Convencimiento de pecado

Bienaventurados
los que lloran

12 diciembre 2017 / Rafael Pérez

Serie de Artículos Este artículo es la segunda parte de una serie más extensa (ocho artículos en total) sobre las bienaventuranzas. Pueden leer la primera parte (bienaventurados los pobres en espíritu) y la introducción: Introducción al estudio de las Bienaventuranzas.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.Mateo 5:4

Así como reflexionar en la gracia nos conduce a la doxología (adoración), el convencimiento de pecado nos debería llevar a la contrición.

Si la primera bienaventuranza describe nuestra actitud de reconocimiento ante nuestra verdadera condición delante de Dios (confesión), la segunda se refiere al sentimiento que entender nuestro lastimoso estado produce en nosotros por la influencia del Espíritu Santo (contrición). Así como reflexionar en la gracia nos conduce a la doxología (adoración), el convencimiento de pecado nos debería llevar a la contrición: no solamente al rechazo intelectual de la maldad propia o la aceptación racional de la doctrina, sino también a la expresión sincera de nuestro lamento, fruto de un corazón sensibilizado. Este aspecto de la vida cristiana ha sido relativamente descuidado en el último siglo, parece muy católico el lamento ante el pecado, pero quien realmente entiende la salvación no solamente recibe la gracia, sino que lo hace entre lágrimas y dice con el Apóstol: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?(A)». Un verdadero cristiano no solamente rechaza intelectualmente el pecado y abraza la doctrina, sino que se lamenta de su lastimoso estado presente, vive asustado, avergonzado y quebrantando constantemente por sí mismo; mientras más crece el hombre espiritual en él, más deplorable se ve el hombre natural que sigue allí: es la viva imagen de una casa vieja que se va remendando, mientras más artesonada es una parte, más desvencijada se ve la otra.

Lagrimas = Buena Señal

Tienen evidencia de la obra del Espíritu Santo en sus corazones, de forma tal que se han vuelto tiernos, significa que realmente están vivos.

Dado que ya somos parte del reino, las lágrimas parecen ser innecesarias, pero la realidad del cristiano en el tiempo presente es que vive por gracia, pero atado a un cuerpo de muerte. Anhela las cosas espirituales, fue recibido nuevamente en la casa del padre, pero comúnmente se descubre a sí mismo anhelando llenar nuevamente su vientre con las algarrobas que comen los cerdos; ¡a veces hasta vuelves a probarlas! ¡Miserable de mí! El estado del hombre natural es la conciencia cauterizada(B) y el corazón de piedra(C), pero cuando venimos a Cristo nuestro corazón se torna de carne y nuestra conciencia se sensibiliza. El testimonio de todo nuevo creyente es que sus sentidos espirituales comienzan a ser despertados, está más consciente de cosas que anteriormente pasaban desapercibidas: lo que antes no llamaba su atención ahora le repulsa, lo que entendía como normal y común se vuelve escandaloso. ¡Bienaventurados los que lloran! Pues tienen evidencia de la obra del Espíritu Santo en sus corazones, de forma tal que se han vuelto tiernos, significa que realmente están vivos. No sucede naturalmente, pero hay motivos puntuales por los que un hombre sensibilizado por el Espíritu Santo tiene que llorar.

Cinco (5) ejemplos de lágrimas

  1. La lágrima por el apego. Quizás sea esta la lágrima más superficial, una que no es digna de nosotros, pero es común, y tengo que comenzar mencionándola. La vida cristiana es una constante renuncia: entregamos cosas de menor valor para recibir otras de un valor eterno. Sin embargo, lo que por convicción hacemos no necesariamente se corresponde al interés superficial de nuestro corazón, y nos descubrimos a nosotros mismos frecuentemente llorando por cosas que nos han sido quitadas aunque en lo más profundo de nosotros sabemos que no convenían. El Espíritu Santo en ocasiones nos da la fuerza para renunciar a algo, pero nos abandona temporalmente al llanto para que experimentemos lo aferrados que estábamos a las cosas de este mundo. Es común que lloremos por lo que no conviene y al mismo tiempo lloremos aún más al saber lo aferrados que estamos a tales cosas. Bienaventurados los que al dejar la mundanalidad, el pecado y las cosas vanas lloran un poco por la pérdida, pero terminan llorando aún más por su inclinación a tales cosas.
  2. Es esperable que cada vez te sea más incómodo el lugar en el que Dios te ha puesto —y así mismo tú seas más incómodo para quienes allí están—, y si no fuera porque es el deseo expreso de Cristo que permanezcamos aquí viviríamos totalmente aislados.

