Ayer al medio día estuvimos compartiendo en el área del café de la Plaza La Telefónica como parte de nuestro programa de navidad. Es algo curioso, pero cientos de personas desayunan, almuerzan y cenan de lunes a sábado en el mismo lugar que se reúne nuestra iglesia los domingos en la mañana. Nuestro ministerio de adoración estuvo entonando canciones de navidad, repartimos literatura sobre el verdadero significado de esta celebración y colocamos un buzón de oración. Mientras los músicos cantaban, diferentes hermanos de nuestra iglesia distribuían tarjetas de oración entre los presentes y tuvimos una respuesta extraordinaria: se repartieron cerca de 120 tarjetas y recibimos 84 en el buzón. Es sorprendente el interés que generó la oración, aún después de terminada la actividad y ya cuando salíamos de la plaza, personas se acercaban a nosotros para depositar sus oraciones en el buzón en un acto de fe que estoy seguro el Señor recompensará.
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Mateo 7:7-8)
Después de que entendí que mi Dios hizo la música y las matemáticas entonces lamenté no haber dedicado más de mi tiempo a estudiar el Álgebra de Baldor o el Método Pozzoli, pues podría darle gloria por la perfección que hay detrás de cada hipótesis y por la hermosura detrás de la armonía. (La descomposición factorial y el contrapunto siguen siendo para mí un tema tan oscuro como lo es la trinidad para muchos matemáticos; y no es que para mí la trinidad sea más clara, la admito como un axioma y desde allí construyo mi pensamiento, pues carezco de los medios para demostrarla.) Digo que lo lamento porque mientras el profesor de matemáticas explicaba en la pizarra yo no podía imaginar que Dios estuviera detrás de ello, no percibía la perfección que había allí ni disfrutaba —sí, es posible disfrutar resolver un problema matemático—, por el contrario, me era tan aburrido que en vez de resolver los ejercicios me dedicaba calcar monedas en el cuaderno. Con la música fue igual: intenté, pero no me esforcé lo suficiente como para llegar a disfrutar la interpretación de una gran obra y cuando le devolví al Profesor Manuel el clarinete que me prestó sentí un gran alivio. Continuar leyendo →
Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe. (Hebreos 13:7)
Me gustan mucho las biografías, pero cuando las leo no busco solamente quién hizo qué, sino, cuál fue la causa, la razón o el impulso que había detrás de la persona que hizo tal cosa. Es algo que viene de niño, pues recuerdo que cuando me regalaban algún juguete de pilas no me atraía tanto su movimiento en sí, sino más bien el mecanismo interno que lo producía: lo desarmaba hasta dar con el motor y hacía del motor mismo, junto a una pequeña pila, mi juguete favorito. Por eso recordé los juguetes eléctricos y las biografías mientras leía la saludable recomendación del libro de Hebreos: recordar la persona, considerar el resultado de su conducta e imitar su fe. No imitar a la persona misma —algo que puede confundirnos o distraernos—, sino su fe. En tiempos donde la exaltación personal es la norma, ayuda mucho pensar en el motor.
Cuando te sea difícil mirar a tu hermano tal y como es, ponte los lentes de la cruz y míralo a través de Cristo, que es eso, precisamente, lo mismo que hace el Padre1.
(Encontré esta cita en el archivo del 2009 y me fue muy útil.)
[F:Los retos de la sinceridad].
Mientras enseñaba en el campamento de nuestra iglesia sobre la imperante necesidad de que Dios vuelva a ocupar su lugar como punto de referencia en nuestras vidas, en nuestras iglesias y en la sociedad, vinieron a mi mente con una claridad preocupante una serie de artículos que yo mismo escribí en este blog en otros tiempos y ahora no comparto. (Descubrir el propio desacuerdo, cuando se es sincero, es un placer.) No voy a citar los artículos uno por uno para no disgregar, pero el énfasis de todos ellos estaba en buscar los resultados y cambiar los programas (planes y proyectos) las veces que sea necesario hasta conseguirlos. Lo que descubrí mientras enseñaba fue que si Dios está ocupando en nuestras vidas el lugar que le corresponde, deberíamos hacer lo que Él quiere que hagamos aunque tal cosa no esté produciendo —desde nuestra perspectiva temporal y limitada— el resultado que entendemos debería de producir. Ya que nuestra perspectiva es muy corta y nublada1 para contener muchos de los planes y proyectos de Dios, seremos incapaces de medir su impacto y resultado a la largo de la historia. Continuar leyendo →
Foto: Tiempo de adoración en nuestra iglesia. Es un momento preciosa cuando la iglesia no solamente acude a escuchar las canciones que interpreta el ministerio de adoración, sino que las hace suyas y todos cantamos juntos para El Señor.
Hace unas semanas estuve hablando en PezMundial sobre algunas expresiones de idolatría que pasean libremente por las iglesias sin que se les preste mucha atención y en la práctica son más perjudiciales que un palo de madera. Entre ellas, la que considero más peligrosa, por frecuente y dañina, es hacer del ministerio de adoración un instrumento para llenar nuestras propias expectativas. Me avergüenza y lamento que un alto número de las reuniones pastorales que he tenido hayan sido con hermanos que desean que el ministerio de adoración de nuestra iglesia llene sus expectativas particulares en cuanto a los ritmos, la instrumentación o la presentación; es gente que viene a la iglesia para adorase o para adorarnos, pero no a adorarle a Él. Continuar leyendo →
Porque ¿quién es Dios sino sólo Jehová? ¿Y qué roca hay fuera de nuestro Dios? Dios es el que me ciñe de poder, y quien hace perfecto mi camino; quien hace mis pies como de ciervas, y me hace estar firme sobre mis alturas. (Salmos 18:31—33)
Cuando comienzas el día contemplando la grandeza de Dios todas las cosas a atender, resolver o enfrentar parecen mucho más pequeñas. Es tan simple como tener un pequeño tiempo devocional: una corta oración, leer algún salmo o contemplar la hermosura de su creación y darle la gloria su autor. Al final de la jornada mirarás hacia atrás y te preguntarás que dónde están las grandes cosas que te llenaban de miedo, ansiedad o preocupación; puede ser que sigan allí, es sólo que cuando se ven desde la perspectiva de Dios —desde las alturas— se pueden apreciar en su justa dimensión. Siguen siendo grandes, pero nuestro Dios es inmensurablemente grande.