Esclavitud

Leyes sobre la esclavitud en el antiguo Israel

11 octubre 2014 / Rafael Pérez

El origen de este tema está en una serie de leyes del Antiguo Testamento que frecuentemente son citadas mal por quienes objetan la Biblia, acusando a Dios de ser despiadado. He visto que las objeciones regularmente son las mismas y se presentan del mismo modo, por lo que sospecho que pocas veces provienen de personas que han razonado por ellos mismos después de considerar el texto (las fuentes), sino que regularmente se trata de gente que se limitó a leer la objeción en una parte, copiarla y pegarla en la otra. He interactuado con gente que sí leyó las fuentes, reflexionó y llegó a sus propias conclusiones, pero no es el caso más frecuente. Expongo este tema pensando principalmente en aquellos que sinceramente está interesados, pues sé que no hay respuesta que valga para quienes solamente buscan acusar a Dios. En segundo lugar, tengo en mente a mis hermanos nuevos creyentes que aún no tienen mucha experiencia interpretando el Antiguo Testamento. Me limitaré a explicar Éxodo 21, pero los mismos principios de interpretación (entender lo que realmente dice el texto y lo que eso significaba en su contexto histórico) pueden ser aplicados a muchos otros textos.

Interpretar el Antiguo Testamento

Si se estudia el derecho romano no se hace de acuerdo a la realidad actual en una ciudad del siglo veintiuno, se busca el espíritu del legislador en su realidad histórica.

Cuando hablo de interpretar no me refiero a atribuirle al texto un significado arbitrario o conveniente más allá de su sentido más claro o literal, sino, a aproximarnos al texto del mismo modo que se hubieran aproximado sus receptores originales en el Antiguo Israel. Ir a un texto, leerlo una vez y fijar apresuradamente una posición al respecto no es sabio. Menos si se tratara de un código legal, y aún mucho menos, si se tratara de un código legal del mundo antiguo: aproximadamente 1,140 a.C. Por ejemplo, si se estudia el derecho romano no se hace de acuerdo a la realidad actual en una ciudad del siglo veintiuno, se busca el espíritu del legislador en su realidad histórica. Para determinar su excelencia no compararías las leyes antiguas con las de hoy, sino con otros códigos contemporáneos al estudiado. Lo mismo debemos hacer con las leyes del Antiguo Testamento: interpretarlas gramaticalmente (entendiendo el texto) e históricamente (entendiendo su momento); proceder de otro modo sería un anacronismo.

Ironía de las objeciones

Nuestros acusadores no han considerado que el ideal de libertad que ellos hoy defienden fue el cristianismo que se los enseñó.

Esa forma anacrónica de ver la esclavitud en el Antiguo Testamento es improcedente, pero a la vez contraproducente a los objetivos de quien objeta. Es una ironía. Los cristianos somos acusados por los incrédulos de basar nuestra fe en un libro que justifica la esclavitud, pero nuestros acusadores no han considerado que el ideal de libertad que ellos hoy defienden fue el cristianismo que se los enseñó. La abolición de la esclavitud en el siglo diecinueve fue una conquista esencialmente cristiana. En aquel momento los esclavistas utilizaron las leyes del Antiguo Testamento como argumento, pero los abolicionistas mostraron algo aún superior, aunque del mismo autor: la ética de Jesús.

  1. Objeción #1: La Biblia promueve la esclavitud.

    Si comprares siervo hebreo, seis años servirá; mas al séptimo saldrá libre, de balde. Éxodo 21:2)

    Estas parecen preocupaciones contemporáneas (trata de personas, derechos fundamentales) pero ya estaban consignados en la ley de Dios desde la antigüedad.