    La lágrima por la hostilidad del mundo. Mientras más se avanza en la vida cristiana menos hogar se vuelve el mundo para el creyente. Es esperable que cada vez te sea más incómodo el lugar en el que Dios te ha puesto —y así mismo tú seas más incómodo para quienes allí están—, y si no fuera porque es el deseo expreso de Cristo que permanezcamos aquí («Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal(D)») viviríamos totalmente aislados. Mientras más ames las cosas de arriba, más deberías aborrecer las cosas del mundo. Bienaventurados los que lloran, aquellos cuyo corazón es sensible y realmente han llegado a aborrecer el mundo y sus deseos.

  3. Es común que quien tiene un corazón sensible frecuentemente sea confrontado por las Escrituras en asuntos que ofrenden a Dios en los que antes no había reparado.

    La lágrima ante la caída propia. No solamente llora el creyente por su lastimosa condición de pecado, sino también por aquellos pecados puntuales en los que vuelve a caer. Es común que quien tiene un corazón sensible frecuentemente sea confrontado por las Escrituras en asuntos que ofrenden a Dios en los que antes no había reparado. Es posible que sea puntualmente arrastrado hacia áreas en las que antes con la ayuda del Espíritu Santo había vencido. Quizás fuimos advertidos, pero nos preparamos, y al llegar el momento nos encontramos participando; es el caso de Pedro, que al haber negado a Jesús, fue contristado y «saliendo fuera, lloró amargamente(E)». Son momentos en los que entendemos que hemos cedido ante la tentación del diablo, que aceptamos su engañosa oferta y al hacerlo, con nuestro acto, estuvimos ante él postrados rindiéndole adoración(F). Bienaventurados los que lloran ante sus caídas, los que al pecar se afligen, pues ellos recibirán consolación. «Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios(G)». Ay de aquel que nunca se arrepiente con constricción, sino que solamente admite racionalmente haber errado al blanco.

  4. La lágrima ante la caída ajena. Es muy triste, pero ante la caída de un hermano, ante el desvío de congregaciones enteras, ante la falta de un líder reconocido, muchos en vez de llorar se envanecen, aprovechan la ocasión para la exaltación personal —nosotros sí estamos firmes—, que de hecho, es hacer fiesta. En vez de salir corriendo a restaurarle con espíritu de mansedumbre y sobrellevad los unos las cargas de los otros, cierran filas contra su hermano. ¿Estás sufriendo el pecado de tu hermano, de estás lamentado de que el hombre de tu Señor ha sido mancillado o realmente te sientes complacido en el fondo de tu corazón? Dicen que les consume el celo por las cosas del Señor, pero si ese fuera el caso, estuvieran llorando. Bienaventurados los que no sea alegran, los que no se envanecen, los que no cultivan el espíritu de hermano mayor; bienaventurados los que lloran junto a sus hermanos. Que la nuestra sea la actitud del justo Lot, que en vez de alegrarse vivía «abrumado por la nefanda conducta de los malvados (porque este justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos)(H)».
  5. La lagrima por aquellos que niegan la fe. La apostasía es una realidad, y más que eso, una señal de los últimos tiempos. Muchos de los que han sido iluminados, de quienes han gustado el don celestial y llegaron a tener en ellos el Espíritu Santo que sensibiliza el corazón, que llegaron a gustar de la buena Palabra de Dios, después de todos estos medios de gracia se han terminado apartando(I). Este es un motivo de profundo lamento para toda la iglesia local, un motivo suficiente para que derramemos lágrimas. Otros serán apartados por la disciplina de la iglesia, pero siempre con un profundo lamento. Si realmente han convivido con nosotros, si los habíamos considerado nuestros hermanos, si entendemos la dignidad de la comunión cristiana de la cual ellos ya son parte y realmente sabemos cuál será el destino de su alma, nuestro corazón sensible llorará por cada pérdida.

Llorar significa que somos espiritualmente sensibles, es una señal de que nuestro corazón de piedra ha sido tornado en corazón de carne. Que el Señor nos permita derramar lágrimas: que sintamos un profundo lamento por lo que no debemos amar y aun así amamos, un profundo desacomodo del mundo que haga a nuestra alma gemir, esperando nuestra consolación, que lamentemos profundamente cualquier desliz propio y también el ajeno y que las pérdidas en nuestras filas no sean solamente procesos administrativos. Que no solamente lloremos por la hostilidad del mundo, sino que como Cristo se lamentó por Jerusalén en su indiferencia(J) y a Pablo le dolió el alma al ver la ciudad de Atenas entregada a la idolatría(K), lloremos nosotros por la situación de nuestra ciudad.

  1. Romanos 7:24 []
  2. 1 Timoteo 4:2 []
  3. Ezequiel 11:19 []
  4. Juan 14:14-15 []
  5. Lucas 22:62 []
  6. Mateo 4:9 «Todo esto te daré, si postrado me adorares». []
  7. Salmos 51:17 []
  8. 2 Pedro 2:7-8 []
  9. Hebreos 6:4-5 []
  10. Mateo 23:37-39 []
  11. Hechos 17:16 []
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