Hace unas semanas fui invitado por un amigo a participar en una reunión de jóvenes de distintas congregaciones en la que se hablaría de un posible proyecto a desarrollar. (Nada que ver con otro proyecto en el que actualmente trabajo.) Dije que sí, muy animado, pues percibí que quien me invitó estaba muy bien intencionado —su pasión se dejaba sentir a través del teléfono— y el proyecto me pareció viable e interesante. La reunión comenzó muy animada, se armó una atmósfera interesante de participación y colaboración en la primera parte, mientras se habló del proyecto como una posibilidad, pero en la segunda, cuando contemplamos sus posibilidades «concretas» de implementación, todo se tornó un poco complicado. En la primera parte se respiraba emoción y expectativa; en la segunda, muchas dudas y miedo.
La principal razón para las dudas y el miedo fue la siguiente: estábamos entrando en una zona desconocida para la mayoría de los presentes, quienes nunca habían participado en un proyecto con creyentes que no fueran de su iglesia local y sin la supervisión directa de sus líderes. Unos pidieron que llamáramos pastores y otros exigieron, con fervor, que nos pusiéramos a orar antes de hacer cualquier movimiento. Yo intenté explicarles que lo que hacíamos era tan simple como cumplir la gran comisión, que no necesitábamos permiso para cumplir la voluntad de Dios —tuve el atrevimiento de sugerir que oráramos caminando—, pero al final preferí cerrar mis ojos con ellos y unirme a la oración pasiva que uno de ellos empezó espontáneamente. (Mi íntima convicción fue que estábamos usando la oración como una excusa para evitar pasar a la acción.) Allí estábamos nosotros pintando un cuadro medio tétrico: un grupo de jóvenes con capacidad e intención de hacer cosas para Dios orando fervorosamente para evitar tener que hacerlas.
El momento me recordó una escena de la película The Shawshank Redemption. Morgan Freeman, haciendo el papel de un ex presidiario que consigue un trabajo como empacador de supermercado después de cumplir una condena de años en la cárcel, va a dónde su supervisor a pedirle permiso para orinar. Al hacerlo, se reclama a sí mismo por su servilismo, pero reconoce que años de pedir permiso han provocado en su cuerpo una extraña incapacidad: su sistema urinario no funciona si antes de ir al baño no pide permiso. Me preocupa especialmente el modo en que muchos cristianos han sido formados, quisiera ver jóvenes preactivos y emprendedores, que en vez de llenos de ese miedo paralizante estén llenos de valor, pero para que esto suceda es necesario repensar lo que significa la verdadera libertad. Si un creyente tiene que pedir permiso para ir hacer lo que Dios espera que haga, ha sido libertado del yugo del pecado, pero en la práctica todavía es esclavo, lo único que sucedió en él fue que el esclavo cambió de dueño: dejó de ser esclaro del pecado para ser esclavo de otro hombre.
Pero lo que más me preocupa de esto es la forma en que muchos pastores han asumido el discipulado, en vez de preparar a los creyentes para que salgan al mundo y lleguen a ser todo lo que Dios quiere que sean y a hacer todo lo que Dios quiere que hagan, con libertad y pro-actividad —tal como hizo Cristo con sus discípulos—, los preparan para que pidan permiso, con coerción. Ven esto como una gran cosa. Cuando sus hermanos van donde ellos a pedir permiso hasta para orinar, se sienten complacidos, pues lo perciben como madurez: el discipulado funcionó —dicen—, pues ya está alineado. Discipular no es alineamiento ni coerción, tampoco es enseñar a los creyentes a pedir permiso, sino, más bien, enseñarles a utilizar su libertad.