    Esto no es así. La esclavitud no nació en el Antiguo Israel ni con la ley de Moisés, tiene su origen en la caída del hombre y su desobediencia. Al alejarse de la voluntad de Dios los hombres se entregaron a sus instintos, entre ellos el instinto de dominio: el más fuerte término imponiéndose sobre el más débil. Que la Biblia mencione la esclavitud, del mismo modo que menciona muchos otros males, no significa que haga una valoración positiva de ella. Dios reguló una práctica existente para hacerla mucho más justa: evitando la trata de personas, preservando su identidad más allá de su temporal condición, asegurando la eventual liberación del esclavo, un trato digno y derechos fundamentales que ningún otro código antiguo hubiese preservado. Estas parecen preocupaciones contemporáneas (trata de personas, derechos fundamentales) pero ya estaban consignados en la ley de Dios desde la antigüedad. Un estudio comparativo de la institución de la esclavitud en otros códigos evidencia la superioridad de la ley de Dios. La esclavitud en la antigüedad tenía dos vertientes: la esclavitud impuesta por la fuerza (el más fuerte domina al más débil) y el apremio económico (entregarse a un amo para saldar deudas). Esta última era la única permitida entre los judíos, y bajo circunstancias reguladas. Un judío no podía tomar a su hermano por la fuerza y venderlo (trata de personas), ese era un pecado que se pagaba con la muerte(A).

  2. Objeción #2: Los judíos esclavos tuvieron un trato especial.

    Ser parte del pueblo de Dios tenía muchos privilegios, entre ellos, someterse a leyes mucho más justas que los otros pueblos y ser protegidos por estas.

    Es verdad, tanto en relación a la esclavitud cómo en los préstamos (estaba prohibida la usura) entre judíos se aplicaban leyes benevolentes que no necesariamente se aplicaban en su trato hacia los extranjeros. Un esclavo judío era más un jornalero (con identidad, dignidad y protección) que había comprometido temporalmente alguno de sus derechos que un bien material adquirido por su dueño. Las únicas dos maneras de llegar a ser esclavos era entregarse voluntariamente a un Señor (apremio voluntario) o violar alguna ley (apremio obligatorio). Tenía que ser liberado el séptimo año, de balde, sin cobrarle ningún rescate. Y cuando lo liberaba, su Señor no podía despedirlo con las manos vacías: «y cuando lo despidieres libre, no le enviarás con las manos vacías. Le abastecerás liberalmente de tus ovejas, de tu era y de tu lagar; le darás de aquello en que Jehová te hubiere bendecido(B)». Con relación al trato: «en vuestros hermanos los hijos de Israel no os enseñorearéis cada uno sobre su hermano con dureza(C)». Este privilegio es entendible, pues quienes aceptaban vivir bajo estas leyes tenían un privilegio que no disfrutaban quienes no se regían por ellas. Pero esto no es injusto, lo mismo sucede con cualquier estado moderno: usa la ley para priorizar en sus beneficios (asistencia, seguridad social, instituciones) a sus ciudadanos y deja de lado a los extranjeros. Si ese no fuera el caso, otros pueblos dominarán al pueblo de Israel, pues estos en su buena voluntad estarían limitados en áreas que los otros tienen libertad. Ser parte del pueblo de Dios tenía muchos privilegios, entre ellos, someterse a leyes mucho más justas que los otros pueblos y ser protegidos por estas. De todos modos, los judíos estaban llamados a proteger al extranjero y a darle un trato digno: «y no angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto(D)». Por otro lado, si un extranjero que era esclavo en su propia tierra (fugitivo) entraba a Israel, no se le podía devolver a su dueño o tratar como esclavo, sino como libre, ningún israelita podía explotarlo o exprimirlo en base a su anterior condición, por el contrario, recibía tierras y un trato digno: «No entregarás a su señor el siervo que se huyere a ti de su amo. Morará contigo, en medio de ti, en el lugar que escogiere en alguna de tus ciudades, donde a bien tuviere; no le oprimirás(E)». Cuando se compara este trato con otros códigos antiguos se hace evidente la superioridad moral de la ley de Dios. El Código de Hamurabi (1760 a.C.), por ejemplo, decretaba en este caso (esclavo fugitivo) la pena de muerte y otros código la extradición.

  3. Objeción #3: Los judíos mutilaban a sus esclavos.

    Y si el siervo dijere: yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre; entonces su amo lo llevará ante los jueces, y le hará estar junto a la puerta o al poste; y su amo le horadará la oreja con lesna, y será su siervo para siempre. Éxodo 21:5-6

    La misma posibilidad de que pudiera surgir un afecto tan fuerte entre el esclavo y su Señor, a un punto tal que deseara permanecer en su casa para siempre, habla muy bien del estado de la esclavitud en el antiguo Israel.

