El miércoles pasado estuve en Santiago de los Caballeros —noroeste de Santo Domingo— impartiendo un taller sobre Servicio al Cliente y fidelización para propietarios y empleados de Agencias de Viajes (Boletos, Cruceros, Seguros). Este es un mercado que estoy conociendo / haciendo desde la nueva empresa que estoy desarrollando. (Sí, aparte de PezMundial Comunidad —una organización no lucrativa— estoy lanzando una empresa de gestión.) Dormí en Santiago, en el mismo hotel donde se desarrolló el taller. Mientras conducía de regreso a Santo Domingo el jueves al medio día para ensenar en la noche en PezMundial, me di cuenta de que había olvidado mi teléfono en la habitación del hotel y ahí comenzaron los problemas.
En la imágen: Mi teléfono celular (recargando baterías).Me dio algo de miedo comprobar lo mucho que dependo de este pequeño aparato para todo lo relativo al ministerio y los negocios. No pude llamar a casi ninguno de los colaboradores de PezMundial ni confirmar a los amigos que tenía invitados. Si el aparato no aparecía, dos personas que nos habían visitado sólo una vez es posible que nunca nos pudieran volver a contactar y muchos contactos de otros lugares los perdería para siempre. Al final no me quedó de otra que confiar en que todo el mundo estaría en el lugar preciso al momento indicado (sin recordatorios). Gracias a Dios la reunión se organizó sin mayores contratiempos (aunque muchos no llegaron) y acabo de recibir vía mensajería mi celular desde Santiago. Ahora mismo estoy haciendo un backup de mis contactos en papel.
Etiquetas: servicio al clienteteléfono celular
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.