No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles. (Hebreos 13:2)
Luego de dormir un poco en la tarde del domingo, salí con mi hermano a visitar a un amigo y ver a su madre que está muy enferma desde hace unos meses, me alegró verla tan sonriente como siempre, es característico de ella que a pesar de estar postrada en su cama por la enfermedad no cesa de reír y contagiarnos de su alegría. Caminando de regreso a nuestra casa, pensábamos en algo divertido que pudiéramos hacer. Llegamos y decidimos sentarnos en los escalones para hablar un rato y tomar un poco de aire, hacía un calor tremendo. Teníamos cerca de diez minutos sentados cuando notamos a alguien que se acercaba caminando por nuestra acera, mi mirada no pudo esquivar la imagen de aquella persona y mi corazón al instante se compadeció de aquel viejecito cansado que cargaba un limpiabotas, un pequeño sillón de madera y una funda repleta de botellas. Pensé: «Este pobre señor no puede más con todo lo que carga y sabrá Dios hacia donde va».
Mientras más se acercaba a donde estábamos, más notable era su lista de años vividos y se hacía más evidente el esfuerzo que hacía por cargar aquellas cosas. Grande fue mi sorpresa cuando aquel que pensé que sólo era capaz de detenerse a descansar se acercó y comenzó a hablarnos de las cosas que debe hacer un cristiano para ser recibido con excelencia delante de los ojos del Señor. En ningún momento mientras hablaba descansó de las cosas que le hacían peso ―aparentemente iba rápido―, quizás ya quería llegar a su casa, pero no titubeó en dejarnos tan bello mensaje antes de irse. Hizo mucho énfasis en las falsas doctrinas y en las cosas que nos pueden confundir, con su escaso lenguaje y sus ochenta y tantos años encima nos ilustró con incomparable entusiasmo sobre la verdad de Cristo, acerca nuestra vida en el evangelio y sobre las labores de la iglesia, todo con excelente ejemplificación bíblica en los que incluía historias, personajes y otras cosas.
Me encontré en un momento mirándole fijamente y escuchando con atención las enseñanzas del anciano, me sorprendía verle tan alegre aún estando tan cargado, parecía que hablando con nosotros de aquellos temas no sentía ningún peso adicional, aún estando parado y con un rollo de cables en la otra mano que hasta el momento no había notado. Le pregunte: ¿Qué tiempo tiene caminando con el Señor, cuál es su nombre? Zoilo Bastardo, me dijo, tengo de 13 a 15 años siendo cristiano. Fue muy cuidadoso al mencionarnos varias veces que no nos apartáramos de este camino porque era el correcto. Habían pasado más de media hora antes de que se marchara, le deseamos muchas bendiciones y se fue, pero antes de doblar la esquina nos miró nuevamente y volvió atrás a repetirnos que no nos alejáramos del evangelio. En ese instante cedió al cansancio y bajó la funda con las botellas, hizo algunas referencias de jóvenes que él conocía y que se habían descarriado y las consecuencias de aquellas acciones, nos dejó el testimonio de una persona que alejada del camino, Dios le libró de la muerte y ahora le sirve otra vez.
Se despidió con una bendición y se marchó a su hogar. Aquellos consejos y su disposición de enseñar la palabra de Dios marcaron mi día y también mi vida. ¿Cómo es posible que si la mayoría de nosotros tenemos mejores condiciones físicas que la madre de mi amigo y muchas más energías que Don Zoilo no nos atrevamos a enseñar la palabra como Dios ordena? Testifico que me siento lleno de ánimo y gozo después de conocerles. Alguna vez escuché que el Señor nos envía ángeles para hacernos entender algunas cosas, si acaso este fue uno de ellos, estoy gozoso de haber recibido las enseñanzas en un ángel vestido de antaño.
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Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.