Hermano caído

Nuestra actitud ante el hermano caído

20 Octubre 2014 / Rafael Pérez

Pues no debiste tú haber estado mirando en el día de tu hermano, en el día de su infortunio; no debiste haberte alegrado de los hijos de Judá en el día en que se perdieron, ni debiste haberte jactado en el día de la angustia. No debiste haber entrado por la puerta de mi pueblo en el día de su quebrantamiento; no, no debiste haber mirado su mal en el día de su quebranto, ni haber echado mano a sus bienes en el día de su calamidad. Abdías 1:12-1

Ningún pueblo de la antigüedad fue reprendido con tanta dureza como Edom, a su castigo se le dedicó un libro completo del Antiguo Testamento (Abdías) y porciones de muchos otro.

Cada cierto tiempo se hace pública la caída de algún creyente, el desvío de una iglesia local o el mal testimonio de alguna organización cristiana. Todos esos son casos muy tristes, pues dañan al cuerpo de Cristo en general y son usados por los impíos para acusar a Dios. Sin embargo, hay algo aún más triste: la actitud de muchos de sus mismos hermanos que en vez de lamentarse sinceramente por la caída y sus consecuencias, en vez de interceder o tratar de restaurar, aprovechan la ocasión para exaltarse a ellos mismos (proclamando su propia justicia), para anunciar que se cumplió su pronóstico (yo lo sabía, yo lo dije) o hasta para tomar provecho de la situación. La caída de Israel ilustra este mal proceder. El pueblo se corrompió a un punto tal que se hizo abominable ante Dios y recibió su castigo, pero mientras su ciudad era destruida (Jerusalén), los edomitas, que eran familiares suyos, se alegraron, se jactaron, echaron mano de sus bienes y hasta mataron ellos mismos a quienes lograron escapar. Por eso, ningún pueblo de la antigüedad fue reprendido con tanta dureza como Edom, a su castigo se le dedicó un libro completo del Antiguo Testamento (Abdías) y porciones de muchos otros(A). A diferencia de Nínive, no se les predicó arrepentimiento, sino total destrucción («serán como si no hubieran sido»), evidencia del fuerte desagrado que creó en Dios su actitud hacia sus propios hermanos.

La verdadera motivación

Los edomitas eran los descendientes de Esaú (llamado Edom), hermano de Jacob (llamado Israel) y mantenían muy viva la vieja rivalidad entre sus antepasados: su padre tuvo en poco la promesa de Dios y vendió ese derecho a su hermano por un plato de comida. Así, llegó a convertirse Israel en el pueblo de la promesa, pero los hijos de Esaú (edomitas) aprovechaban cada oportunidad para atacarles: bloqueando su paso, uniéndose a otros pueblos en sus ataques o aprovechando el castigo de Dios para canalizar su propio resentimiento. Tiempo atrás, cuando el pueblo de Israel caminaba hacia la tierra prometida, Moisés pidió permiso al rey de Edom para pasar por su territorio, lo hizo apelando a su condición de hermano («así dice Israel tu hermano(B)»), con un ruego y con la garantía de que no tocaría nada de su territorio: «te rogamos que pasemos por tu tierra. No pasaremos por labranza, ni por viña, ni beberemos agua de pozos; por el camino real iremos, sin apartarnos a diestra ni a siniestra, hasta que hayamos pasado tu territorio(C)». Esta fue la respuesta de Edom: «no pasarás por mi país; de otra manera, saldré contra ti armado(D)». Israel apeló a ellos una vez más, pues quizás se trataba de un exceso de celo al proteger su territorio, le aseguró que ni aún el agua de sus pozos sería tocada: «y los hijos de Israel dijeron: por el camino principal iremos; y si bebiéremos tus aguas yo y mis ganados, daré el precio de ellas; déjame solamente pasar a pie, nada más(E)». Y nuevamente, esta fue la respuesta de Edom, ahora mucho más hostil: «No pasarás. Y salió Edom contra él con mucho pueblo, y mano fuerte. No quiso, pues, Edom dejar pasar a Israel por su territorio, y se desvió Israel de él(F)».

