Agradecimiento, gratitud, oración

Ana: tres lecciones de gratitud (2/3)

6 Enero 2016 / Rafael Pérez

Presentación de la Serie Esta es una serie de tres artículos sobre la gratitud: Tres lecciones de gratitud en la historia de Ana. Cada parte contiene una lección. Ayer martes publiqué la primera, con la primera lección y la introducción a la serie. Si no la has leído puedes hacerlo antes de seguir, para tomar el hilo (Lección #1: La mayor expresión de gratitud tiene su origen en la más profunda necesidad). Pretendía publicar esta segunda parte hoy miércoles a primera hora de la mañana, pero me doy cuenta que volver a tener en el blog el ritmo de otros año —aún reservando el tiempo para hacerlo— será un gran reto. La tercera y última parte (la expresión de la gratitud) estará mañana jueves a primera hora, si el Señor me lo permite.

Y se levantó Ana después que hubo comido y bebido en Silo; y mientras el sacerdote Elí estaba sentado en una silla junto a un pilar del templo de Jehová, ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza.1 Samuel 1:9-11

Lección #2:
Para ser agradecidos tenemos que cultivar la oración

En la estructura del relato, la historia de Ana tiene una introducción (carencia), un nudo (oración) y un desenlace (provisión). La oración es el centro de su historia, si tuviéramos que describirle, diríamos que Ana fue una mujer de oración. Es mucho lo que podemos aprender con ella sobre el tema (cuándo orar, cómo orar, cuánto orar), en especial, lo que es el enfoque de esta serie: la estrecha relación que existe entre la oración y el agradecimiento. Y con esto alcanzamos la segunda lección de gratitud: para ser agradecidos tenemos que cultivar la oración.

Agradecimiento fresco

El deleite del agradecimiento fresco, que surge de haber experimentado consiente y recientemente la provisión de Dios después de haber orado, no es comparable con el agradecimiento mecánico cuya razón hemos tenido que salir a buscar.

Una de las razones para la falta de gratitud es la falta de oración, si hubiéramos derramando nuestro corazón ante el Señor, como hizo Ana, estuviéramos mucho más prontos a agradecer. El mejor punto de apalancamiento para el agradecimiento es el ruego: en vez de invitar la iglesia a ser agradecida como un fin en sí mismo, invitarla a ser dependiente, y cuando dependa del Señor, el agradecimiento vendrá naturalmente en consecuencia. La gratitud superficial no es gratitud. Podría decirse que ya que todo lo que tenemos lo tenemos por gracia, no está demás invitar a agradecer por lo que ya se recibió, y es verdad, sin embargo, el deleite del agradecimiento fresco, que surge de haber experimentado consiente y recientemente la provisión de Dios después de haber orado, no es comparable con el agradecimiento mecánico cuya razón hemos tenido que salir a buscar. Ana tenía sobrados motivos para agradecer antes de concebir a Samuel (un esposo amoroso, una relación viva con Dios, la oportunidad de ir a Su casa a adorarle) pero lo que derramó su corazón en gratitud fue la provisión más reciente como respuesta a haber derramado antes su corazón en oración. Es natural que quien ha recibido de Dios un hijo quiera dar gracias, pero quien ha recibido de Dios un hijo después de haber orado por ello intencionalmente, agradecerá aún con más intensidad. En ambos casos la provisión vino de Dios («herencia de Jehová son los hijos(A)»), pero en el segundo, es esperable una mayor intención de acción de gracias. Lo que no debería hacerse nunca es impedir el agradecimiento, ya sea que venga fruto de la oración o del reconocimiento general de la provisión de Dios. En un caso o en el otro, Dios sigue siendo digno.

El peligro de no orar

Sus misericordias son nuevas cada mañana, con nuestras oraciones o sin ellas, pero la oración nos permite estar al tanto y reconocerlas.

Quien no ora, puede terminar confiando en sus propias fuerzas y atribuyéndose a sí mismo el mérito por los bienes recibidos; viendo la provisión de Dios como un hecho fortuito o simplemente reconociendo la provisión de Dios, pero olvidando expresar intencionalmente la gratitud, por eso, al practicar la oración, aparte de ejercer un precioso privilegio, hacemos algo preventivo: nos cuidamos de nosotros mismos y nuestra tendencia a robarle la gloria a Dios por sus obras o a silenciar su debido reconocimiento: «dad a Jehová la honra debida a su nombre(B)». Dios frecuentemente usa los medios naturales para proveernos, pero si hemos orado a Él por la provisión, al recibirla, podremos ver más allá de los fenómenos. Sus misericordias son nuevas cada mañana(C), con nuestras oraciones o sin ellas, pero la oración nos permite estar al tanto y reconocerlas.

