Después de que entendí que mi Dios hizo la música y las matemáticas entonces lamenté no haber dedicado más de mi tiempo a estudiar el Álgebra de Baldor o el Método Pozzoli, pues podría darle gloria por la perfección que hay detrás de cada hipótesis y por la hermosura detrás de la armonía. (La descomposición factorial y el contrapunto siguen siendo para mí un tema tan oscuro como lo es la trinidad para muchos matemáticos; y no es que para mí la trinidad sea más clara, la admito como un axioma y desde allí construyo mi pensamiento, pues carezco de los medios para demostrarla.) Digo que lo lamento porque mientras el profesor de matemáticas explicaba en la pizarra yo no podía imaginar que Dios estuviera detrás de ello, no percibía la perfección que había allí ni disfrutaba —sí, es posible disfrutar resolver un problema matemático—, por el contrario, me era tan aburrido que en vez de resolver los ejercicios me dedicaba calcar monedas en el cuaderno. Con la música fue igual: intenté, pero no me esforcé lo suficiente como para llegar a disfrutar la interpretación de una gran obra y cuando le devolví al Profesor Manuel el clarinete que me prestó sentí un gran alivio.
La teología debe de ser su autobiografía, la música su taller y las matemáticas sus perfectas obras.
Dios es un gran autor: la teología debe de ser su autobiografía, la música su taller y las matemáticas sus perfectas obras. Por los tres medios podemos conocer algo de Él y conocer los tres medios a la vez sería la mayor experiencia: en la matemática su perfección, en la música su sentido de organización y en la teología veríamos cómo Dios se percibe a sí mismo y expresa. La última es una expresión directa y las demás indirectas, pero muy sutiles y tan hermosas como Dios mismo. Pienso que así como quién conoce la obra musical de Bach (expresiones de su persona) se interesa también en su biografía (su persona misma), quienes nos interesaremos principalmente por la autobiografía de Dios tarde o temprano nos interesamos también por sus demás expresiones. Es común encontrar personas interesadas al mismo tiempo en la teología y las matemáticas (Pascal) o en la teología y la música (Haendel) y normalmente, quien sinceramente está interesado en Dios llega a tener una sensibilidad hacia las artes y cualquier otra expresión de su gloria. En ninguna de las tres áreas (música, matemáticas, teología) me he esforzado lo suficiente, por lo menos, no lo suficiente como para llegar a disfrutarlas en su profundidad, pero últimamente he vuelto a encontrado un placer especial en su autobiografía.
Quienes leen este blog desde hace algunos años (2006) percibirán en este artículo un pequeño gran cambio (metanoia) y referencias a otros temas y discusiones que en otros tiempos tuvimos por aquí mismo. (Ray Abad, un gran amigo y buen lector notó algo similar en el sermón del domingo pasado y me lo comentó.)
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.