Este ensayo lo escribí hace unos meses y nunca lo llegué a publicar, principalmente porque pensé en el momento que al ser un tema espinoso podría generar algunos malentendidos. Otra razón de peso fue que tenía pendiente unas cuantas consultas a otros autores (Karl Marx, Max Weber) que han pensando y rayado papel sobre estos temas mucho más y por mucho más tiempo que yo. Al final se quedó en borrador y tampoco he tenido el tiempo de contrastarlo. Lo presento ahora tal como lo pensé y prometo en un futuro hacer una revisión. Léanlo por partes (pues quedó un poco largo) y envíenme su retroalimentación.
Un tema que últimamente se aborda mucho en las sobremesas cristianas y relativamente poco desde los púlpitos y las letras, es el de las clases sociales y su influencia en el ambiente eclesiástico. Se dice que tal iglesia es de clase baja, tal de clase media y la otra de clase alta. Fulano sembró una nueva obra intentando alcanzar a la clase media alta y sutano intenta alcanzar a los nuevos profesionales que se desplazan por el casco urbano de la ciudad —se comenta—. El comodín con el que se ha venido evitando este tema en la conversación pública de la iglesia es la máxima «la iglesia no es un club social». Me gustaría que diéramos el saltito mental y en vez salir de nuevo por el camino más corto, dedicáramos un poco más de tiempo a analizar el asunto.
No niego que estas distinciones en la iglesia me crean cierto malestar y líbreme Dios de intentar aplicar el Coeficiente de Gini a nuestras congregaciones, pero lo que me ocupa en este momento no es la conveniencia de la distinción, sino el problema raíz. Pienso que antes de analizar si es adecuado clasificar —no dividir— las congregaciones en clases, hay que entender, primero, la utilidad y origen de estas estatificaciones sociales.
Si bien la iglesia no es un club, sino un organismo vivo, un cuerpo, es una institución que aunque los más espiritualistas no quieran concederle el calificativo de «social», creo que estamos de acuerdo en que a la sociedad sirve y en ella se desenvuelve. Hace unos años estaba yo compartiendo en las afueras de la ciudad con una pareja de pastores amigos, mucho mayores que yo, en una finca de su propiedad, la cual compraron con su dinero trabajado y sudado. Mientras él me contaba sobre sus orígenes y trayectoria, cómo lograron mudarse a la ciudad, estudiar en la universidad, tener los hijos y continuar los estudios (llevaban los recién nacidos al aula), luego establecerse en el mercado laboral y después hacer el sacrificio necesario para iniciar un pequeño negocio, ella, entre un suspiro, me dijo: «realmente es difícil moverse de una clase social a otra». Yo me quedé más con las palabras de ella que con las de él, y sigo pensando si hablar de clases es un simple capricho o el reconocimiento al trabajo y sacrificio que unos hacen y otros no.
Es muy cierto que no todo el mundo tiene la capacidad de moverse de una realidad socioeconómica a la otra, pues hacerlo requiere primero tener las oportunidades necesarias y luego pagar un alto precio en carácter y sacrificio, y cierto también es, que aquellos que lo pagan con frecuencia son perseguidos por quienes se quedan rezagados. Hay dos tipos de pobres, el primero es el que ve a su igual progresar y le sigue los pasos (haciendo las correcciones necesarias), el segundo se queda sentado y le lanza piedras; yo pienso que el verdadero pobre es el segundo.
Lo que menciono es una realidad socioeconómica que también tiene su lectura a lo interno de nuestras congregaciones. En una iglesia local compuesta mayoritariamente por pobres del segundo tipo, en el momento que uno de sus miembros pague el precio del progreso —estudiando, trabajando o eliminando los malos hábitos que le mantenían en la pobreza— es casi seguro que tendrá que salir, pues aunque su deseo fuera permanecer con sus hermanos, serán ellos los primeros en rechazarle o intentar limitarle.
Cualquier manifestación de su mejoría (un carro como mejoría en su capacidad de transportación, mejoría en la vivienda, mejoría en la alimentación, mejoría en cuanto al acceso a servicios de salud) será procesada en dicho entorno como vanidad: ya no se transporta como se transportaba, no vive donde vivía, ni come lo que comía. Pero la realidad es que si en vez de criticar, sus iguales le imitaran, en vez de intentar traerlo a su condición anterior, se moverían con él.
Es muy lamentable que en nuestro entorno el progreso económico sea sinónimo de mundanalidad, pero no sorprende, pues nos hemos encargado durante años de hacer una apología de la precariedad y la pobreza donde éstas han llegado a ser sinónimo de santidad y hasta madurez cristiana. Por otro lado, un pensamiento común entre aquellos que no están dispuestos a pagar el precio es que todos los ricos son ladrones, siendo esto último más que una razón, un consuelo mediocre. Lo extraño es que sólo la riqueza bien hecha es «mundana»; aquella que llega de golpe y porrazo, de forma mágica, al dar dinero a algún ministerio, es beatificada en el proceso. Aquí se presentan los dos extremos: por un lado los que sostienen que las riqueza son malas, y se sientan, y por el otro, los que hacen de Mammón su dios, y las adoran. Siendo así, nuestras iglesias regularmente se mueven de un extremo al otro, en ambos, dejando de trabajar: de la indigencia por negligencia (dejan de trabajar por su confianza en Dios) o a la prosperidad por medio de la super-fe (dejan de trabajar por su «fe» en Dios).
