Foto: Estos tirantes me los regaló un mimo al que conocí en un campamento de adolescentes en el que estuve enseñando. Siempre me habían llamado la atención los tirantes, aunque por vergüenza nunca me había atrevido a usarlos.
En estos días me encontré a mí mismo dando muchas vueltas a la hora de tomar una decisión importante, hacía planes, proyecciones y pedía consejos a cada momento a pesar de saber claramente cuál era la opción correcta. Mientras más lo hacía, más ansiedad generaba. Al fin descubrí dónde estaba el problema: me preocupaba mucho lo que fuera a entender, pensar y a decir de mí la gente, y por eso decidir hacer lo correcto ―la voluntad de Dios― era tan difícil. Entonces fui a mi armario, saqué estos tirantes que me regaló un mimo hace mucho tiempo, me los puse y fui de compras al supermercado.
Todo el mundo me miraba y se reía de mí, algunos me señalaban con el dedo y otros comentaban entre los dientes, pero resistí y poco a poco me fui acostumbrando. En un momento sorprendí una señora riéndose de mis tirantes detrás de una góndola y yo mismo me uní a la celebración: me reí con ella como si no fuera yo el motivo. Los tirantes son un simple accesorio, algo superficial que me puedo quitar en cualquier momento, por voluntad propia o por presión de la gente, pero cuando aprendí a lucir mis tirantes a pesar de las críticas, decidir el otro asunto, que sí era importante, fue mucho más fácil. Aprendí a vivir en medio de la gente marcando la diferencia, y sobre todo a reírme sin tener que quitarme los tirantes.
Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. (Hechos 5:29)