Una oración sabia y específica

Peor que no derramar nunca nuestro corazón en oración sería derramar nuestro corazón por cosas vanas o por aquello que no conviene.

Hay gozo en recibir cualquier cosa de Dios, pero el gozo es mayor cuando recibimos aquello que en su presencia anhelamos: «deléitate asimismo en Jehová, y Él te concederá las peticiones de tu corazón(D)». Lo más alentador es que Dios se deleita en conceder, así como un padre hacer un esfuerzo extraordinario para agradar a un hijo con el regalo específico que este anhela, Dios sabe dar buenas dádivas a sus hijos(E). Él ha dicho que no nos dará serpientes, mejor aún, nos anima a permanecer en Él y sus palabras(F) —para anhelar y pedir con sabiduría— y nos ayuda por medio del Espíritu Santo a pedir como conviene(G). Algunos han enfatizado el hecho de ser específicos en la oración, algo que no está mal, pero sería aún mejor ser sabios (anhelando cosas correctas y dependiendo del Espíritu Santo) y específicos, ambas cosas a la vez. Peor que no derramar nunca nuestro corazón en oración sería derramar nuestro corazón por cosas vanas o por aquello que no conviene. Siendo así, dos buenas preguntas antes de orar intensamente por algo serían las siguientes: esto que estoy por pedir, ¿me es lícito, hay evidencia en las Escrituras de que esto es algo que mi Padre Celestial quisiera darme?, ¿puedo ver alguna manera en la que más allá de mi deleite contribuirá esto con la gloria de Dios? Si podemos responder afirmativamente, procedamos con limpia conciencia; y si somos persuadidos a abandonar esa oración, sepamos que Sus pensamientos son más altos que los nuestros: «como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos(H)». Ana oró por aquello que Dios ya había manifestado que quería darnos y encontró que si lo recibía, podía dedicarlo completamente a su servicio. Su oración no solamente fue sabia, sino también específica: no solamente quería concebir, también quería concebir un hijo varón: «si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida(I)».

Orando en medio de la amargura

Un creyente maduro no orará porque se siente animado a hacerlo, lo hará porque sabe que no tiene ningún otro recurso, que nada ni nadie fuera de Dios podrá satisfacer plenamente su necesidad.

Nuestro registro emocional es muy amplio, hasta los más piadosos pueden eventualmente descorazonarse y visitar las profundidades del desaliento. Es esperable que en ese momento no tengamos el deseo de ir a la presencia del Señor en oración, sino de regodearnos en nuestra carencia y refugiarnos en la conmiseración, pero aunque no queramos hacerlo, debemos. La lección aquí es que la madurez no puede evitar que llegue el trago amargo, pero sí puede conducirnos a la oración. El piadoso siente, y es afligido tanto como el impío, la diferencia está en su refugio. Un creyente maduro no orará porque se siente animado a hacerlo, lo hará porque sabe que no tiene ningún otro recurso, que nada ni nadie fuera de Dios podrá satisfacer plenamente su necesidad. Piedad no es ausencia de tristeza, sino, abundancia de convicción. La tentación es llorar solamente ante los hombres para manifestar nuestro dolor, Ana dejó de llorar ante los hombres, comió, bebió, fue a la presencia del Señor: «ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente(J)». No es la emoción que se tiene lo que evidencia el nivel de madurez, sino, lo que se hace al respecto. Si tenemos que llorar ante alguien, lloremos ante aquel para el que nuestro problema sí es accionable. Como dijo el salmista: «alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra(K)».

Orando con solemnidad

La oración es algo importante, un privilegio enorme al que deberíamos acceder con el debido decoro.

Cuando los antiguos querían asegurar el cumplimiento de un compromiso, hacían voto solemne, y al hacerlo, se ocupaban de honrarlo, pues tenía tanto peso como un juramento. En Israel había leyes específicas que recordaban la solemnidad que tenía el voto: «cuando haces voto a Jehová tu Dios, no tardes en pagarlo; porque ciertamente lo demandará Jehová tu Dios de ti, y sería pecado en ti(L)». El hecho que Ana hiciera voto ante el Señor demuestra lo importante que era para ella aquello que estaba pidiendo y la confianza que tenía en que el Señor podía concedérselo. Su oración no era solamente pronunciar palabras al aire, era algo importante, el voto aseguraba que al recibir del Señor la provisión tuviera que hacer memoria. No podemos pretender controlar a Dios por medio de nuestros votos, Él no está obligado ante nosotros, por muy solemnemente que demandemos algo. Tampoco es sabio hacer en extremo ceremonioso cada encuentro con el Señor, lo que sí es sabio es entender que la oración es algo importante, un privilegio enorme al que deberíamos acceder con el debido decoro. No siempre será posible orar con vehemencia o por largo tiempo, pero deberíamos desear poder hacerlo. Así le recomendaba Agustín a la viuda de Proba, que cuando pudiera hacerlo, se dedicara a orar largamente, con el deseo, con un afecto sostenido; pero también le advertía que la atención no se debía forzar cuando no podía sostenerse, ¡aunque tampoco apartarse cuando se pudiera continuar! Pero aún más importante que orar con vehemencia o por largo tiempo, debemos recordar aquello que pedimos, evitar el comportamiento de los niños fluctuantes que piden una cosa ahora y en un rato otra sin recordar nunca lo que han pedido.

