El canto congregacional

El canto congregacional (3/8)

Rafael Pérez Artículos 1.200 Lecturas

PresentaciónEn el artículo anterior de esta serie, que corresponde a la primera parte del tema, vimos la necesidad de que el canto congregacional sea espiritual y verdadero, en este veremos que nuestro canto tiene que estar necesariamente centrado en Dios.

Punto #2: El canto congregacional tiene necesariamente que estar centrado en Dios.

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Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría; Venid ante su presencia con regocijo. Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid su nombre. Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones.Salmos 100:1-5 RVR

En el canto congregacional todo arte debe estar subordinado al propósito, que es la exaltación corporativa —no individual— del nombre de Dios.

El canto congregacional es distinto al concierto acostumbrado al que asistimos a deleitarnos con la forma en que un músico destacado ejecuta su instrumento, con su vestimenta llamativa o con sus gesticulaciones; que no están mal, pues el objetivo de la comparación no es denostar el concierto ni la habilidad, sino, resaltar la diferencia entre centrar la atención en Dios o centrarla en el intérprete. Hasta en este caso deberíamos pensar en cómo ha dotado Dios especialmente a ese hombre para que ejecute, exprese por medio de sus vestimentas o actúe, y no en el hombre en sí. Es una gran cosa encontrar deleite en el arte, tener criterio para distinguir una pieza con calidad entre otras de valor menor y al gran interprete entre los entusiastas, y mucho bien que le haría tal formación al ministerio musical en general, pero el punto es que en el canto congregacional todo el arte debe estar subordinado al propósito, que es la exaltación corporativa —no individual— del nombre de Dios.

Es posible que el gran pianista, por ejemplo, ofrezca un recital en el que glorifique a Dios con su técnica, en tal caso tendríamos un acto de adoración muy apropiado, pero sería un acto individual, no corporativo, y aunque valioso y muy deseable, no sería tal cosa un canto congregacional. Quizás al final él pueda ponerse en pie y afirmar junto a Johann Sebastian Bach Soli Deo Gloria, nosotros, el auditorio, nos levantaremos con él, y diríamos también Soli Deo Gloria, remarcando que Dios es la fuente de su habilidad, que Dios es el creador del tiempo, de los sonidos y del oído, que la gloria es suya y no nuestra. Estaríamos entonces ante una excelsa manifestación de adoración corporativa, quizás hasta apropiada para una parte puntual en el culto cristiano, pero tampoco sería ese el canto congregacional, que debe ser junto a la instrucción el grueso de nuestro culto y es el tema del que nos ocupamos.

Aplauso a Dios

La verdad mueve el interior de nuestro ser con más fuerza que un millón de acordes. No hay melodía, no hay intérprete, no hay combinación posible de sonidos en el tiempo que puedan competir con las preciosas doctrinas del evangelio.

Ahora entramos al controversial asunto de los aplausos, vítores y demás expresiones de reconocimiento. El domingo pasado, después de que en nuestra congregación cantáramos Sublime Gracia nos sentimos tan emocionados que nos unimos en un gran aplauso. La razón del aplauso no era la perfecta sincronía de los cuatro hermanos que nos dirigían en el canto, sino, recordar nuestra anterior condición ante Dios y nuestra condición actual. Los aplausos no tenían que ver con la instrumentación (una guitarra y cuatro voces) sino con las preciosas verdades que acabábamos de proclamar juntos. Ahora mismo, mientras escribo, está sonando la misma canción y tengo que detenerme por momentos para meditar en la sublime gracia. Un momento antes habíamos cantado el himno Bautícese cada uno y pude ver lágrimas correr en la congregación. Al recordar el precioso momento en que fuimos sepultados con Cristo la emoción es muy fuerte: «en las aguas del bautismo, hoy confieso yo mi fe: Jesucristo me ha salvado, y en su amor me gozaré». Lo que pretendo demostrar en todo esto es que en nuestro canto hay mucha emoción envuelta, emoción que se expresa con gestos como ponerse de pie, alzar las manos, con palabras y con aplausos, que la verdad mueve el interior de nuestro ser con más fuerza que un millón de acordes. No hay melodía, no hay intérprete, no hay combinación posible de sonidos en el tiempo que puedan competir con las preciosas doctrinas del evangelio, y en todo esto, Dios es el centro, no el intérprete.

