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Cargar la cruz y morir en ella

Rafael Pérez Discipulado, Reflexiones, Selecciones 2,260 Lecturas

ClavosEstuve enseñando sobre discipulado todos los miércoles de diciembre en la Iglesia Vida Abundante, anteayer concluimos la serie revisando los principios explicados y buscando formas prácticas de aprehenderlos (no sólo de aprenderlos intelectualmente, sino de asirlos, apropiándonos de ellos). Fue un tiempo muy grato, pero al final de la jornada, mientras conducía hasta mi casa, iba pensando en que no había sido suficiente, que faltaba algo, pues aunque les reiteré en varias ocasiones que el discipulado más que un evento para transferir información es un proceso que requiere tres partes (conocimiento, experiencia y relación), en la jornada hubo más de le lo primero, un poco de lo segundo y casi nada de lo tercero. Sobre todo, siento que hablé de construir, pero no de derribar lo que anteriormente había edificado en el lugar, de cargar la cruz, pero no de morir en ella. (Hablar de discipulado sin mencionar la cruz es como dar clases de natación en medio del desierto.)

Una de las canciones más preciosas que ha dado la música cristiana es sin duda En las aguas de la muerte. Su letra no solo es hermosa, sino también tremendamente cierta, característica que tristemente cada vez se encuentra más ausente en nuestro himnario. Pueden leer sus letras en el enlace, es una canción muy apropiada para el tema de este artículo.

Quizás fui exitoso al poder dejar algunos principios en sus mentes pero no tanto haciendo que ellos se parezcan más a Cristo llegando a pensar, sentir y desear lo que Cristo piensa, siente y desea. Discipular no es hacer que la gente cambie o asuma algún punto de vista, es un proyecto mucho más ambicioso y profundo. No consiste en simplemente agregar o rediseñar, sino en destruir lo existente, derribarlo; en morir, crucificar nuestras ideas, creencias y seguridades para construir de nuevo sobre una base mucho más sólida y confiable. Claro está, siembre será más fácil poner algo por encima, superficialmente, pintar las paredes de la casa o poner un florero, que escavar en lo profundo del alma, pero esto que se coloca será solamente una capa, una prenda (aunque sea de mucho valor) o un accesorio. Ya dijo Cristo que no deberíamos intentar estar adornando con prendas a los cerdos.

Aquí, precisamente, es donde veo un gran vació en nuestros programas de discipulado tradicionales: no escarbamos en el corazón para sacar a la luz lo que verdaderamente hay, qué es lo que nos hace pensar como pensamos, sentir lo que sentimos o desear lo que deseamos ―con la intención de confrontarlo―, sino que sólo colocamos una capa por encima y soñamos con que aquello quedó destruido o en el pasado. ¡Soy nueva creatura! ―Gritamos―, con los platos sucios debajo del mantel. Nos consolamos con que «las cosas viejas pasaron», pero no porque las hayamos cancelado o suspendido. Esto no es cristianismo, sino positivismo moteado de superstición.

Me dijo alguien una vez que mi perspectiva sobre el discipulado era demasiado negativa, violenta y sangrienta, que si lo vendía así no sería atractivo para los nuevos creyentes. (Le concedí las dos últimas, pero no la primera: será violento y muy sangriento, pero nunca negativo.) Puntualmente, le molestó que hablara primero de la muerte y no de la vida. Mi respuesta fue que para nacer en Cristo primero tenemos que morir a nosotros mismos, ser discípulos no se trata de subirnos encima de la cruz o colocarnos una cruz encima como amuleto, sino de «colocarnos» o «colgarnos» nosotros mismos en la cruz. (Es importante recordar que el propósito último de cargar la cruz es ser crucificados sobre ella al final del camino y no sólo hacer ejercicio.) Si la iglesia ignora la cruz, especialmente por consideraciones estéticas, pierde totalmente su sentido de ser, pues se igualaría a cualquier otra institución que educa y forma la voluntad de los hombres, como la escuela o las fuerzas armadas. La iglesia no existe para masajear el «yo» de los hombres con charlas motivacionales, sino para ayudarlos primero a morir y luego a vivir. La Biblia no es un libro de autoayuda de aquellos que le dan palmaditas al ego del hombre, sino un manual de instrucciones para entrar a la vida abundante a través de la muerte total.

En efecto, si hemos estado unidos con él en su muerte, sin duda también estaremos unidos con él en su resurrección. Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado; porque el que muere queda liberado del pecado. (Romanos 6:5,7).

Hay una diferencia muy sutil en cargar la cruz o dejar que la cruz cargue con nosotros sin pisar el suelo hasta que perdamos el aliento y digamos «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Es cierto que primero tenemos que cargarla, pero hasta Cristo en un momento se cansó y tuvo que ser ayudado. Pienso que si mientras se dirigía al Gólgota el maestro hubiera permanecido en el camino con la cruz a cuestas más tiempo del necesario su sacrificio hubiera sido totalmente innecesario, pues no moriría al derramar su la sangre, sino de cansancio. Quizás en el último tramo estuvo deseando comenzar a sentir los clavos lo más pronto posible para terminar con la agonía. Precisamente de eso mueren muchos creyentes: se esfuerzan por hacer la voluntad de Dios de forma estoica y terminan agotados. Lo que necesitan no es cargarla por un rato más, sino terminar de morir sobre ella. No estoy seguro de que todos puedan entenderlo, pero si alguno llega a descubrirlo se dará cuenta que precisamente allí en la cruz, y no en el camino, es que sucede el acontecimiento más significativo en la vida de un discípulo, allí se encuentra la paz que sobrepasa todo entendimiento: cuando morimos en la cruz y dejamos de vivir para nosotros mismos nacemos de nuevo con un nuevo entendimiento, una nueva voluntad y un conjunto nuevo de anhelos.

En las aguas del bautismo
Hoy confieso yo mi fe:
Jesucristo me ha salvado
Y en su amor me gozaré.
En las aguas humillado
A Jesús siguiendo voy;
Desde ahora para el mundo
Y el pecado muerto estoy.

Hasta que no terminemos de morir estará bifurcada nuestra voluntad, estaremos luchando para hacer la voluntad de Dios y no la nuestra. Un discípulo que no ha muerto es lo más parecido a un siamés. Parece un fenómeno de esos que lleva a los circos: una parte de él desea hacer la voluntad de Dios y otra la propia, y cuando intenta separarse se da cuenta de que se encuentra atado por un lazo que es más fuerte que las cadenas. El discipulado más profundo no consiste en educar al viejo hombre, sino en matarlo, dejarlo horas y horas en la cruz hasta que se desangre. El viejo hombre no se mejora ni se pinta, ¡se destruye! Así de violento es el proceso, pero al mismo tiempo es sumamente libertador. Si estás cansado de cargar tu cruz deja de caminar y termina de morir. Deja de pedir fuerzas y comienza a pedir clavos.

Ya que estoy crucificado,
¿cómo más podré pecar?;
por su gracia transformado,
vida nueva he de llevar.
A las aguas del bautismo
Me llevó la contrición;
Desde ahora me consagro
Al que obró mi redención.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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