Siempre he preferido enseñar fuera de los templos que en ellos cuando la audiencia está compuesta de creyentes. Con ellos, prefiero hacerlo en lugares públicos, en las casas o cualquier otro espacio no común. Si la audiencia es general, no importa tanto; a veces hasta favorece. Esto, porque he visto que es mucho más fácil transmitir un principio en un lugar no habitual para quienes lo reciben. Empecé a notarlo mientras enseñaba en un campamento de un grupo de jóvenes al que conozco bien. Había compartido con ellos varias veces en el edificio donde se reúne su iglesia, pero su actitud allá en el campo era radicalmente diferente a la que mostraban en la ciudad: se mostraban más activos, abiertos a recibir nuevas ideas, curiosos y participativos.
El lugar no tiene nada mágico o poderoso más allá de la costumbre, lo que pasa es que las personas se abren cuando salen de su entorno. Esto responde a una razón muy lógica: cuando entramos en un entorno desconocido, mantenemos nuestro sistema (cerebro) encendido, más alerta y despierto a lo que pueda suceder. Por el contrario, si el entorno nos es habitual, nos apagamos y funcionamos como en piloto automático; aunque dejemos los ojos abiertos. El interés que provoque cualquier cosa a nuestro alrededor debe ser muy alto para llamar nuestra atención y hacer que pasemos a modo consciente.
El templo es solo una victima de esta atención selectiva. Ya que tenemos años asistiendo a él, los creyentes ya lo hacemos sin mucha expectativa de lo que sucederá allí dentro; no vamos ansiosos por descubrir o escuchar algo nuevo que nos lleve a actuar en consecuencia, sino solo por estar. Hasta la forma en que cantamos es diferente cuanto estamos fuera que cuando estamos dentro. Como mi objetivo al enseñar no es solo lanzar palabras al aire, sino provocar un cambio en la manera de pensar de la gente para con ello cambiar su manera de vivir, a menos que no estén bien despiertos y abiertos a tomar una decisión consciente, habré perdido mi tiempo. Esto me lleva a tener que esforzarme más en los entornos habituales, empeñarme para que enciendan el sistema.
Quizás por esta razón fue que Jesús utilizó tantos entornos distintos para transmitir sus enseñanzas a sus discípulos: una montaña, el camino, las casas, la orilla del mar, una barca o hasta un viñedo. Estoy seguro de que sus seguidores, al cambiar de lugar constantemente, se mantenían más alerta que si se hubieran mantenido sentados durante tres años en una sinagoga. Lo mismo hizo Juan el bautista: se fue a predicar en el desierto para que la gente tenga que dejar la ciudad (su entorno habitual) para ir a escucharle. También es esta es la misma razón por la cual el predicador itinerante genera más interés en la congregación que su pastor habitual, a quien pueden escuchar domingo tras domingo y ya le conocen el tono de voz, los gestos, el vocabulario y hasta los temas.
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
Cualquiera podría pensar que la iglesia del Señor es un lugar ideal, uno en el que no existen los conflictos y si acaso se presentara alguno se resolvería de forma rápida y sin mayores dificultades. No, eso no es así. La iglesia es una familia real, una en la que las diferencias y desavenencias se presentan día tras día entre hermanos que no siempre logran ponerse de acuerdo, por lo menos, no en el momento.
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.