Los edomitas de hoy

Podría ser que la motivación de quienes siguen hoy el camino de los edomitas (alegrándose, jactándose y aumentando la aflicción del hermano caído) sea un fuerte celo por la obra de Dios mal canalizado, pero en muchos casos la motivación podría ser todavía más baja: soberbia, arrogancia y la falta de misericordia; envidia, celos y viejas rencillas sin superar. Quiero pensar que les mueve la gloria de Dios, pero ni en su adoración ni en la proclamación del evangelio, ni en la edificación de las iglesias son tan militantes como al momento de perseguir a sus propios hermanos, lo hacen de forma tan visceral y combativa que hasta superan a los enemigos de Dios. Ni los impíos más combatientes muestran tanto afán, en determinados casos parece una fijación. Israel se mercería el castigo, sus pecados eran tantos que virtualmente casi cualquier pecado presente entre nosotros hoy puede ser encontrado allá: inmoralidad sexual, idolatría, sacrificio de niños, falsos maestros que le predicaban al pueblo lo que el pueblo quería oír y diversas formas de injusticia. Esta fue la evaluación de ellos que hizo Isaías:

¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.Isaías 1:4-6

Cuando guiados por la actitud incorrecta maltratamos aún más al hermano caído, no estamos siendo instrumentos de Dios, sino mostrando un comportamiento muy impío.

Veamos la situación en contexto: fue Dios que determinó que su ciudad fuera destruida y eligió el instrumento (los caldeos); se podría concluir entonces, erróneamente, que la participación de los edomitas era algo loable, pero no era así, su motivación no eran la gloria o la justicia de Dios, sino los celos propios y la soberbia. Ese, precisamente, es el razonamiento de los edomitas de nuestros días: ya que Dios ha hecho manifiesto el pecado de esta persona, iglesia o ministerio, y evidentemente ha resuelto castigarlo y ponerlos en vergüenza, nosotros también podríamos participar, quizás hasta acertarle la estocada final a ese cuerpo podrido antes de que su enfermedad contagie a los demás, pero sobre todo, para mostrar ante los hombres que nosotros sí estamos del lado de Dios, que nosotros no compartimos su mal, que nosotros sí somos diferentes. Entonces se apresuran a unirse al ejercito contrario: «el día que estando tú delante, llevaban extraños cautivo su ejército, y extraños entraban por sus puertas, y echaban suertes sobre Jerusalén, tú también eras como uno de ellos(G)». Cuando guiados por la actitud incorrecta maltratamos aún más al hermano caído, no estamos siendo instrumentos de Dios, sino mostrando un comportamiento muy impío. Dios castiga a sus hijos y lo hace a veces con mano dura, pero el hermano no está llamado a unirse con algunos azotes, sino a interceder ante su padre y luego a ayudar a que su hermano vuelva a la obediencia: explicándole que su padre es justo y ayudándole a rectificar su proceder. Cada padre disciplina al hijo que ama(H), y precisamente porque le ama es conveniente que sea él quien lo castigue. Regularmente hay tanto o más dolor en el padre justo y amoroso que disciplina, que en el hijo rebelde que está siendo disciplinado. «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa os es dejada desierta; y os digo que no me veréis, hasta que llegue el tiempo en que digáis: bendito el que viene en nombre del Señor»(I).

Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; mas los impíos caerán en el mal. Cuando cayere tu enemigo, no te regocijes, y cuando tropezare, no se alegre tu corazón; no sea que Jehová lo mire, y le desagrade, y aparte de sobre él su enojo.Proverbios 24:16-18

La hendidura de la roca / Los sabios de Edóm

La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que moras en las hendiduras de las peñas, en tu altísima morada; que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a tierra? ¿No haré que perezcan en aquel día, dice Jehová, los sabios de Edom, y la prudencia del monte de Esaú?Abdías 1:3, 8

Un firme fundamento doctrinal y hombres prestos a defenderlo son asuntos a desear por cualquier iglesia local, pero ufanarnos en esto carnalmente o para denostar a nuestros hermanos que están más expuestos es totalmente inconsecuente.

Edom se creía muy seguro por habitar en la hendidura de la roca, su ciudad estaba escondida entre unos acantilados de piedra que hacían muy difícil cualquier invasión. Quien intentara subir hasta donde ellos probablemente terminaría en un abismo de roca antes de lograr su primer ataque, era una barrera natural virtualmente infranqueable. También tenían sus hombres sabios, que ante cualquier incursión enemiga traerían buenos consejos a los valientes y juntos prevalecerían. Esa era su carnal fuente de seguridad, no pensaban que lo ocurrido en Israel podría nunca haberles sucedido a ellos, pues en sus propios recursos tenían puesta su esperanza. ¡Nosotros no somos como Israel! ¡Nosotros sí estamos protegidos! ¡Tenemos nuestra ciudad sobre la roca, tenemos nuestros hombres sabios! Cuando nuestro hermano caiga, se demostrará la superioridad de nuestra ciudad y la superioridad del consejo de nuestros maestros. Ese es el mismo proceder impío lleno de soberbia que he venido describiendo: llegar a pensar que nuestro sistema de doctrina es tan seguro como los acantilados de Edom, que nuestras prácticas ministeriales son a prueba de fallas y que nuestros maestros son tan sabios que nunca dejarían que avance una incursión enemiga. Bien haríamos, en vez de regodearnos de la fortaleza de la ciudad o la guardia, recordar que «si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia»(J). Un firme fundamento doctrinal y hombres prestos a defenderlos son asuntos a desear por cualquier iglesia local, pero ufanarnos en esto carnalmente o para denostar a nuestros hermanos que están más expuestos es totalmente inconsecuente: más bien deberíamos tratar de fortalecer la casa del pariente y al igual que hizo Abram, armar a nuestros hombres fuertes para rescatar a Lot: «Oyó Abram que su pariente estaba prisionero, y armó a sus criados, los nacidos en su casa, trescientos dieciocho, y los siguió hasta Dan. Y cayó sobre ellos de noche, él y sus siervos, y les atacó, y les fue siguiendo hasta Hoba al norte de Damasco. Y recobró todos los bienes, y también a Lot su pariente y sus bienes, y a las mujeres y demás gente(K)». Si en vez de rescatarles les destruimos, podemos recibir la misma reprensión que recibieron los edomitas: «si te remontares como águila, y aunque entre las estrellas pusieres tu nido, de ahí te derribaré, dice Jehová»(L).

