuvimos más variedad y no volví a ver el club 700. Continuar leyendo →
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Una de las tentaciones que se enfrentan al emprender un nuevo proyecto es olvidarse de la sustancia, que son las acciones que se deben completar para alcanzar el objetivo, y concentrarse en lo secundario, asuntos también importantes, pero que bien pueden ser prescindibles al inicio: nombre, logotipo, tarjetas de presentación y papelería, sitio web u oficinas. Esto se puede encontrar en proyectos tan variados como una misión, una empresa de servicios o la siembra de una iglesia.