Foto: Estos tirantes me los regaló un mimo al que conocí en un campamento de adolescentes en el que estuve enseñando. Siempre me habían llamado la atención los tirantes, aunque por vergüenza nunca me había atrevido a usarlos.
En estos días me encontré a mí mismo dando muchas vueltas a la hora de tomar una decisión importante, hacía planes, proyecciones y pedía consejos a cada momento a pesar de saber claramente cuál era la opción correcta. Mientras más lo hacía, más ansiedad generaba. Al fin descubrí dónde estaba el problema: me preocupaba mucho lo que fuera a entender, pensar y a decir de mí la gente, y por eso decidir hacer lo correcto ―la voluntad de Dios― era tan difícil. Entonces fui a mi armario, saqué estos tirantes que me regaló un mimo hace mucho tiempo, me los puse y fui de compras al supermercado.
Todo el mundo me miraba y se reía de mí, algunos me señalaban con el dedo y otros comentaban entre los dientes, pero resistí y poco a poco me fui acostumbrando. En un momento sorprendí una señora riéndose de mis tirantes detrás de una góndola y yo mismo me uní a la celebración: me reí con ella como si no fuera yo el motivo. Los tirantes son un simple accesorio, algo superficial que me puedo quitar en cualquier momento, por voluntad propia o por presión de la gente, pero cuando aprendí a lucir mis tirantes a pesar de las críticas, decidir el otro asunto, que sí era importante, fue mucho más fácil. Aprendí a vivir en medio de la gente marcando la diferencia, y sobre todo a reírme sin tener que quitarme los tirantes.
Respondiendo Pedro y los apóstoles, dijeron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. (Hechos 5:29)
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.