(Tengo que decir que los hermanos que nos dirigían ofrecieron el domingo pasado una hermosa ejecución, fruto de la práctica y el ensayo, asuntos en los que ellos glorificaron a Dios, pero nuestros aplausos no fueron para ellos ni en nuestra emoción fueron ellos el centro. Ellos también estaban evidentemente emocionados y participamos todos en el aplauso a Dios.)

Ellos, nosotros o Dios

La exaltación de un músico o cantante cristiano es idolatría. No existe tal cosa como una celebridad cristiana.

Como en el culto cristiano el centro de atención es Dios, el hermano que dirige el canto hará todo lo que esté su alcance para no distraernos, sino, que como afirmó el salmista: «no a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria(A)». ¡Dos veces repite la misma expresión —no ha nosotros, no a nosotros— como queriendo recordarnos lo propenso que somos a robarnos la gloria ajena y lo alerta que debemos estar para que suspender temprano cualquier intento! La exaltación de un músico o cantante cristiano es idolatría. No existe tal cosa como una celebridad cristiana. Esto es un asunto peligroso, pues nuestro Dios ha sido insistente en manifestar su gran celo por su propia gloria. La tendencia actual, tristemente, es hacer del culto cristiano un pomposo espectáculo centrado en hombres —músicos y predicadores— con amplias destrezas que llaman la atención hacia sí mismos con el objetivo de atraer a una multitud expectante deseosa de ser entretenida, sin embargo, el ejemplo de las escrituras es un culto sencillo con un canto congregacional participativo y una enseñanza que es «tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros»(B).

Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.Isaías 42:8 RVR

Sentimientos / Convicciones

Así como por medio de la mesa del Señor se busca algo más que entretener el paladar, por medio del canto congregacional aspiramos a un propósito más alto que la simple alegría superficial.

El centro no puede ser el intérprete, pero tampoco puede serlo el auditorio. El canto congregacional no pretende que nosotros nos sintamos bien, no se trata de nuestros deseos, anhelos o expectativas, o de nuestros sentimientos, sino de Dios. Definitivamente hay mucha emoción envuelta en nuestro canto, pero esto es el fruto de haber adorado a Dios, un asunto colateral, a consecuencia de, no primario. Como dijo Jonathan Edwards: «La felicidad de la criatura consiste en regocijarse en Dios, y por medio de ella, Dios también es magnificado y exaltado. El gozo o la exultación del corazón en la gloria de Dios, es una de las cosas que pertenecen a la alabanza(C)». Proclamamos la fidelidad de Dios y en su fidelidad encontramos gozo; proclamamos su salvación y al ser nosotros el objeto de ella nos emocionamos. Hay evidencias de que la música tiene un efecto relajante y en determinados casos hasta terapéutico, pero ese no debe de ser nuestro principal objetivo. Es totalmente incorrecto pretender levantar los afectos del hombre en el canto congregacional por medio de la música emotiva, ciertamente hay placer en un conjunto de acordes y es la música un regalo de Dios para nuestra alegría, pero así como por medio de la mesa del Señor se busca algo más que entretener el paladar, al punto de poner participar de ella con elementos simbólicos, por medio del canto congregacional aspiramos a un propósito más alto que la simple alegría superficial y temporal que puede producir en nosotros un conjunto de acordes. Con un trocito de pan y un sorbo de vino nos emocionamos más que con todo un banquete común y lo mismo pasa con un pequeño himno cargado de significado.

El Espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y le atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová. Y los criados de Saúl le dijeron: he aquí ahora, un espíritu malo de parte de Dios te atormenta. Diga, pues, nuestro señor a tus siervos que están delante de ti, que busquen a alguno que sepa tocar el arpa, para que cuando esté sobre ti el espíritu malo de parte de Dios, él toque con su mano, y tengas alivio.1 Samuel 16:14-16 RVR

La música producía un alivio temporal en Saúl, pero ningún remedio, pues no hay melodía agradable que pueda llenar el vacío que queda en el corazón del hombre cuando Dios está lejos de él.

David tocaba el arpa y el Rey Saúl se sentía aliviado del malestar que le causaba un espíritu malo luego de haberse apartado de él el Espíritu de Jehová, pero no hay evidencia de que su situación mejorara, sino todo lo contrario: David le entonaba canciones y él respondía con lanzas. La música producía un alivio temporal en Saúl, pero ningún remedio, pues no hay melodía agradable que pueda llenar el vacío que queda en el corazón del hombre cuando Dios está lejos de él. Así como los hermanos de Corinto desvirtuaron el propósito de la cena del Señor haciendo de ella una oportunidad para la gula y las borracheras, algunos han perdido el propósito del canto congregacional haciendo de él un festín de los sentidos y la algarabía temporal en vez de alimentar sus convicciones. Quizás nuestro pan y nuestro vino no puedan competir con el que se sirve en determinados restaurantes, pero contiene algo que en ningún restaurante podrá ser hallado; quizás nuestro canto no tenga los niveles de ejecución que pueden ser hallados en determinados conciertos, pero en ningún concierto puede el hombre de Dios encontrar lo que encuentra en canto congregacional. Pablo les recomendó a los hermanos que tuvieran gran apetito, que comieran en su casa y venga a la iglesia a participar de la mesa no por hambre, sino por convicción, lo mismo deberían de hacer algunos con relación a la música. Si tienes hambre de acordes escucha a Mozart o a Beethoven en tu casa —mejor a Bach que escribía su música para la Gloria de Dios—, y únete al humilde concierto de los santos en un ejercicio de convicción y no de apreciación musical.

Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio. Las demás cosas las pondré en orden cuando yo fuere. 1 Corintios 11:34 RVR

Nuestro engañoso corazón

El canto congregacional correcto lleva a nuestra mente convicciones que tienen su raíz en Dios, Él es el centro, Él es la fuente.

A diferencia del canto secular, que utiliza el recurso de exagerar nuestros diferentes estados de ánimo (nostalgia, tristeza, alegría) el canto congregacional no está centrado en el estado de ánimo del intérprete o de la congregación, sino en nuestro inmutable Dios. Cantamos sobre la fuente de nuestro gozo en medio de la tristeza, reconocemos Su fidelidad en medio de nuestras cavilaciones, afirmamos Su misericordia en medio de nuestra aparente carencia. La música cristiana no es una música que sigue el engañoso(D) corazón del hombre, es una música que sigue la revelación de Dios; cantamos aquello que es Dios, y cuando cantamos lo que Dios es entonces nos sentimos mejor. Precisamente por eso urge que la música cristiana contemporánea, y por extensión el canto congregacional, abandone la influencia del positivismo. El positivismo afirma utilizando con base nuestro pensamiento que todo estará bien si pensamos que estará bien o lo repetimos muchas veces, el cristianismo afirma que lo que Dios proclama necesariamente es verdad utilizando como base su carácter. He visto congregaciones exaltadas en torno a un estribillo atractivo y repetitivo que tiene más que ver con el positivismo que con el carácter de Dios. El canto congregacional correcto lleva a nuestra mente convicciones que tienen su raíz en Dios, Él es el centro, Él es la fuente. No estamos llamados a proclamar lo que somos nosotros, sino lo que Él es.

Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar. Habacuc 3:17-18
(Precisamente Habacuc dirigió esta oda al jefe de los cantores, una orientación sumamente oportuna: ¡así se dirige el canto en una congregación!)

  1. Salmos 115:1 []
  2. 2 Corintios 4:7 RVR []
  3. Jonathan Edwards, El fin por el cual Dios creó al mundo. []
  4. Jeremías 17:9 RVR: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» []

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