    Esta objeción parte de un texto mal interpretado. Se asume que la perforación de la oreja se trataba de un acto cruel y despiadado, que los amos tomaban punzones para infringir castigo a sus esclavos o para dar rienda suelta a una violencia sádica. Nada más alejado de la realidad. Se trataba de una ceremonia formal, realizada una vez en la vida y desarrollada en presencia de las autoridades (no era arbitraria), no como castigo o acto cruel, sino como una expresión de amor. ¡Quien deseaba participar con su Señor de dicha ceremonia era precisamente el esclavo! En los pueblos antiguos no existía la costumbre de formalizar los pactos con documentos y firmas, como en la actualidad, los acuerdos se formalizaban por medio de ceremonias públicas memorables: tocando el muslo del otro pactante o entregándole un zapato, por ejemplo. Cada judío entraba con Dios en una relación de pacto al ser circuncidado —se le cortaba el prepucio— y su circuncisión servía como señal perpetua, una ceremonia que nada tiene que ver con mutilaciones o sadismo. Cuando un esclavo deseaba voluntariamente entrar en una relación perpetua con su amo, se oficializaba con un pacto público (ante los jueces) y un recordatorio simbólico: la oreja perforada. El hecho de que se hiciera en la puerta de su casa tiene también un valor simbólico. No a todos los esclavos se les perforaba la oreja, sino solamente a aquellos que voluntariamente elegían permanecer son su señor. Muchos especulan acerca del diámetro de la perforación y otros detalles que desconocemos, el hecho de que en la ceremonia primara el amor en vez de la violencia o el castigo debería alejarnos de cualquier extremismo. La misma posibilidad de que pudiera surgir un afecto tan fuerte entre el esclavo y su Señor, a un punto tal que deseara permanecer en su casa para siempre, habla muy bien del estado de la esclavitud en el antiguo Israel.

(Más allá de las implicaciones prácticas, todas estas leyes apuntan espiritualmente hacia Cristo. Cristo es nuestro Señor, no un Señor cruel y despiadado, sino un benevolente al que hemos servido de buena gana y deseamos seguir sirviendo en una relación de pacto. Cristo ha puesto en nosotros señal (su Espíritu Santo), de forma tal que sabemos que somos suyos perpetuamente. Nosotros éramos el esclavo fugitivo que entró en la benevolente ciudad de Dios y en vez de tratarnos como esclavos o ser devueltos, se nos permitió habitar en ella, se nos dio un trato benevolente y se nos tiene como hermanos. Estas leyes, así como todas las Escrituras, apuntan figuradamente hacia Cristo(F).)

Una alerta para nuestros días

Por último, cabría preguntarse que por qué en la ley en vez de regularla no se anuló directamente la esclavitud. Eso se responde de la manera siguiente: en aquel momento no había degenerado tanto. Años después, en tiempos de Jeremías, estas leyes a eran ignoradas(G). En otros pueblos era aún peor. La crueldad y maltrato que eventualmente caracterizaron la esclavitud (grilletes, cadenas y látigo) no es más que el efecto corruptor del pecado sobre todas las cosas. Por otro lado, la ley no resolvía el problema del pecado, se limitaba a hacerlo evidente y detener su rápido avance por la gracia común de Dios. Adicional a esto, sabemos que ninguna concepción de la esclavitud en la Biblia está completa hasta que se considera más allá del Antiguo Testamento la ética de Jesús (la cumbre de su revelación al respecto) y la carta de Pablo a Filemón (una aplicación práctica). Mal haríamos nosotros al pensar que la esclavitud es un tema resuelto, la raíz del dominio de un hombre sobre otro está aún presente en cada corazón no regenerado, quizás no vemos físicamente esclavos andando por la calle, pero en cada lugar que los hombres llegan por necesidad a estar bajo el dominio de sus iguales (cosa que permiten todas las leyes contemporáneas) hay oportunidad para aplicar todos los principios de misericordia y trato humanitario que encontramos en las Escrituras.

