El secuestro de la navidad

29 diciembre 2008 / Rafael Pérez

Sospecho a Cristo la navidad ha dejado de gustarle, que si lo pusieran a elegir, se quedaría con la pascua. Es más, pienso que sería más provechoso que en navidad predicáramos sobre su crucifixión (velad y orad para que no entréis en tentación) y en la pascua sobre su nacimiento; que los villancicos no se entonaran en invierno, sino en verano. No sólo sería más provechoso, sino también mucho más apropiado. Es una paradoja, pero la navidad, que se supone es el tiempo en que celebramos el nacimiento de Cristo, ha llegado a ser la época del año en que los cristianos más negamos a nuestro Señor. Por esto ayer, en la última reunión de PezMundial del 2008 —la última de navidad—, estuve enseñando sobre la negación y restitución de Pedro (Juan 21).

La navidad contemporánea me recuerda mis primeros cumpleaños, precisamente mi cumpleaños #5. Me recuerdo sentado sobre una mesa rodeado de canasticas azules cargadas de juguetes que recibirían todos los niños que asistieron. No me podía, pues yo mismo era parte de la decoración, mucho menos me dejaban pararme, para que no me ensuciara la ropa. Cada uno de los allí presentes disfrutaba el momento, menos yo. Corrían de un lado al otro haciendo lo que se le viniera en gana (comiendo, bailando, compartiendo) mientras yo seguía allí, sentado sobre la mesa, con mi chacabana blanca, mis pantaloncitos cortos, mis zapatitos nuevos y poniendo cara de foto mientras mostraba mis cuatro deditos para que fueran retratados. Cada cierto tiempo alguien se me acercaba, pero era sólo para admirar lo bonito que me veía ahí sentado con mi ropita blanca, para pasarme la mano por la cabeza o para pellizcarme un cachete.

(Es cierto, muchos me traían presentes, pero pienso que era más por cumplir que por agradar; y regularmente cosas que yo no quería. Ropa, por ejemplo.)

Hasta que el sol se ponía el motivo de la fiesta era el festejado: se colocaba música infantil, se tomaban muchas fotos, se partía el bizcocho y se formaban parejitas de niños para que bailaran —¡el que no baila no come biscocho!— hasta llegar a la piñata, que era la parte más esperada. Con ella se cerraba la primera parte del evento. Me ponían un bate en las manos y me levantaba en el centro de la sala para que yo la rompiera. Luego de la algarabía se tomaban las últimas fotos y todos los niños nos íbamos a dormir.

Y precisamente ahí era que comenzaba la verdadera fiesta del día. Se guardaban los refrescos de colores, se traían las bebidas más fuertes y se colocaban los discos tristes. Había comenzado el cumpleaños de la gente grande. Yo, que era el festejado, desde mi cama escuchaba la música y me dormía con la sospecha de que los adultos se me habían robado el cumpleaños. Por eso es que no me gusta la navidad —por lo menos no la que actualmente se celebra—, porque sospecho que también a Cristo le tienen la fiesta secuestrada, que los aguinaldos, los villancicos y las decoraciones no son más que una buena excusa para que los grandes se reúnan a festejarse entre ellos mismos, mientras el motivo escucha su ruido desde el cielo, recordando otros tiempos, cuando su nacimiento era realmente el motivo.

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