Hace un tiempo me senté a pensar en la posibilidad de emprender un proyecto de discipulado por medio de grupos pequeños desde PezMundial y en cuáles serían las posibles limitaciones o barreras del mismo. La idea era tomar las experiencias aprendidas para tejer nuevamente La Red ―una comunidad de creyentes que inicié en el 2005 mientras trabajaba como líder de jóvenes― y relanzarla. Al final el proyecto no se lanzó, pero encontré unos apuntes que hice entonces con tres limitaciones que encontré. Creo que pensar en ellas sería útil para cualquier iglesia que trabaje con grupos pequeños o células.
El proyecto iniciaría integrando (acercando, relacionando y comprometiendo) diez personas para reunirnos una vez a la semana a compartir ―conversando entre todos― sobre principios bíblicos relevantes a nuestras necesidades, hablar de nuestras experiencias al apropiarnos de ellos (implementándolos en nuestro diario vivir) y orar los unos por los otros. El resto de la semana nos preocuparíamos por estar juntos de manera más informal (comiendo, caminando, o haciendo otras cosas) para crecer por medio del ejercicio, practicando juntos los principios aprendidos. También aprovecharíamos la semana para integrar a otros y fortalecer la comunidad. Eventualmente este grupo crecería en calidad (por medio de la práctica) y cantidad (por medio de la integración) y la madurez producirá en nosotros el desprendimiento necesario para dejar de pensar en nuestra comodidad y seguir multiplicándonos por medio de la creación de nuevos grupos que harán lo mismo: integrar, crecer y multiplicarse.
Como tradicionalmente se logra el crecimiento en un modelo como este es nombrando a los tres meses como líderes a los primeros diez miembros y presionándolos para que salgan a buscar mecánicamente diez más, esto produce que las personas se sientan utilizadas y se ven como sólo números. Por el contrario, la idea aquí sería apuntar a la cantidad como consecuencia natural del crecimiento, no inyectar presión de ningún tipo más allá de la urgencia de crecer para que otras personas lleguen a tener lo que nosotros ya tenemos (fe, esperanza y amor) y evitar los problemas del estancamiento (distracción, chismes, conflictos) dando frutos. El crecimiento sería natural y con sentido, no artificial o mecánico.
Lo que podría suceder es que el grupo inicie muy bien, con mucha fuerza, pero al poco tiempo aparezcan algunas de las siguientes situaciones (poco tiempo, poca profundidad o pocos líderes) que limiten su crecimiento. Entonces, para seguir creciendo, convendría más reducir estas condiciones limitantes que inyectar presión.
Etiquetas: CélulasDiscipuladoGrupos pequeñosIglecrecimientoLíderLíder cristianoLíder de jóvenesLiderazgoMinisterio juvenil
Retroalimentación: Puedes usar el siguiente formulario para enviar cualquier pregunta o comentario sobre este artículo directamente al autor. (Ni tu comentario ni tus datos serán publicados.)
Rafael Pérez (Pastor)Contacto: Twitter (@rperez) / Oficina (809) 238-5414 / rafael@pezmundial.com
En cuanto a la lectura, los cristianos regularmente estamos en dos lados: el lado de aquellos que no leen nada y el lado de aquellos que solamente leen un reducido número de autores, especialmente los «autores populares».
Distraernos en cosas secundarias aunque no necesariamente sean pecaminosas es la tentación más común: el abuso del trabajo —incluido el trabajo ministerial— o el abuso del reposo son distracciones populares que por no tener la connotación negativa de la borrachera, el adulterio o la idolatría se pasan por alto.
Fruto no es cualquier cosa «buena» que se manifiesta en la vida de alguien, sino, solamente aquello que se manifiesta como consecuencia de la vida de Cristo y que sin Cristo sería imposible que se manifestara.
El mejor maestro es aquel que puede mostrarnos a Cristo más claramente, un instrumento de un fin más allá de él mismo y que cuando mejor hace su trabajo es cuando menos logra verse.
En la conversación que tuvo nuestro Señor con la mujer samaritana se describe el punto más importante de la correcta adoración, sin importar cuál sea la expresión de la misma (canto, oraciones, obediencia, ofrendas). Todo comienza con una correcta idea de Dios.
Un cristiano no es un hombre crédulo, nunca cree con ligereza y pocas veces lo hace fácilmente. Más bien es un hombre que luego de luchar (intelectualmente) en algunos casos por largo tiempo ha llegado a persuadirse de que Cristo es real, que es el hijo de Dios y es su salvador.