Domingo 17 de Marzo 10:30AM PEZMUNDIAL
El próximo domingo en nuestra iglesia aprovecharemos la elección del primer papa americano (El argentino Jorge Mario Bergoglio, ahora Papa Francisco) para responder la siguiente pregunta en un marco de amor(A), mansedumbre y reverencia(B), pero de forma razonable (con firme apego a las Escrituras y con el propósito de edificar): Católicos y Evangélicos, ¿son realmente importantes las diferencias?
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Quizás hoy al partir el pan no se haga tan evidente la carencia en unos y la abundancia en otros, pero si en la vida de la iglesia permitimos que algunos de nuestros hermanos estén en la indigencia mientras otros podemos disfrutar de lujos, estaríamos participando indignamente de la mesa del Señor.
No está mal hacer planes y proyectos, no está mal tener una estrategia para administrar el fruto, pero la única mejora que puede ser considerada importante es llevar la iglesia cada vez más a su fundamento original: aquello ordenado por Cristo y documentado por sus apóstoles es la fuente de las mejoras; en eso, al tiempo de Dios, veremos un fruto que permanece.
Cuando oramos, no lo hacemos contando solamente con que podemos recibir la respuesta de un padre amoroso, sino también con la expectativa de que el Espíritu Santo puede persuadirnos en la intimidad de la oración acerca de un camino mejor, un deseo más alto y un anhelo más cercano al corazón de Dios, que es el mayor deleite en la vida hombre.
Hazle oído a tu ministro, recibe con acción de gracias el instrumento que Dios ha enviado a tu congregación para edificarles y trata de entender su sistema, su programa y hasta su estilo. Ser cuidado, instruido y dirigido por el mismo hombre de Dios durante muchos años (como ministró Pablo a los Efesios) debe tenerse como un gran privilegio.
Es muy poco común que se dispongan espacios para instruir intencionalmente a toda la congregación en este aspecto, pues erróneamente se supone que quienes deben recibir la instrucción son solamente los músicos.
Jesús, desde un banquete real en el que ocupaba un lugar de importancia, comparte una parábola sobre un banquete imaginario en el que entrarán invitados sin mérito alguno y en la que todos los presentes (los convidados, los siervos del anfitrión y el anfitrión) se sentirán representados.