Soberbia ministerial

Deberíamos aspirar no solamente a fortalecer nuestras iglesias locales, sino a contribuir también al fortalecimiento de la iglesia de Cristo en general.

Siete veces escuchó Edom la expresión «no debiste», pues se trataba de su hermano, y muy presente tenemos que tener nosotros esta misma advertencia. El orgullo y la soberbia ministerial son una gran tentación. Haber permanecido en pie durante muchos años, ser parte de alguna denominación histórica, tener buenos pastores o maestros elocuentes, un buen testimonio hacia los de afuera, miembros maduros, familias saludables, una numerosa membresía; todos esos son ejemplos de asuntos muy deseables que podrían convertirse en un estorbo cuando se usan mal, degenerando en orgullo. Deberíamos aspirar no solamente a fortalecer nuestras iglesias locales, sino a contribuir también al fortalecimiento de la iglesia de Cristo en general. Hay un solo cuerpo, que es la única iglesia verdadera, no dos; somos una parte, no el todo: la caída del miembro más remoto ofende a la cabeza (Cristo) y se siente en todas las demás partes. Hay varias señales que podrían avisarnos temprano cuando estamos perdiendo el rumbo: sentir que somos superiores a nuestros hermanos en algún sentido, evitar el compañerismo por asuntos superficiales, envidiar a aquellos que Dios le ha dado más que a nosotros, participar en esparcir rumores y opinar sobre la caída de nuestros hermanos como si no fueran parte de nosotros mismos. Sobre todo, hay una señal muy reveladora: pensar que la caída de un hermano, iglesia u organización es algo definitivo. El castigo de Israel fue tan sonoro como su pecado, pero el propósito de Dios era la disciplina, no la destrucción. En nuestra actitud hacia el hermano caído se puede hacer manifiesto nuestro propio pecado, y si en vez de mostrar compasión nos alegramos, probablemente ellos serán restaurados y nosotros completamente destruidos.

Mas en el monte de Sion habrá un remanente que se salve; y será santo, y la casa de Jacob recuperará sus posesiones. La casa de Jacob será fuego, y la casa de José será llama, y la casa de Esaú estopa, y los quemarán y los consumirán; ni aun resto quedará de la casa de Esaú, porque Jehová lo ha dicho. Abdías 1:17-18

La historia de la redención es también la historia de las grandes restauraciones.

Admito que hay razones bíblicas para apartarse de aquellos que después de caer y ser castigados por Dios prefieren permanecen en sus despropósitos, pero aún en ese caso deberíamos tener una posición firme, aunque llena de gracia: si es absolutamente necesario apartarnos hagámoslo (nuestra primera fidelidad es hacia el padre, no hacia al hermano), pero no nos apartemos con jactancia o vanagloria (llamando la atención hacia nosotros mismos), sino con profundo dolor y temor reverente (llamando la atención hacia Dios), y esperemos su restauración hasta el último momento. Y si son eventualmente restaurados, hagamos fiesta, pues nuestro hermano ha sido traído nuevamente a casa. Sepamos que la historia de la redención es también la historia de las grandes restauraciones.

  1. Ezequiel 25:12-14, Amós 1:11-12, Jeremías 49:7-22 []
  2. Números 20:14 []
  3. Números 20:17 []
  4. Números 20:18 []
  5. Números 20:19 []
  6. Números 20:21 []
  7. Abdías 1:11 []
  8. Proverbios 3:11-12 «No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová, ni te fatigues de su corrección; porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere». []
  9. Lucas 13:34-35 []
  10. Salmo 127:1 []
  11. Génesis 14:14-16 []
  12. Abdías 1:4 []
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