Hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones.Efesios 5:19 RVR
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Un buen tiempo de adoración congregacional es aquel en el que la iglesia participa, en espíritu y verdad.
La participación no es el centro de la adoración ni la parte más importante, pero sí es el punto central dentro del propósito del tema que me encuentro desarrollando en esta serie, por eso pretendo ahora ampliarlo, aunque ya se haya tocado de forma periférica. Si fuera a definir lo que es un buen tiempo de adoración congregacional, reuniendo en una sola expresión cuáles son los elementos imprescindibles, entonces tendríamos un banco de tres patas: un buen tiempo de adoración congregacional es aquel en el que la iglesia participa, en espíritu y verdad. Y aún dentro de esas tres patas, la participación no puede faltar, pues en dicho caso seguiría siendo adoración, pero dejaría de ser congregacional. La razón práctica de desarrollar el tema de la participación es la que acabo de ofrecer, sin embargo, existe una razón más importante, que sería la razón teológica: en su revelación, nuestro Señor siempre aparece siendo adorado por multitudes: las huestes celestiales en su encarnación(A), millones de millones de ángeles en su glorificación(B) y un coro de 144,000(C) al final de los tiempos. Bien haríamos nosotros en buscar eso mismo. En este momento de la historia tenemos que animar al pueblo para que adore y son muchos los que mantienen su frente altiva y su boca cerrada ante nuestro rey, pero llegará un momento en el que toda rodilla se doblará ante Él y toda lengua confesará que «Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre(D)».
Si la expectación es lo que ha predominado hasta ahora, el pueblo puede haber aprendido a abrir sus oídos, pero no a mover sus labios.
Lo que presento a continuación es una labor titánica, una que requerirá años de instrucción, práctica y exhortación; mucho tiempo, esfuerzo y paciencia antes de que se comiencen a ver los primeros frutos: tenemos que trabajar intencionalmente para que toda la iglesia participe. Para lograrlo, podemos comenzar con una invitación. La congregación debe saber que se espera su participación, pues si la expectación es lo que ha predominado hasta ahora, el pueblo puede haber aprendido a abrir sus oídos, pero no a mover sus labios. Quienes dirigen la adoración tienen aquí una gran tarea: deben buscar intencionalmente levantar correctamente los afectos de la congregación e incentivar su participación: una mirada, un gesto con sus manos, una pequeña invitación a cantar; en algunos casos hasta dejar de cantar ellos o tocar sus instrumentos para dedicarse a invitar al pueblo. Un asunto tan importante no puede ser dejado al descuido.
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¡No hay instrumento más apropiado para adorar a Dios que aquel instrumento que fue personalmente diseñado por Dios: tu garganta!
He visto hermanos que al dirigir a la iglesia en el canto se concentran tanto en alcanzar ellos las notas, modular sus voces o ejecutar con precisión el instrumento que se les olvida lo más importante: dirigir. Esto no debe ser así: en la hermosura de nuestro canto congregacional la participación aporta más que la entonación y el involucramiento más que la mejor instrumentación. Si tendríamos que elegir entre calidad musical o participación, elegiremos lo segundo sin dudar. A veces la iglesia está adorando junto a los músicos y los instrumentos de acompañamiento se detienen, entonces la congregación asume el canto y comienza cada hombre a utilizar su voz como instrumento. En ese momento lo que antes era hermoso se torna sublime. No hay instrumento más apropiado para adorar a Dios que aquel instrumento que fue personalmente diseñado por Dios: tu garganta. ¡Todo lo que respira que alabe a Jehová!(E)
Quien nos dirige debería ser como una señal de tránsito: tan visible como para que cada conductor pueda verla, pero que la olvidemos una vez encontremos el camino.
Otra falta muy común es el director de alabanzas que cierra sus ojos durante cuarenta minutos, un gesto que puede estar cargado de sincera reverencia y hasta tener por objetivo evitar llamar la atención hacia sí mismo, pero en la práctica logra todo lo contrario: deja al pueblo desprovisto de coordinación y —por extraño que parezca— termina llamando más la atención que antes. En ocasiones el pueblo imita su actitud: cierra también sus ojos y lo que debería ser un momento de júbilo congregacional, se torna en un introspectivo e individual momento devocional o hasta en un profundo sueño. Ciertamente existen canciones que por su tema o hasta por su musicalización invitan a la introspección, pero cada cosa tiene su momento. ¡Que nuestro canto congregacional no termine siendo un culto de oración! Para estos fines quien nos dirige debería ser como una señal de tránsito: tan visible como para que cada conductor pueda verla, pero que la olvidemos una vez encontremos el camino. De ser necesario que se vista de rojo para ayudarnos a doblar a la derecha en los próximos cien metros, rumbo a la presencia de Dios. Recuerdo el culto de una iglesia en el que todos los músicos estaban detrás de un muro y desde allí, sin nadie les viera, pretendían dirigirnos. La experiencia era lo más parecido a un grupo de conductores en una autopista mal señalizada bajo la lluvia. Todos nos deteníamos por momentos para tratar de encontrar el camino.