Las personas, de acuerdo con su situación socioeconómica, tienen diferentes intereses, y aunque a grandes rasgos todos podemos tener necesidades semejantes (fe, esperanza y amor, por ejemplo), a medida que se cambia de un nivel social a otro, estos intereses también varían. En República Dominicana, por ejemplo, se asume que el pobre escucha ritmos musicales populares que por su letra simple y su ritmo contagioso entiende y disfruta con facilidad. Pero tomando en cuenta que escuchar otra música está para él al alcance de un movimiento del dial, habría que preguntarse por qué no escucha música clásica, o rock americano. La respuesta es simple: no ha sido preparado para apreciar a Mozart y no puede entender el inglés. Para sus capacidades y necesidades del momento, la bachata o el mambo violento (principalmente en aquellas canciones de letra mediocre) bastan y sobra. Él no la consume por imposición, sino por gusto y de buena gana.
Es un hecho bien sabido que la iglesia protestante no entró a Latinoamérica por las esferas más acomodadas, sino por las más pobres y necesitadas. Cuando los primeros misioneros entraron a nuestros países no fueron donde los ricos, sino donde los pobres, quizás por un asunto de justicia o por simple comodidad. Si se analizan cuáles fueron los movimientos protestantes que más éxito tuvieron en este lado del mundo, no fueron los bautistas (dados a los sermones profundos), sino los pentecostales, principalmente, y luego los adventistas. Estos dos fueron exitosos porque le dieron a nuestra gente aquello que realmente necesitaban: salud, entre otras cosas. Los adventistas con el naturismo y los pentecostales por medio del milagro.
Si se analiza la liturgia de un culto pentecostal, se entenderá que apela directamente a las necesidades de los más pobres: música muy simple, fuerte e interactiva; mucho espacio para las emociones y estimulación de los sentidos; representatividad, por medio de posiciones de liderazgo. Con relación a la música simple, ya dije que las personas escuchan lo que pueden, de acuerdo a su capacidad, pero agregaré que el sonido estridente, tan fuerte que ni se alcancen a escuchar las letras (evitando así el trabajo de pensar para disfrutar), permite que la gente sienta «algo». Lo mismo que podían sentir los ricos al ir a la ópera, podían probar los pobres al ir al culto. Si se le agrega esto el fenómeno de «el toque», ya los pobres pueden ir hasta más lejos, pues no sólo aspiran a lo divino —quizás objetivo último de las bellas artes—, sino que lo palpan.
Es común visitar una iglesia de barrio donde hay veinte miembros y 15 directivos: diáconos, coordinadores de comités, presidentes de sociedades, secretarios, tesoreros y vocales. A diferencia de las congregaciones de clase alta, donde todo sucede de manera más fluida y ordenada y el liderazgo funciona tras bambalinas, en éstas el programa es bastante accidentado y todas las partes del mismo son ocupadas por algún directivo bien visible y previamente presentado. La dirección la tiene la hermana Juana, secretaria de damas; el devocional el hermano Antonio, presidente de los caballeros; los anuncios, Inés, encargada de tal comité y el mensaje, el pastor, pero lo presentará un diacono que también orará por él y dará su nombre.
No es coincidencia que esto suceda así, pues cuando un pobre que nunca había tenido ningún tipo de representatividad social llega a ocupar alguna posición dentro de la iglesia local, es para él un paso muy significativo y desea comunicarlo. El problema en las iglesias de posición acomodada es encontrar quienes ocupen dichas posiciones, pues al estar todos ocupados en sus negocios, carreras o proyectos, nadie quiere involucrarse.
Durante años, ser evangélico en República Dominicana era sinónimo de atraso y mediocridad, pues nuestras iglesias estaban llenas a rebosar de pobres rezagados, quienes relacionaban el progreso con la mundanalidad y limitaban a sus iguales. En aquellos tiempos oscuros eran comunes los debates sobre la conveniencia de que los jóvenes cristianos cursaran estudios universitarios. Aquellos creyentes de primera generación, que no sabían leer ni escribir, intentaban mantener a sus hijos en su misma condición bajo el pretexto de que la letra mata y el contacto con la ciencia y la filosofía los convertiría en ateos.
Después de muchos dolores y no pocos traumas, una camada de creyentes valientes se impuso y logró capacitarse, mejorando así sus condiciones socioeconómicas y la de los suyos. Al suceder esto, pudimos alcanzar con el evangelio a otras clases sociales y poco a poco se fueron eliminando los prejuicios. Si bien es muy fácil que el rico le llegue al pobre, como sucedió con los misioneros, es mucho más difícil que el pobre le llegue al rico. Si hoy hablamos de iglesias de clase media o clase alta es porque un grupo de creyentes pagó el precio del progreso, mejoró sus condiciones y se estableció en dichas esferas, que están compuestas por éstos y sus iguales, con quienes ellos compartieron su fe.
Termino este ensayo pensando en las tres formas en que se puede asumir el evangelio y sus implicaciones en los diferentes estratos sociales.
Que existan capas socioeconómicas a lo interno de la iglesia me tiene sin cuidado —es más, me alegra, para que podamos cumplir los «unos a los otros» que mencionan las escrituras—, ahora, que exista elitismo, donde alguien se crea que es superior a su hermano sólo por el hecho de tener dos pesos más en los bolsillos, sí sería un problema. Cristo se movió de un estrato social a otro (comía con pobres y ricos indistintamente, vivió con los primeros, fue enterrado por los segundos) y nos demostró que aunque nuestras referencias culturales sean tan abismales que nos alejen, todos compartimos una serie de necesidades muy primarias universales que nos unen y nos recuerdan que sobre todas las cosas, somos humanos y parte de la misma creación: la fe, la esperanza y el amor.