La semana pasada me encontré en la librería con la edición del 10˚ aniversario de Las 21 leyes irrefutables del liderazgo, quizás el libro más conocido de John C. Maxwell, un clásico contemporáneo. Aunque había leído el libro hace ya mucho tiempo, lo compré por varias razones, primero para ponerlo a rotar de mano en mano entre algunos líderes potenciales que tengo a mi alrededor, pero principalmente por una introducción lo suficientemente sincera que hace el autor para presentar el nuevo material revisado y ampliado. En sus palabras:
Yo sigo creciendo como persona. Leo constantemente. Analizo mis errores. Converso con grandes líderes para aprender de ellos. Como conferencista y orador, con frecuencia enseño los principios que presento en mis libros y constantemente estoy actualizando mi material. Utilizo nuevas historias. Refino mis ideas. Y con frecuencia tengo una mejor perspectiva al pararme frente a una audiencia. Sin embargo, cuando vuelvo a leer los libros que he escrito previamente, me he dado cuenta de lo que he cambiado desde que los escribí. Eso me frustra, porque los libros no pueden crecer y cambiar junto conmigo.
Después de leer nuevamente puedo decir que Maxwell lo hizo de nuevo. Su material era bueno, pero con esta actualización quedó todavía mejor. Tomando los últimos casos buenos y malos, del liderazgo mundial, hechos tan frescos como el huracán Katrina, el resurgimiento de Apple (Ipod incluido), Pixar, los errores de George W. Bush y el surgimiento de Condoleezza Rice como líder mundial al lado de este (pasó del piano al mundo académico y de allí al gobierno) los explica utilizando sus principios: dónde fallaron, que pudieron haber hecho mejor, qué ley violaron o pasaron por alto. Otro aspecto a resaltar, es que esta nueva edición viene con un prologo de Stephen R. Covey, un acercamiento sumamente interesante entre todos grandes líderes que aunque de orígenes distintos (Covey es Mormón, Maxwell cristiano) comparten temas similares en audiencias distintas. Ojalá y sirva este libro como puente. (Que los lectores de uno conozcan al otro.)
Pero Maxwell no sólo actualizó sus ejemplos, sino que se demostró a él mismo que a pesar de la coletilla de «irrefutables», sus leyes ―tal como va sucediendo con las de los países en el transcurrir de su historia― no eran perfectas y necesitaban ser actualizadas. Al ver que algunas eran redundantes (subtemas de otras), las unificó. Y para no dañar el titulo del libro ―supongo―, creó dos leyes más para totalizar nuevamente 21.
La ley de la adición: los líderes añaden valor al servir a los demás.
La ley de la imagen: Las Personas hacen lo que ven.
Excelente libro, una gran edición para el 10˚ aniversario. Si nunca has leído a Maxwell este es el punto de entrada, si ya leíste este libro, leerlo de nuevo será una experiencia gratificante. Acabo de poner el mío en este momento en las manos de un nuevo lector, un líder potencial.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.