¡Que nuestro canto no derive en cinco sermones cortos! (Y si serán sermones cortos que lo sean por su apego a las escrituras, que tengan música y toda la iglesia los predique.)
Otro abuso a evitar es el del director de alabanzas con alma de trovador o maestro que quiere hacer una historia para cada canto o improvisar un pequeño sermón, algo que puede tener como propósito poner enfoque a la adoración evidenciando que la canción guarda relación con las Escrituras, pero se abusa de ese recurso más de lo que se usa, haciendo de una selección de cinco canciones, cinco pequeños sermones expositivos con todo y aplicación final. A veces, luego de escuchar una serie de sermones en el espacio que deberían haber ocupado las canciones, al ocupar el púlpito he tenido la tentación de dirigir la iglesia en adoración en vez de predicar, pues aquello, más que un culto, con otro sermón más terminaría siendo una conferencia. La iglesia necesita recibir de Dios instrucción, y para eso están los sermones y los maestros, pero también necesita expresar a Dios su alabanza, y para eso están las canciones y los directores de alabanza. ¡Que se ponga el enfoque, pero que nuestro canto no derive en cinco sermones cortos! (Y si serán sermones cortos que lo sean por su apego a las escrituras, que tengan música y toda la iglesia los predique al unísono.)
Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían. Hechos 16:25
Los himnos son muy apropiados para el canto congregacional por tener una melodía más sencilla, un tiempo más lento, una letra más entendible y una estructura repetitiva que favorece a la memorización.
Existe cierta musicalización que tiende a favorecer al canto congregacional y otra que lo desfavorece; un canto que puede ser desarrollado en las condiciones más precarias —sin energía eléctrica, sin músicos profesionales, de ser necesario, hasta en la prisión, como Pablo y Silas— y otro que requiere unas condiciones más complejas. Lo que ha venido sucediendo es alcanzamos niveles musicales cada vez más elevados, pero sacrificando la participación de la congregación completa o hasta la frecuencia del canto mismo, pues en determinados contextos (como los Estudios Bíblicos en las casas) se ha dejado de cantar por no tener los recursos que requieren determinadas canciones contemporáneas (altas voces, instrumentación). En la labor de lograr el involucramiento del pueblo, la música apropiada es una pieza clave. Los himnos son muy apropiados para el canto congregacional por tener una melodía más sencilla, un tiempo más lento, una letra más entendible y una estructura repetitiva (estrofa-coro-estrofa) que favorece a la memorización; no por viejos. En la actualidad es casi imposible desarrollar un tiempo de adoración congregacional sin tener las letras en una pantalla, pero antes no era así. Recuerdo haber participado de niño en cultos en los que toda la iglesia se involucraba animada en el canto a la luz de dos lámparas de gas. En la actualidad, si fallara la energía eléctrica en muchas iglesias se detendría la adoración. Este no es un argumento para evitar el nuevo canto o el canto más complejo, que puede ser muy útil en otros contextos menos congregacionales, sino, para animar a nuestros hermanos que dirigen y componen a volver a la sencillez para que todos volvamos a participar. En pos de conseguir la participación, en vez de desechar los himnos por viejos, deberíamos imitarlos por prácticos.
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Quizás hoy al partir el pan no se haga tan evidente la carencia en unos y la abundancia en otros, pero si en la vida de la iglesia permitimos que algunos de nuestros hermanos estén en la indigencia mientras otros podemos disfrutar de lujos, estaríamos participando indignamente de la mesa del Señor.
No está mal hacer planes y proyectos, no está mal tener una estrategia para administrar el fruto, pero la única mejora que puede ser considerada importante es llevar la iglesia cada vez más a su fundamento original: aquello ordenado por Cristo y documentado por sus apóstoles es la fuente de las mejoras; en eso, al tiempo de Dios, veremos un fruto que permanece.
Cuando oramos, no lo hacemos contando solamente con que podemos recibir la respuesta de un padre amoroso, sino también con la expectativa de que el Espíritu Santo puede persuadirnos en la intimidad de la oración acerca de un camino mejor, un deseo más alto y un anhelo más cercano al corazón de Dios, que es el mayor deleite en la vida hombre.
Hazle oído a tu ministro, recibe con acción de gracias el instrumento que Dios ha enviado a tu congregación para edificarles y trata de entender su sistema, su programa y hasta su estilo. Ser cuidado, instruido y dirigido por el mismo hombre de Dios durante muchos años (como ministró Pablo a los Efesios) debe tenerse como un gran privilegio.
Es muy poco común que se dispongan espacios para instruir intencionalmente a toda la congregación en este aspecto, pues erróneamente se supone que quienes deben recibir la instrucción son solamente los músicos.
Jesús, desde un banquete real en el que ocupaba un lugar de importancia, comparte una parábola sobre un banquete imaginario en el que entrarán invitados sin mérito alguno y en la que todos los presentes (los convidados, los siervos del anfitrión y el anfitrión) se sentirán representados.