Al momento que una persona viene a Cristo todos los creyentes saben cuál es su próximo paso: madurar. Para esto, proceden a enrolarlo en programas de discipulado, estudios bíblicos o en algún proceso de estandarización, el cual, en muchos casos, no hace otra cosa que mecánicamente reducir su personalidad, su círculo de amigos y hasta su capacidad de pensamiento. El objetivo del mismo es fabricar creyentes maduros: que se aprendan muchos versículos y hagan pocas preguntas―. Madurez, en este esquema, se entiende como la capacidad de parecerse a sus iguales (fotocopia).
Reconozco que el ejemplo que aquí planteo es un poco extremo, pero no dudo que algunos de los elementos mencionados (reducción de la personalidad, aislamiento social, pensamiento alineado, conformismo e imitación) estén presentes en nuestras congregaciones. Ante esta triste realidad, me comentaba en días pasados un amigo que no quería que los miembros de su congregación «maduraran», sino, que se mantengan justo al borde de la línea que separa la iglesia del mundo. Según él, así por lo menos mantendrían su círculo de amigos y compartirán eventualmente su fe con otros. Esto me lleva a preguntarse cómo lograr que la iglesia madure verdaderamente, que en vez de cerrarse ante el mundo se abra ante la posibilidad de transformarlo y que en vez de imitar realmente cambie. ¿Alguna idea?
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Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.