  1. Éxodo 21:16: «Asimismo el que robare una persona y la vendiere, o si fuere hallada en sus manos, morirá». []
  2. Deuteronomio 15:13-14 []
  3. Levíticos 26:46 []
  4. Éxodo 23:9 []
  5. Deuteronomio 23:15-16 []
  6. Lucas 24:44: «Y les dijo: estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. []
  7. Jeremías 34:14: «Al cabo de siete años dejará cada uno a su hermano hebreo que le fuere vendido; le servirá seis años, y lo enviará libre; pero vuestros padres no me oyeron, ni inclinaron su oído». []
Archivado en: Artículos, Selecciones
  • dante

    Muy claro todo. Excelente artículo. Muy bien explicado. Gracias

    • reperez

      Saludos Dante, bienvenido. Me alegra que te sea útil. Pronto publicaremos otro artículo sobre el cumplimiento profético en Cristo y el fundamento apostólico. Mantente atento. Saludos desde Santo Domingo.

  • Moisès Ortega Oyarzo

    Sólo quisiera añadir, que la esclavitud bien entendida, segùn la Ley de Dios, es un beneficio y no un menoscabo.

    El esclavo saldaba sus cuentas y vivìa al amparo de su señor, es decir, éste debia hacerse cargo de sus necesidades, mientras el esclavo se dedicaba con toda diligencia a satisfacer los deseos de su amo justo.

    La esclavitud segùn la Torah era una especie de paraguas para quièn habìa caìdo en desgracia econòmica.

    • reperez

      Es así. El propósito de la ley era proteger a los más débiles de la sociedad para que no sean explotados. ¡Bienvenido!



Lista de correo

Mantente en contacto. Recibe en tu correo los últimos artículos y actualizaciones.

Selecciones

¿Por qué el Señor no salva a mi familiar?

¿Por qué el Señor no salva a mi familiar?

Recientemente en dos ocasiones y decenas de veces en los últimos años he tenido que responder la pregunta. Escribo ahora esto no tanto con la intención de darle respuesta, sino con la intención de dar aliento. Lo que pretendo con este corto artículo es ayudar a mis hermanos a glorificar al Señor en sus relaciones con familiares que aún no han creído.

Un contrasentido: el pueblo de Dios sin la Palabra de Dios

Un contrasentido: el pueblo de Dios sin la Palabra de Dios

Israel dejó de lado la ley Dios y mantuvo por un tiempo todo su aparato político, religioso y social. Sin embargo, lo único que puede preservar al pueblo de la idolatría es tener Su palabra en el centro. Si la quitamos, no hay fuente de autoridad para sostener las instituciones.

El amor de Dios hacia Caín

El amor de Dios hacia Caín

La gracia común de Dios se ve en la vida de los cainitas (la reprensión, la edificación de ciudades, el establecimiento de familias, el desarrollo tecnológico y en el florecimiento de las artes), con su expresión más grande en tu paciencia.

Prosperidad sin satisfacción

Prosperidad sin satisfacción

Dios tiene que estar presente, en el primer lugar de nuestras vidas, pues Él es el dueño de las cosas que administramos y por su voluntad las tenemos, pero también Él creó nuestro corazón, y solamente Él tiene la capacidad para dar verdadera satisfacción a nuestra alma; sin Él, todo es absurdo.

Precauciones al sistematizar las Sagradas Escrituras

Precauciones al sistematizar las Sagradas Escrituras

Las Sagradas Escrituras se perciben como un armonioso sistema, con un centro al que todo apunta (Cristo), un hilo conductor que mantiene todas las partes bien cohesionadas (la historia de la redención) y un propósito que hace que todo tenga sentido (la gloria de Dios).

Organizaciones paraeclesiásticas

Organizaciones paraeclesiásticas

La completa eliminación del hambre, de la enfermedad o las injusticias no debería ser nuestra aspiración en este momento. Pero el otro extremo, la indiferencia, tampoco debería ser nuestro lugar: sabemos que siempre tendremos pobres entre nosotros, pero podemos trabajar para que no sean siempre los mismos.