Estudiando la trayectoria de líderes de diferentes áreas (pastores, empresarios, maestros, emprendedores sociales) y observando de cerca aquellos que han sido más exitosos, he encontrado la siguientes dos constantes: (1) todos tienen una firme convicción de su llamado (a sembrar una iglesia, desarrollar una empresa o levantar una organización) y (2) puede explicar con palabra sencillas la forma en que su trabajo beneficia a la sociedad. Por otro lado, aquellos que frecuentemente dudan de si deberían estar haciendo lo que hacen o no entienden la forma en que su trabajo produce algún impacto social, se han quedado rezagados.
A grandes rasgos, la sociedad es un edificio de 3 pisos (las organizaciones sociales, los negocios y la política), desde cada uno de ellos se puede llegar a tener influencia y lograr un impacto positivo hacia el mundo. Aquellos líderes que dudan, regularmente no saben en que piso deberían de estar ubicados, se mudan caprichosamente de uno a otro (de la iglesia a la política o a los negocios, por ejemplo) y no llegan a tener éxito en ninguno; es como si en un momento Martin Luther King creyera que tenía que luchar por el Movimiento por los Derechos Civiles y en otro fundar BET (Black Entertainment Television). Por el contrario, aquellos que tienen una fuerte convicción de su llamado, permanecen estoicos a pesar de las dificultades del momento y tarde o temprano llegan a cosechar mucho fruto y satisfacción.
Ese sentido de ubicación ―«estoy aquí porque debo estar, fui formado para hacer esto»― es lo que le ha permitido a los líderes más exitosos cosechar mucho fruto, pues les da la resistencia necesaria para esperar que su trabajo produzca el resultado esperado, a diferencia de aquellos que siembran hoy aquí y mañana allí para al final de la jornada no cosechar en ninguna parte. Por otro lado, el hecho de saber que su labor es una gran contribución social ―ayudando a mejorar la calidad de vida de la gente, por ejemplo― les hace sentirse útiles y dignos (tanto de el reconocimiento de sus iguales como de recibir una justa remuneración) y esto produce en ellos satisfacción.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.