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Sensibilidad social

Rafael Pérez Iniciativa Social, Selecciones 6,025 Lecturas

Ayuda socialUno de los errores en que comúnmente caen aquellos que quieren ayudar al necesitado ―al tener recursos o buenas intenciones― es pensar que las personas que están sufriendo dolor, hambre o cualquier tipo de necesidad son esencialmente buenas, o por lo menos mejores que los que no están en dicha condición. (Aquel paradigma sensiblero de que los pobres son buenos y honrados y los ricos son malos y ladrones; o que el pobre es pobre porque existe el rico el cual lleva a los que tienen a dar por culpa, para sentirse menos mal.) Esto degenera en una celebración del pobre, en un paternalismo y un reforzamiento de su condición (haciéndolos más pobres).

Algunos se van a vivir entre los hambrientos por un tiempo pensando que con pasar hambre junto a ellos sus tripas estarán más felices, pero tener sensibilidad social no se trata de eso; ser sensible no consiste en revolcarse con una persona en su dolor o experimentar por tres días sus precariedades, sino, en entender racionalmente su condición y emprender las acciones necesarias para ayudarles a superarlas. No hay que enfermarse para ayudar al enfermo ni cometer pecado para ayudar al pecador; tampoco hay que hacerse pobre para ayudar al pobre.

Con la pobreza al hombro
Encontré estas fotos en Flickr y las estuve mirando por largo rato. No terminaba de entender qué era lo que me molestaba. Ya sé que es… me molesta esa actitud de cargar al pobre que veo en muchas iniciativas sociales. Sería injusto de mi parte decir que el de la foto es el caso, pero sí he visto muchos casos como el que menciono, donde traen un grupo de extranjeros a nuestro país, los suben a un autobús y les dan una vuelta por algún batey o barrio pobre. Ellos tocan los niños, se toman fotos y salen de esta media isla creyéndose Fray Bartolomé de la Casas.

Play (Juego)En la imágen: Play (Juego) #1, por William Hartz.
Play (Juego)En la imágen: Play (Juego) #2, por William Hartz.

Dulces, fotos y más problemas
Hay personas que vienen de países desarrollados hasta el tercer mundo a visitar los necesitados. Se sientan con ellos, les pasan la mano, les dan dulces, les miran con pena y les alegran el día, pero cuando se van, los dejan en el mismo lugar donde los encontraron, o hasta un poco más atrás. Es como si el buen samaritano que mencionan los evangelios en vez de llevar al desamparado a un lugar donde puedan sanarle sus heridas sacara su cámara, le diera un abrazo y se tomara una foto junto a él para mostrarlo ante sus amigos con un trofeo de viaje, tal como exhiben algunos cazadores la cabeza de un búfalo en la sala de su casa. Eso que hacen no es ser sensibles, sino ser aprovechados, utilizar al pobre para su propio beneficio. Ellos no vienen aquí a darles a los pobres, sino a tomar de ellos, a enriquecer un poco más sus vidas utilizando para sus fines el dolor ajeno.

Las monjas comúnmente son vistas como personas de mal carácter, pero hoy por hoy estas mujeres se mantienen a la vanguardia, tanto en calidad como en cantidad, en cuanto a servicio social se refiere. Si fueran muy románticas en su trato con el necesitado ―tomándose fotos con ellos o solo regalándoles dulces― entonces serían inútiles. Así como un médico tiene que crear una barrera entre él y el paciente para ayudarle a superar su enfermedad, las personas que de verdad quieren ayudar al pobre en su condición tienen que mantenerse un poco alejados para poder servirles. Que no se tomen fotos con ellos o que no tengan siempre una sonrisa de «estoy viendo un nativo» en la cara no significa que no sean sensibles, sino que de verdad lo son, que respetan la dignidad del necesitado y no quieren servirse de él, sino ayudarle.

Un niño de la calle
Observo a lo lejos desde mi vehículo un niño de la calle y siento compasión hacia él, se acerca a mí con la mano extendida y veo en su rostro dolor, mezclado con una mirada de inocencia. Lo miro un poco más y me doy cuenta de que no es tan inocente como él quiere que yo crea, que aunque su necesidad es muy real, su ingenuidad es solo un pantalla, uno de los tantos recursos que él ha aprendido a utilizar en la calle para conseguir de mí no lo que verdaderamente necesita, sino lo que quiere en este momento: dinero para apostar con otros niños o comprar un poco de cemento (drogas).

A menos que yo cierre un poco los ojos no podré ayudarlo a abrir su mente para que pueda salir de su condición. Su problema no lo resolverá con diez pesos que me pide ni en los segundos que dure nuestra transacción, si los doy me sentiré bien y él me lo agradecerá con un gesto de mansedumbre ―quizás con alguna bendición del tipo «que Dios se lo pague»―, pero como sé que haciéndolo le hago más daño que bien, no lo hago. Él quita de golpe la cara de niño bueno y me responde como verdaderamente es: con agresividad, escupiéndome el cristal del vehículo. Ni él era tan bueno como yo inicialmente pensé ni mi sensibilidad era del tipo que él queria que fuera.

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Rafael PérezRafael Pérez (Pastor)
Conoció al Señor en el Templo Evangélico de la 19 de Marzo (1989) —Azua—, sirvió durante diez años en la Iglesia de Lucerna (Asambleas de Dios) y como maestro en varias congregaciones de Santo Domingo. También ha trabajado para el Departamento de Publicaciones de las Sociedades Bíblicas Unidas (SBU). En Abril del 2008 comenzó junto a su familia y un grupo de amigos la Comunidad Cristiana PezMundial. Rafael es Administrador de Empresas y vive en Santo Domingo (República Dominicana) junto a su esposa Carolina.

Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com



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