Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. (Mateo 18:15)
Cuando enseño sobre el perdón lo que más dificultad les da a las personas entender no es perdonar en sí, sino tomar la iniciativa de hacerlo a pesar de ser el agraviado. Sin embargo, este es un principio desarrollado consistentemente a lo largo de toda la escritura: desde el libro de Génesis (con la caída del hombre) y hasta los evangelios (con la redención): cada vez que el hombre falló, fue Dios quién tomó la iniciativa para restaurar la comunión. Del mismo modo, espera que nosotros tomemos la iniciativa cuando alguien nos falla. Leyendo el libro de Génesis he encontrado tres razones por las cuales es el agraviado y no el agresor quien debe tomar la iniciativa de perdonar y —sobre todo— restaurar: El agraviado comúnmente desconoce su falta (mayormente si es reincidente en ella), tomar la iniciativa es la mayor manifestación de amor y el pecado tiene un efecto corruptor de rápido avance (comparado con el avance de la levadura, de la lepra y del fuego).
El orgullo es el refugio más cómodo y común del agraviado que en vez de tomar la iniciativa de perdonar se dedica a elaborar en su mente historias de restauración incorrectas matizadas por la jactancia y la altivez, historias del tipo: él vino y se humilló, suplicó perdón; yo le miré desde arriba y lo puse a esperar, luego le dije que lo perdonaba, pero le aclaré tal cosa. Ese orgullo es el que nos impide tomar la iniciativa de perdonar, pues si la tomamos, desarticulamos la historia de jactancia. Los brazos del orgullo son unos brazos cómodos, pero al mismo tiempo el orgullo es una trampa: nos da calor a cambio de nuestra libertad y cuando por fin podemos liberarnos de él nos sentimos expuestos, desprovistos y desarmados. Esa exposición, que se consigue al bajar la guardia, es la que prepara el camino para el perdón.
Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. (Génesis 3:9—10)
Si en el huerto del Edén el Señor no hubiese reaccionado con urgencia, la serpiente con sus mentiras hubiese destruido totalmente al hombre. Permear su corazón para que desobedeciera era el primer paso, después que florecieran los sentimientos de vergüenza, miedo y culpa sería mucho más fácil mantenerle en el pecado. Ilustro este punto de la siguiente manera: quién nunca ha disparado un arma de fuego es casi imposible que asesine a tiros a otra persona, pero en el fragor de una pelea, es posible que sí llega a tomar el arma y dispara la primera vez, lo haga otra y otra vez hasta vaciar el cargador. El primer disparó será el más difícil, pero el segundo y el último entrarán en una cadena. He visto esta historia repetirse vez tras vez en el matrimonio, en los negocios y en las relaciones familiares, son historias de corrupción acelerada luego del primer pecado como si fuera el fuego quemando el bosque, la lepra consumiendo la piel o la levadura aumentado la masa de harina.
Quizás en la fiesta había un amigo que pudo confrontar ese hombre en el momento y ayudarlo a detener el proceso corruptor del pecado. Quizás la esposa de ese hombre también sospechó, pero por orgullo se quedó en silencio esperando que él tomara la iniciativa de pedirle perdón. Quizás un empleado suyo vio al comerciante a punto de ceder y eligió no tomar parte. Quizás los padres del niño dudaron de su palabra pero no quisieron indagar más para no defraudarse. Este último es el caso más común: cuando alguien nos ha fallado, preferimos no confortarle, sino esperar que se arrepienta o dejar pasar el tiempo, pues la mejor respuesta a la confrontación es la confesión y escuchar a quién nos falló relatarnos sus pecados es una de las partes más difíciles del proceso del perdón. Sin embargo, la confesión (verbalizar la falta) es el interruptor que detiene el sistema corruptor del pecado.
La peor venganza que puede tomar un agraviado es ignorar al pecador, permitiendo así que sus mismos pecados lentamente le destruyan. Si el Señor hubiese visto desde el cielo a Adán avergonzado por su pecado y en vez de confrontarle le ignorara, nuestro Dios no sería un Dios de amor, sino de odio, su característica mayor no sería el perdón, sino el orgullo. En el Edén, Dios estaba herido, se sentía defraudado por el hombre, corona de su creación. Adán y Eva le faltaron gravemente al poner en duda su amor por la persuasión de la serpiente. Me maravilla el hecho de que a pesar de la infidelidad del hombre, en el Edén, era Dios quien estaba preguntando. Dios amaba a Adán y no estaba dispuesto a dejarlo perder para siempre en las mentiras de la serpiente. Tomó la iniciativa de confrontar a Adán para que él mismo le confesara con sus palabras su falta y se suspendiera el efecto corruptor del pecado.
Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí. (Salmos 42:7)
El amor de un Dios perdonador se manifiesta en que por restaurarle, llegó a confrontar al mismo Adán, a Eva y hasta a su más grade enemigo, el causante de la desgracia. Luego lo hizo también con Caín, visitándole inmediatamente después que asesinara a su hermano Abel; luego en la torre de babel, deteniéndoles antes de que su necedad les destruya; lo hizo también con David, confrontándole por medio del profeta Natán para detener una cadena de pecados que iban en aumento: deseo, consumación, mentira, conspiración, asesinato. El principio de que Dios a pesar de ser el agraviado es quien se acerca a nosotros se mantiene como una constante a través de todas las escrituras. Cuando vemos nuestras propias vidas abrimos los ojos la asombrosa realidad de que Dios nos amó primero y comprendemos que su petición de que tomemos la iniciativa de perdonar a los demás como él nos perdonó a nosotros es solamente una invitación unirnos con él en esto que ha venido haciendo desde el mismo comienzo de la historia: tomar la iniciativa de perdonar, amar primero.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. (1 Juan 4:10—11)
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.