Un recurso práctico: el cuaderno de oración

Quien antes de ir a la presencia del Señor dispone del tiempo y los motivos, evidencia un profundo interés en aquello que pide y dependencia ante aquel que podría concedérselo.

Una manera práctica de aumentar la solemnidad en los tiempos de oración es tener, aparte de los momentos regulares, momentos especiales específicos para orar sin ser interrumpidos y anotar en uno y otro tiempo nuestros motivos en un cuaderno de oración, con fecha. Quien antes de ir a la presencia del Señor dispone del tiempo y los motivos, evidencia un profundo interés en aquello que pide y dependencia ante aquel que podría concedérselo. Si Ana no se conformó con pedir, sino que hizo voto solemne, tomemos nosotros el principio, por lo menos en aquellas cosas en las que tenemos especial interés en ser escuchados usemos lápiz y papel y hagamos más concreto lo intangible. La mayor utilidad de anotar nuestros motivos de oración es ayudar a nuestra memoria: nos compromete a dar gracias, pues podemos ir atrás en las páginas del cuaderno y reconocer la fidelidad de Dios y la efectividad de la oración. Quien es cuidadoso en anotar lo que pide, siempre tiene motivos frescos para agradecer: basta con ir un poco hacia atrás para volver al presente con un corazón rebosante de acción de gracias. La oración expedita tiene su lugar en la vida del creyente (por los alimentos, encomendarnos a salir o por asuntos puntuales), pero debe haber espacio también para retirarse a «persistir en la oración(M)», como hacían el Señor y sus apóstoles, ¡y también Ana! Ella «oraba largamente delante de Jehová(N)».

El verdadero conocimiento conduce a la devoción

Si realmente estamos creciendo en el conocimiento de Dios, tal conocimiento debería levantar la devoción y la gratitud, no remplazarlas.

No es sabio utilizar los atributos de Dios (omnisciencia, omnipresencia, soberanía) para cubrir nuestra falta de devoción, evitemos ese pragmatismo que lleva a orar sin intención, o hasta a dejar de orar. Otros pretenden ser tan prudentes que no se atreven a pedir por algo más allá de unas cuantas veces, si Dios no les responde entonces desisten; parece una resolución obediente, pero podría ocultar la raíz de la soberbia, el orgullo o la falta de dependencia. Oramos al Dios omnisciente aún sabiendo que conoce todo antes de que podamos articular palabra; clamamos al omnipresente en momentos determinados aun sabiendo que su presencia llena todo espacio; no pretendemos luchar con el omnipotente, sino que queremos que el luche por nosotros. Si realmente estamos creciendo en el conocimiento de Dios, tal conocimiento debería levantar la devoción y la gratitud, no remplazarlas; y si pretende remplazarlas, entonces aprendimos mal. Mientras más perfecto sea nuestro conocimiento de Él menos orgullo y altivez tendrán nuestras palabras. Así lo dice Ana en su canto: «no multipliquéis palabras de grandeza y altanería; cesen las palabras arrogantes de vuestra boca porque el Dios de todo saber es Jehová, y a él toca el pesar las acciones(O)». No podemos pretender conocer a Dios tan cabalmente que hasta pongamos en duda sus propias palabras: «clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces(P)». Nuestro conocimiento de Dios y su voluntad es revelacional, no deductivo, clamamos porque Él nos indica hacerlo, no porque dedujimos que hiciera falta. Pablo le conoció bien, y pidió insistentemente por lo mismo (tres veces) hasta que recibió respuesta, no la respuesta que él quería, pero sí la que verdaderamente le podía satisfacer.

Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 2 Corintios 12:7-9

  1. Salmo 127:3 []
  2. 1 Crónicas 16:29 []
  3. Lamentaciones 3:22-23 []
  4. Salmos 37:4 []
  5. Mateo 7:11: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» []
  6. Juan 15:7 []
  7. Romanos 8:26 []
  8. Isaías 55:9 []
  9. 1 Samuel 1:11 []
  10. 1 Samuel 1:10 []
  11. Salmos 121:1-2 []
  12. Deuteronomio 23:21 []
  13. Hechos 2:4 []
  14. 1 Samuel 1:12 []
  15. 1 Samuel 2:3 []
  16. Jeremías 33:3 []
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